Dañino hasta el final

El dictador que destruyó Venezuela más allá de cualquier reparación rápida

Venezuela después de Nicolás Maduro y la herida abierta de la intervención. (Fuente externa)

Salvo lo más desquiciado de la izquierda global, prácticamente nadie salió en defensa del defenestrado dictador venezolano Nicolas Maduro. Algunos cuestionan la forma, pero el consenso generalizado es que su salida de Venezuela constituye el primer paso hacia el fin de la pesadilla que padece ese pueblo desde hace más de un cuarto de siglo.

Y si bien todo comenzó con Hugo Chávez, responsable de sentar los cimientos de esa tragedia económica, política y social, bajo la presidencia de Maduro los daños aumentaron exponencialmente.

La economía venezolana tiene hoy el tamaño equivalente a lo que era en el dos mil doce, y recuperarla tardará al menos un decenio. La infraestructura petrolera se cae a pedazos, de tres millones de barriles diarios que PDVSA producía a inicios de siglo, hoy apenas alcanza unos setecientos mil. Rescatar esa industria supondrá una inversión de entre veinte y cincuenta mil millones de dólares, una cifra inasumible en la actual coyuntura de precios internacionales del crudo.

Bajo el liderazgo de ese tarado, convirtieron uno de los países más ricos de la región en uno de los más pobres, donde el hambre, la falta de acceso a los servicios básico, la represión y la delincuencia produjeron el mayor éxodo humanitario de la historia latinoamericana, expulsando por el mundo cerca de ocho millones de venezolanos.

Con Maduro a la cabeza del chavismo las violaciones a los derechos humanos se profundizaron enormemente. Miles de presos políticos inundan las cárceles venezolanas, los secuestros y las torturas están ampliamente documentadas en informes de organismos multilaterales y organizaciones no gubernamentales, y en la Corte Internacional de Justicia reposan múltiples acusaciones contra ese cobarde y sus secuaces.

La sociedad venezolana se encuentra profundamente dividida, sin actores democráticos ni tejido social y con un sector privado prácticamente inexistente. Un absoluto destrozo. Y es tan dañino este tipo, que hasta para salir de Miraflores lo hace de la forma más gravosa posible.

Desde que perdió abrumadoramente las elecciones en julio del veinticuatro y se las robó para usurpar ilegítimamente la presidencia, su régimen se encuentra aislado y su permanencia en el poder resultaba insostenible, más aún tras el cerco aéreo y marítimo que impusieron las fuerzas militares que los estadounidenses desplegaron en el Caribe. 

Tuvo oportunidades para negociar una transición y largarse de Venezuela, exiliado y con parte de su botín mal habido. Pero se resistió apostando a que se saldría nuevamente con la suya. No entendió que el presidente Trump no asumiría el costo económico y político de esa operación militar para conformarse con resultados pírricos. 

Maduro continuó bailando y cantando en inglés, ignorando la coyuntura marcada por la visión imperialista contenida en la nueva estrategia de seguridad nacional estadounidense. Y se produjo un episodio que si bien se justifica con la extracción de ese ladrón y asesino de Venezuela, no deja de constituir una mancha que lacera la soberanía y la integridad territorial de ese país, y de alguna forma de toda Latinoamérica, que asumía que ese tipo de intervenciones militares habían quedado en un oscuro y lejano pasado.