Santiago es Santiago
Santiago de los Caballeros entre la modernización urbana y la preservación de su identidad
Me tocó vivir seis años en Santiago. Hice amigos, conocí espacios, parques y callejones. Y así aprendí que Santiago no es solo la segunda ciudad de nuestro país. Es una manera de entender la vida. Una ciudad con personalidad propia, orgullosa de su historia, sus tradiciones y una cultura que ha resistido el paso del tiempo, aun cuando el crecimiento urbano ha transformado buena parte de su fisonomía.
Como todas las ciudades en expansión, Santiago tiene una población diversa. A ella llegan personas desde distintos rincones del Cibao, del Sur, de la Línea Noroeste y también de Haití. Todos buscan lo mismo: oportunidades.
Durante décadas fue vista como la puerta de la esperanza. Muchos encontraron allí el impulso para progresar; otros la utilizaron como trampolín hacia Santo Domingo. Pero Santiago posee una singular capacidad para absorber a quienes llegan. Con el tiempo, el inmigrante termina sintiéndose santiaguero. Aprende sus códigos, su forma de hablar, su ritmo de trabajo y esa manera particular de relacionarse con los demás.
El antiguo Santiago de barrios emblemáticos va desapareciendo. Sin embargo, sobreviven retazos de esa memoria colectiva: un son bien bailado en Los Pepines, una partida de dominó bajo la sombra de un árbol o una sopa de nervios compartida entre amigos. Son escenas que mantienen viva la identidad de la ciudad.
El santiaguero de origen suele ser trabajador, responsable y hospitalario. Conserva la costumbre de abrir las puertas de su casa y compartir lo que tiene. Es orgulloso de su ciudad y quien logra ganarse su confianza descubre a un amigo leal, dispuesto a tender la mano cuando las circunstancias lo exigen.
También existe un fuerte sentimiento de identidad regional. Durante años se ha considerado que Santo Domingo concentra el poder político y buena parte de la inversión pública, mientras Santiago no siempre recibió la atención correspondiente a su importancia económica y social. Esa percepción ha comenzado a cambiar.
Santiago también ha sabido reinventar su economía. La industria del cigarro genera miles de empleos; el sector salud se ha convertido en referente nacional y sus universidades la han consolidado como uno de los principales polos académicos del país. A esto se suma una creciente dinámica empresarial que continúa atrayendo inversiones.
La transformación también se aprecia en las obras públicas de los últimos años. El Monorriel y el Teleférico están llamados a cambiar la movilidad urbana. A ellos se suman la recuperación del Centro Histórico, el saneamiento de la cañada de Gurabo, la rehabilitación del Hospital Regional José María Cabral y Báez y nuevas obras de agua potable, carreteras y proyectos habitacionales. Más allá de las simpatías políticas, Santiago atraviesa un importante período de inversión pública.
La ciudad cambia aceleradamente. Crece hacia arriba y hacia los lados, con modernas edificaciones y nuevos proyectos que transforman su paisaje. Pero su verdadero patrimonio no está únicamente en sus avenidas, zonas industriales o grandes infraestructuras.
Su mayor riqueza continúa siendo su gente.
Santiago seguirá cambiando. Nuevas obras modificarán su perfil y la manera en que sus habitantes se desplazan y conviven. Pero ninguna construcción de hormigón será más importante que la calidad humana de quienes la habitan.
Porque lo que ha hecho grande a Santiago durante generaciones no son únicamente sus obras ni su pujanza económica. Es el carácter de su gente: trabajadora, hospitalaria, emprendedora y orgullosa de pertenecer a una ciudad que, pese a todas sus transformaciones, conserva una identidad que la modernidad no ha logrado borrar.
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