Pittsburgh 5
El poeta recita con sus amigos poetas en el Carnegie Hall de Pittsburgh
Hace unos años, Sony estaba presentando a Salman Rushdie en la Chautauqua Institution, cuando un fanático se subió al escenario, corrió hacia el centro de la tarima, derribó al autor de Los Versos Satánicos y lo apuñaló doce veces. Por milagro, no lo mató, pero el novelista quedó gravemente herido y hasta perdió permanentemente la visión del ojo derecho. Que Sony estuviera presentándole se debía a que, en ese entonces, se desempeñaba como director literario de la Chautauqua Institution. Cuando le pregunté por WhatsApp, me contestó que todo pasó demasiado rápido y que le costó un tiempo entender lo acontecido. Posteriormente, leí con mucha atención Cuchillo: Meditaciones tras un intento de asesinato, el libro donde Rushdie habla del intento de asesinato, y pude hacerme una idea más clara. Ahí alude a Sony y a la Chautauqua Institution, pero las menciones son un poco ambiguas y al lector le queda la impresión de que el autor estuvo molesto con la poca protección brindada. Con los años, la seguridad en torno a Rushdie se volvió más laxa y este llegó a pensar que la fetua a la que lo condenaron había sido superada.
Quería preguntarle a Sony sobre todo esto. Pero no encontraba el momento adecuado. Por ejemplo, en el almuerzo que tuvimos con Scott, en un japonés de Shadyside, pensé en hacer la pregunta, pero luego supuse que hablar del tema no haría bien para la digestión, especialmente para la del pobre Sony, quien debía estar harto de que los escritores e intelectuales invitados se lo recordaran. Supongo que debe ser tan fastidioso como recordarle a un taxista un accidente. Previo a la lectura, en el camerino del Carnegie Hall, quise mencionarlo, pero desistí pensando que hablar de eso nos estresaría y que nos pasaríamos la mitad de la lectura escudriñando al público para asegurarnos de que nadie saltara al escenario.
Ahora bien, de lo que sí hablamos fue de los poemas que tradujimos. Meses antes intercambiamos nuestros poemas para traducirlos a nuestros idiomas maternos, es decir, al inglés, al español y al creole haitiano. Al principio, íbamos a traducir poemas de los tres, pero Sony consideró que tomaría mucho tiempo leer los originales junto con las traducciones, así que optó por que tradujéramos solo diez poemas de Scott y diez míos a los tres idiomas. Esa noche, en el camerino, elegíamos el orden de la lectura. Temíamos que fuera aburrida y monótona, pero cuando salimos al escenario y arrancamos a leer, y la gente fue aplaudiendo y siguiendo los versos en una pantalla que proyectaba los poemas, sentimos un alivio y nos fuimos relajando.
Inmediatamente uno terminaba de leer el original, el otro se levantaba y se dirigía al podio a leer la traducción. Mientras leían, yo repasaba al público y al teatro, que me parecían hermosos. Sony nos había explicado que el teatro forma parte del complejo cultural que incluye la Biblioteca Carnegie de Pittsburgh y los museos de Arte e Historia Natural. De forma semicircular y con pendiente escalonada, revestido de madera y adornado a la usanza de principios del siglo pasado, era definitivamente uno de los lugares más elegantes en que había leído. A esto hay que sumarle el sonido y la música de mis poemas vertidos en creole y en inglés. Me deleitaba escuchar mis poemas en otro idioma. “Nombres”, uno de mis poemas, fue traducido por Sony y leído de un modo tan hermoso y rítmico que me conmovió pese a que no entiendo la lengua. Scott leyó “Tatuajes” en inglés y sentí que lo mejoró.
De vez en cuando, Sony interrumpía la lectura y planteaba preguntas sobre los poemas y las formas en que habían sido vertidos. Compartimos las complejidades y los problemas de la traducción. Por ejemplo, alguien del público preguntó qué hacíamos cuando no había equivalentes en nuestras lenguas. Sony contó que en Haití no existe el término “drive thru” y que tenía que dejarlo así, lo cual, por cierto, también ocurría en español.
A veces había que arriesgarse con las equivalencias, los términos análogos y equiparables. En los poemas de Scott abundaban las palabras en español, ya que procede de Florida y se ha pasado gran parte de su vida en Miami. Además, muchas de las palabras en español las utiliza como remates, retruécanos o aliteraciones. También en sus versos abundan elementos de la cotidianidad que, en ocasiones, carecen de traducción. Tal es el caso de algunas palabras del poema “El disco de las hijas”. Antes de leer mi versión al español, le conté a la audiencia que estuve buscando el equivalente de la palabra yuck por varios días hasta que me decanté por “guácala”, que es una palabra sobre la que los lingüistas no se ponen de acuerdo, al punto de que algunos consideran que su procedencia es del quechua y otros que es una onomatopeya. La lectura de este poema fue divertida, ya que la gente estaba aguardando la aparición del “guácala” en el poema. De acuerdo con Scott, la versión en español era más divertida que la original.
El disco de las hijas
A propósito de Campbell McGrath
Cuando una de nuestras hijas dice que odia algo le decimos “no le hagas guácala a los demás”, un concepto en el que creo en teoría, pero no en la práctica.
Tras la lectura nos sentamos a firmar nuestros libros. Les hice dedicatorias a varias señoras que hicieron fila y que se nos acercaban entusiasmadas. Desde hace unos años, he notado que estas mujeres canosas siempre asisten a los recitales para apoyar a los poetas. Compran los libros y aplauden con más fuerza y hacen las preguntas más hermosas. Siempre he pensado que si las mujeres entre 60 y 75 años desaparecieran un buen día del planeta — pongamos que un extraño virus las extinguiera— , nadie compraría poemarios.
También se acercó Gisele Betances, la hija de mi amigo el doctor Emelio Betances. A diferencia de él, que reside en Gettysburg, ella llevaba unos años viviendo en Pittsburgh.
—Hoy es el cumpleaños de tu padre —le dije a Gisele—. Le mandé un mensajito desde el Warhol.
—Si hoy no fuera su cumpleaños —replicó—, hubiese venido
De hecho, cuando estaba planificando el viaje pensé que de Pittsburgh podría tomar una guagua para ir a visitar a Emelio en Gettysburg, pero no podía extender mucho mi viaje, ya que a la semana siguiente debía viajar a dos ferias del libro en Colombia. Por lo que a falta de tiempo, pactamos en que yo tomaría una guagua hasta Washington DC y él vendría a visitarme el domingo.
También le dediqué mi libro a una pareja del sur de la India.
—Una profesora de la Universidad de Delhi —les conté— me dijo que parecía del sur de la India.
—No pareces —replicó la chica.
—¿En serio?
—Tampoco nosotros —terció el chico.
Era una bella pareja. Les conté de mi viaje a la India, de las ciudades que había visitado y de que lo consideraba mi país favorito, pero ellos me miraron con extrañeza y comentaron que no querían regresar por nada del mundo allá y que estaban haciendo lo posible por quedarse en Pittsburgh.
La última persona a la que firmamos los libros fue a la fotógrafa del evento.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
—Jordan —me dijo.
—Oye, Scott, ella se llama Jordan.
—Ah, increíble —dijo Scott.
—Y no solo eso —añadió ella—, mi esposo se llama Michael y nos casamos en el 2023. Así que, cuando andamos juntos, somos Michael Jordan.