Un campo de golf no garantiza plusvalía: el verdadero valor está en el destino

Más allá de los 18 hoyos y el valor real del entorno inmobiliario

Los torneos internacionales como vitrina y catalizador del destino. (freepick)

Durante años, el mercado inmobiliario turístico repitió una fórmula que parecía irrefutable: campo de golf, vista al green, propiedad más cara. Es una ecuación cómoda para quien vende, pero la realidad es bastante más exigente. Un campo de golf puede aportar valor a una propiedad, pero por sí solo no garantiza su plusvalía. Quien compra bajo esa premisa corre el riesgo de pagar por una promesa que depende de muchas más variables.

Lo que realmente puede generar y sostener valor es todo lo que ocurre alrededor del campo: cómo se mantiene, qué calidad tiene, qué tipo de comunidad se desarrolla, qué servicios existen y qué tan atractivo resulta el destino que lo contiene. Y hay una pregunta que pocas veces aparece en las conversaciones comerciales: muchas de las personas que compran frente a un campo de golf ni siquiera juegan. Entonces, ¿qué están comprando?

Lo que se ve al abrir la ventana

Cuando alguien quiere saber cuánto vale una propiedad, casi siempre empieza por los mismos números: metros cuadrados, habitaciones, acabados y ubicación. Todo eso importa, pero en determinados mercados hay algo que también tiene un peso enorme y que no suele aparecer en ninguna ficha técnica: lo que uno ve al abrir la ventana. Un campo ocupa grandes extensiones de terreno, garantiza espacios abiertos y mantiene una separación entre viviendas que en una zona urbana convencional sería difícil de conseguir. Ese paisaje, esa distancia y la posibilidad de que frente a la propiedad no aparezca mañana otra torre forman parte del producto inmobiliario.

Pero estar cerca del golf no es lo mismo que estar frente al campo. La vista, la orientación, la distancia, el acceso y la calidad del recorrido pueden cambiar considerablemente la percepción del comprador y, con ella, el precio. Una propiedad con vista directa al fairway no se comporta necesariamente igual que otra ubicada dentro del mismo desarrollo, pero alejada del campo. El golf, por tanto, no funciona como una característica binaria. Su impacto depende de cómo se integra a la experiencia de vivir en ese lugar.

Lo que dicen los números

La evidencia internacional apunta en esa dirección. Investigaciones realizadas en Estados Unidos han encontrado primas de precio asociadas a viviendas ubicadas junto a campos de golf. Un estudio publicado en el Journal of Real Estate Finance and Economics identificó un aumento de 7.6 % en los precios de venta de las viviendas ubicadas junto a un campo de golf dentro de la muestra analizada, mientras otra investigación realizada en el sur de Florida, con más de 10,000 transacciones, encontró primas promedio de entre 8 % y 12 % para viviendas adyacentes a campos.

Son mercados distintos al dominicano y sus resultados no pueden trasladarse automáticamente a República Dominicana. Pero sí ayudan a entender algo importante: el golf puede representar una prima inmobiliaria real. La clave está en lo que esos estudios no significan. No demuestran que cualquier propiedad cercana a un campo vaya a aumentar de valor indefinidamente, ni que el campo sea por sí solo responsable de toda la diferencia de precio. La distancia, la calidad del campo, el mantenimiento, la oferta del entorno y la demanda del destino siguen siendo determinantes.

No siempre se compra golf

Para algunos compradores, el atractivo está en la vista. Para otros, en la privacidad, el paisaje, los espacios abiertos o la sensación de vivir dentro de una comunidad planificada. También está quien compra porque quiere pertenecer a un destino que ha conseguido construir una determinada percepción de calidad y ofrecer una experiencia que va más allá de la vivienda. En todos esos casos, el golf es una pieza del producto, pero no el producto completo.

Por eso resulta demasiado simplista pensar que basta con colocar un campo dentro de un desarrollo para que las propiedades se valoricen con el tiempo. Esa valorización depende de que el campo conserve su calidad, de que la comunidad evolucione, de que los servicios acompañen y, sobre todo, de que el destino siga teniendo razones para atraer personas. El golf puede generar una prima. El verdadero desafío es conseguir que esa prima sea sostenible.

El campo y el destino no son lo mismo

Un campo puede ser excelente desde el punto de vista deportivo y, aun así, estar dentro de un entorno inmobiliario que nunca termina de consolidarse. También puede suceder lo contrario: que forme parte de un destino con hoteles, residencias, restaurantes, seguridad, infraestructura, entretenimiento y una comunidad activa. En ese segundo escenario, el comprador no está adquiriendo solamente una propiedad frente a 18 hoyos. Está comprando acceso a una experiencia y a un lugar que tiene vida propia.

República Dominicana tiene ejemplos conocidos de esa integración. Casa de Campo, Punta Cana y Cap Cana han demostrado durante años cómo el golf puede formar parte de comunidades turísticas y residenciales de gran escala. Otros desarrollos, como Playa Nueva Romana, siguen apostando por integrar golf, turismo y vivienda dentro de una propuesta de destino. La relación funciona en dos direcciones: el campo puede ayudar a atraer personas al destino, pero el destino también es el que sostiene la actividad alrededor del campo. Y esa diferencia es fundamental.

