Balaguer, el enigma

La estrategia de Balaguer, simular debilidad para sobrevivir al caos

El informe confidencial de John Bartlow Martin a John F. Kennedy en 1961 describe a Joaquín Balaguer, entonces presidente circunstancial, como un enigma frágil y astuto, un intelectual que simulaba debilidad mientras maniobraba entre presiones cruzadas. (Fuente externa)

“De todas las personas que entrevisté, Balaguer es la única que permanece como un enigma”. Así se expresa John Bartlow Martin en su memorándum de 115 páginas dirigido al presidente John F. Kennedy en octubre de 1961, tras permanecer 3 semanas desde el 10 de septiembre en Ciudad Trujillo auscultando las estructuras y titulares del poder tras el aldabonazo libertario del 30M. Calibrando las vibraciones callejeras de la naciente oposición y explorando entre su liderato alternativas para avanzar en la democratización de la vida pública, sin arriesgar el orden hobbesiano.

Este personaje enigmático que ostentaba circunstancialmente la titularidad de la presidencia dominicana tutelada, se le mostró al emisario estadounidense en un plano que este calificaría crudamente como pose.

“Su Pose. Poeta, escritor, intelectual a favor de la libertad y la democracia que desaprueba el autoritarismo y sólo aspira a retirarse de la vida pública y pasar sus días con sus libros”. Reforzando el autorretrato, Balaguer le confesó: “los libros han sido mi vida”. Y su nutrida biblioteca esperaba ansiosa por él. Lo demás había sido una sacrificada carrera de servicio público durante 31 años.

Martin sostiene que Balaguer le leyó el guion oficial sobre Ramfis y la familia Trujillo, afirmando que deseaban abandonar el país, si se levantaban las sanciones, etc., a sabiendas de que en Palacio las conversaciones se grababan. Entonces lo puso en contacto con altos funcionarios civiles de su gobierno, quienes le dijeron en voz baja que tanto Balaguer como ellos mismos simpatizaban con Unión Cívica y querían que la familia Trujillo abandonara el país.

Para el enviado de Kennedy la posición de Balaguer, enfrentado a presiones cruzadas, era nada envidiable. Presionado por la derecha, los guardias y la izquierda, y por la oposición que ganaba la plaza pública, en la calle se le acusaba hasta de homosexual, y así se lo notifica al presidente de los Estados Unidos un detallista Martin. Aclarando a seguidas que Marco Gómez -empresario asociado a Ramfis que le sirvió de gentil cicerone en algunas gestiones- le dijo que no lo era, mientras que el propio emisario “no vio señales de que lo fuera”, liberando al discreto y austero mandatario dominicano del estigma infamante. Sesentaicinco años atrás, cuando las corrientes de tolerancia ante conductas calificadas “desviadas” no habían ganado amplios fueros bajo la sombrilla de la denominada ideología de género.

Intrigado, el agudo observador casi obsesivo que era Martin -adiestrado en las matrices del periodismo reporteril y en el trabajo de investigación monográfica, amén de narrador, ensayista y redactor de discursos para la élite del Partido Demócrata, Kennedy incluido-, se preguntaba qué hacía o buscaba Balaguer, esta figura que posaba frágil casi etérea como la Lucía idílica de su bella criolla inmortalizada por Fernando Casado, en un país en bancarrota económica.

Atrapado en las redes del poder de manera circunstancial, al heredar la titularidad de un cargo constitucional que bajo el Generalísimo carecía de sustancia propia si no gozaba del soplo vital y valedor del dictador ególatra. ¿Dinero?, se cuestionaba a sí mismo el norteamericano. El doctor le dijo modesto que era pobre. ¿Poder? Lo sindicaban como un presidente títere, “buena gente”, pero “débil”, sin carácter, hasta llegar a cuestionar su hombría -quizás sólo por reivindicar su derecho a la soltería virtuosa y consagrarse al rol de páter familia en un núcleo predominante femenino con su adorada madre como centro.

“Se considera una persona que los Trujillo necesitan, la oposición tiene que aceptarlo y nosotros también lo necesitamos”, comenta Martin en su reporte. “Pero a la luz de su récord debemos mirarlo con graves reservas”.

El perfil de Balaguer realizado para Kennedy por el perceptivo Martin lo retrata en una fase del luengo itinerario del doctor en la que muchos no aquilataban las tremendas agallas de este personaje reservado y singular de la historia dominicana, las que desplegaría plenamente en su accionar posterior. Cuando dominaría la escena durante 22 años de hegemonía cuasi solitaria y sería factor político decisivo hasta su deceso en 2002.

Entonces, a punto de partir al más allá para disputarle los resortes del poder a los dioses de lo insondable, a pulso de un código de apretón de manos fraguado por su pupila Lila Alburquerque, marcó la ruta de la reforma constitucional de ese año vía la vicepresidente de la Asamblea Revisora desde su lecho terminal en la Clínica Abreu. Que restableció la reelección presidencial, pero preservó el sistema de mayoría absoluta que se pretendía modificar rebajando el umbral.

“Es soltero, de estatura discreta y débil apretón de manos, labios caídos y ojos entornados, con aire melancólico. Habla con una voz extraña, suave y monótona. Parece estar crónicamente deprimido. Luce como si hubiera perdido mucho peso. Dice que su salud no es buena, que está fatigado. Viste un traje barato con medias blancas y parece asustado. Tiene un parecido notable con el comunista dominicano de mediana edad que conocí, quien a lo largo de los años ha estado tantas veces encarcelado y torturado que se encuentra completamente deprimido y derrotado.” Ambos, Balaguer y el comunista, “me recuerdan antiguos convictos que he conocido en los Estados Unidos”.

