Argonautas
El cine como refugio para el asombro y la emoción directa
Debo ser la única argonauta que ha viajado por la Matrix hasta ver Odisea, la película de Nolan sin haber leído antes el poema épico de Homero. (Imperdonable, lo asumo.) Por tanto, no me he llevado la decepción de los puristas que se llevan las manos a la cabeza al ver en pantalla gigante y sensurround a Matt Damon “disfrazado de romano”. De griego más concretamente.
En su época, siglo VIII a. C., fue tal el éxito de la obra que pronto se convirtió en texto escolar para los jóvenes helenos. El Infinito en un Junco, de Irene Vallejo, contiene párrafos maravillosos sobre el poema y su trascendencia para el camino de las obras orales al formato escrito. Para el nacimiento del libro.
Como los griegos del siglo VIII a. C. no podían saber que eran el germen de la civilización occidental como la entendemos ahora, habrían leído La Ilíada y La Odisea como relatos de aventuras trepidantes, dioses irascibles y vengativos, héroes magníficos y hechiceras malvadas. O sea, como una película de Hollywood en este siglo 21. Una película con un buen guión ya probado por la Historia.
Poder ir al cine a dejarse impresionar, para sobresaltarse o emocionarse es uno de los lujos que nos podemos dar. ¿Por qué empeñarnos en sacar conclusiones trascendentes sobre el sentido de la vida o la muerte cuando vemos una triquiñuela contra el cíclope o nos sorprende la bruja Circe? Es como ver “Lo que el viento se llevó” y al salir del cine analizar los matrimonios de Scarlett O’Hara desde una perspectiva crítica del heteropatriarcado.
Todos tenemos una Ítaca a la que volver. En el camino podemos disfrutar de una película sin sentir la necesidad de decir cosas importantes sobre el destino humano. Sobre todo, si no se ha leído a Homero.