El mantenimiento también es valor

Hay otro aspecto que casi nunca aparece con suficiente fuerza en las conversaciones comerciales: un campo de golf no es una fotografía. Es una infraestructura viva. Exige mantenimiento permanente, inversión sostenida, personal especializado, manejo responsable del agua, renovación y una administración capaz de conservar sus condiciones durante décadas.

La vista que hoy parece extraordinaria tiene que seguir siéndolo dentro de cinco, diez o veinte años. Quien compra frente a un campo no adquiere solamente el paisaje que existe el día de la firma; adquiere también una expectativa sobre lo que ese paisaje será en el futuro. Cuando el campo se deteriora, el mantenimiento pierde calidad o la experiencia del usuario deja de estar a la altura de lo que ofrecía originalmente, la percepción de valor también puede deteriorarse. Por eso la gestión del campo termina siendo una variable inmobiliaria. No basta con construir 18 hoyos. Hay que conservarlos.

Del deporte al estilo de vida

Los destinos de golf más consolidados no dependen exclusivamente de que sus residentes salgan a jugar todos los días. Construyen una economía alrededor del deporte que incluye torneos, hoteles, restaurantes, eventos, academias, turismo residencial y segundas viviendas. El resultado es que incluso quienes no juegan encuentran razones para vivir, visitar o invertir allí.

Ese es uno de los cambios más interesantes del golf inmobiliario. El comprador contemporáneo no necesariamente quiere jugar 18 hoyos cada mañana. Puede estar buscando despertar frente a un paisaje verde, disfrutar de espacios abiertos, tener acceso a restaurantes y actividades o simplemente vivir dentro de un entorno que transmite tranquilidad y exclusividad. El golf deja entonces de ser únicamente un deporte y pasa a funcionar como parte de una infraestructura de estilo de vida.

La prueba de octubre

La Gran Final del PGA TOUR Américas ofrece una oportunidad interesante para observar esa relación en acción. Del 15 al 18 de octubre, PGA Ocean's 4, en Playa Nueva Romana, será la sede del cierre de la temporada 2026 del circuito. El torneo reunirá a los 60 mejores jugadores de la lista de puntos, con 600 puntos en juego y una bolsa de US$225,000.

Más allá de quién levante el trofeo, el evento permite mirar algo que va mucho más allá de la competencia deportiva: qué sucede cuando un campo de golf que forma parte de un desarrollo turístico e inmobiliario entra en el escenario de una competencia profesional.

En ese momento, el campo deja de ser solamente un espacio para jugar. Su diseño, sus condiciones, su mantenimiento y su operación quedan expuestos, pero también el entorno que lo acompaña. Los hoteles, las residencias, los servicios, los accesos, la oferta de actividades y la capacidad del destino para recibir visitantes forman parte de la experiencia.

Playa Nueva Romana representa, en ese sentido, un caso interesante para observar esa relación. La llegada de un torneo de esta dimensión puede generar actividad, atraer visitantes y acercar el destino a públicos vinculados al golf y al turismo. Pero el verdadero valor no estará únicamente en los días del torneo, sino en la capacidad de que esa actividad contribuya a construir una experiencia que permanezca después de que termine la competencia.

Una información que encontré recientemente en InCaribe Media sobre la evolución del turismo inmobiliario y la relación entre destinos turísticos y desarrollo residencial también ayuda a mirar este fenómeno desde otra perspectiva: el valor de una propiedad no puede analizarse completamente separado del ecosistema que existe alrededor de ella. En el caso del golf, esa relación se vuelve todavía más evidente.

Ahí está la diferencia entre tener un campo de golf y desarrollar un destino alrededor del golf. El torneo puede atraer atención durante unos días, pero son la calidad del campo, el mantenimiento, la comunidad, los servicios y la experiencia general los que determinan si esa atención puede convertirse en demanda sostenida. El evento puede funcionar como un catalizador, pero no sustituye el trabajo que requiere construir y mantener un destino.

La plusvalía se construye alrededor del campo

Quizás por eso la conversación inmobiliaria sobre el golf debería cambiar de rumbo. Ya no basta con preguntar si una propiedad tiene vista al campo. Hay que preguntar qué campo es, quién lo mantiene, cómo se administra, qué comunidad existe a su alrededor, qué servicios ofrece el proyecto, qué tan consolidado está el destino y qué capacidad tiene para seguir atrayendo visitantes, residentes e inversionistas.

Un campo puede ser una amenidad. Un destino de golf es un ecosistema. Y es ese ecosistema el que puede ayudar a que una propiedad conserve su atractivo, encuentre compradores y tenga mejores posibilidades de valorizarse a largo plazo.

El golf, por tanto, puede vender mucho más que una ronda de 18 hoyos. Puede ayudar a vender una experiencia, una comunidad y, en última instancia, un territorio. Al final, la propiedad no vive aislada del destino. Forma parte de él.

Por eso, cuando alguien evalúe comprar frente a un campo de golf, quizás la pregunta más importante no sea solamente cuánto cuesta el metro cuadrado, sino qué está pasando alrededor de esos 18 hoyos.

Porque el verdadero valor no está únicamente en el campo, sino en todo lo que se construye, se mantiene y se desarrolla a su alrededor.

Director Comercial de Constructora Incaribe, especialista en turismo inmobiliario, inversión y desarrollo del sector construcción.