Tras una descripción de personajes acanallados que conoció en el sistema penitenciario y en los bajos fondos en su carrera periodística y como escritor de obras de literatura negra (Martin laboró en el icónico Chicago), el enviado de JFK sugiere un símil con el perfil del sujeto que creyó encontrar en Balaguer. Alguien que habla sólo lo que entiende tú quieres escuchar y más que nada evita una recaída, evade “caer en ganchos” -aplatanando la metáfora-, que ha perdido en cierto modo su hombría y al comunicar hace imposible saber realmente lo que está pensando. De quien habría que desconfiar como regla de oro en la interlocución.

Al presidente Balaguer le cursó 2 visitas. En una, el mandatario le hizo un “bulto” que Martin no compró, sobre guerrilleros que estarían entrenándose en Cuba para enviarlos al país en una masiva invasión castrista, según supuesta información de un oficial en Palacio. Los contingentes eran fabulosos: 780 venezolanos, cubanos y puertorriqueños para la guerrilla en el país; también 800 ecuatorianos serían enviados al Caribe y República Dominicana. Mientras en la Sierra Maestra Raúl Castro entrenaba a 250 dominicanos.

Un par de horas después el perspicaz Martin vio a Ramfis en su despacho militar en San Isidro y éste no dijo nada de la mentada conjura cubana. Al tiempo que coincidía con el emisario norteamericano al evaluar que “la amenaza roja era débil”. Si fuera genuina la especie, reflexionaba Martin, Ramfis debió estar enterado antes que Balaguer. Considerando que se trataba de una “charada” de Balaguer para impresionarlo con el asunto de las sanciones, sin sospechar que 2 horas más tarde, Ramfis se desmarcaría totalmente de esa narrativa “oficial”.

Ya antes, el Generalísimo, haciendo dupla con el temerario Johnny Abbes y sus acólitos anticlericales de Radio Caribe sumados a los jóvenes legisladores “socialistas” designados en las postrimerías del régimen, habían ensayado sin éxito esa fórmula para atemorizar a Washington con el riesgo comunista. Razón eficiente de la llegada del marxista leninista MPD al país y de las gestiones de Abbes en las naciones “detrás de la Cortina de Hierro”. Fruto de lo cual sería el teletipo de la agencia soviética de noticias TASS en Radio Caribe y la empresa Importadora del Caribe ubicada en la 30 de Marzo frente al SIM, que distribuía el vodka Moskovskoya Osobaya, junto a maquinarias y automóviles de esos orígenes.

En su periplo de 3 semanas en el país, auscultando en este caso los pilares del poder heredado de Trujillo, Martin se entrevistó con el licenciado Luis R. Mercado, último presidente de la Junta Central Directiva del “glorioso” Partido Dominicano de la palmita y locales enchapados con las siglas RLTM: Rectitud-Libertad-Trabajo-Moralidad, alusivas a las iniciales del nombre del “Ilustre Jefe”. En don Luis, un verdadero caballero que había sido nuestro embajador en Washington y a quien traté muy de cerca gracias a su hijo Luis Alfonso, Martin encontró una persona afable cercana a Ramfis, “de trato suave y exquisito, bien vestido con traje cruzado, de pelo gris, elegante. Buen organizador, veterano e inteligente”.

Con él platicó sobre la estructura de este poderoso instrumento de encuadramiento político y movilizador del trujillismo, que a su vez difundía las ideas-fuerza de los fundamentos del régimen, cautelaba la lealtad debida entre la maquinaria burocrática y la población civil, amén de desarrollar actividades artísticas y culturales, mas programas de beneficencia social. Cuyas finanzas se sustentaban en el cobro del “módico” 10 % drenado a los sueldos de los empleados públicos.

Como le informara un atento don Luis, la cuota, tras el deceso del Jefe, se había reducido a la mitad, al 5 %. Con esos ingresos, el PD debía pagar a su empleomanía a nivel nacional, mantenía un sistema de pensiones a antiguos amigos del régimen y ejecutaba un programa de ayuda a los pobres en alimentos y medicinas. Según Mercado, el partido contaba con 1 millón 700 mil inscritos. Martin quedó impresionado con su fuerza organizativa al realizarse en un solo weekend 3 mítines simultáneos en Ciudad Trujillo, Santiago y San Pedro.

Su presidente admitía que, en la capital y áreas urbanas, la oposición le había ganado seguidores al PD, pero que en la zona rural ésta no podía penetrar. Por ello, el Partido Dominicano propondría la Reforma Agraria en las próximas elecciones pautadas para mayo del 62. A juicio de John Bartlow Martin, en las circunstancias del momento, el Dominicano era el único partido viable.

Tanto así, que el patriarca político que fuera don Cucho Álvarez Pina le rogaría a Ramfis, en su morada de Boca Chica, que no accediera a su disolución, bajo la premisa de que, “ahora que vienen elecciones, es cuando más necesitamos del partido para competir”. Pero la decisión fue formalizada al final del 61, como parte de un acuerdo fraguado desde Washington para viabilizar la transición. Que daría paso al Consejo de Estado.

José del Castillo Pichardo, ensayista e historiador. Escribe sobre historia económica y cultural, elecciones, política y migraciones. Académico y consultor. Un contertulio que conversa con el tiempo.