Santana en el Panteón
Juzguemos los sucesos y nombres de nuestra historia a partir de los momentos y sus circunstancias, y ocupemos tiempo y energías en problemas reales, no en nimiedades y falsos debates que solo dividen y marginan
El presentismo es una falacia argumentativa que pretende interpretar los eventos y figuras del pasado bajo el prisma de los valores y realidades del presente; lo que, sumado a un revisionismo sesgado y de visión tubular, tiende a provocar juicios histórico anacrónicos y divisiones evitables en el seno de una sociedad.
A modo de ejemplo, bajo ese tipo de premisas en Estados Unidos algunos piden retirar el nombre George Washington y de otros héroes de la revolución americana de escuelas y edificaciones públicas, señalando que fueron propietarios de esclavos. Desdeñando que en aquellos años se trataba de una institución normalizada en las trece colonias británicas y durante casi el primer siglo de existencia de esa nación.
Apelando a ese tipo de visiones y en medio de las celebraciones patrióticas, en el país reaparece la idea de retirar del Panteón de la Patria los restos del general Pedro Santana. Un absurdo que debería quedar en nada.
Porque es cierto que cometió el gravísimo error de anexar la República Dominicana al Reino de España, pero no fue sobre la base de una traición artera ni a cambio de títulos nobiliarios; si no que, como muchos otros líderes y próceres de las luchas contra la ocupación haitiana, Santana nunca estuvo convencido sobre la llamada “independencia pura y simple”, y se encontraba entre quienes siempre procuraron algún tipo de protectorado o tutelaje de alguna potencia extranjera.
Y la verdad es que aquella Primera República, caracterizada por conflictos entre caudillos autoritarios e inestabilidad política, económica y social, de alguna forma dio pábulo a quienes nunca creyeron en la capacidad del pueblo dominicano de determinar su propio destino.
Santana incurrió en otros errores, cometió incluso crímenes aviesos, pero aun así nada puede borrar su rol imprescindible en el proceso que condujo a la obtención y consolidación de la independencia dominicana. Pésele a quien le pese, sin su liderazgo militar y valentía, esa nación ideada por Juan Pablo Duarte simplemente no habría subsistido.
En Azua, en marzo de 1844, en Las Carreras, un lustro después, y en Cambronal y Santomé, tras más de una década de la proclama febrerista, fue suya la espada a que se aferró la incipiente nación mientras otros vacilaban o se escondían. Y con sus virtudes y defectos, fue bajo sus presidencias que se establecieron los cimientos jurídicos indispensables para consolidar la naciente república.
Pero aun si se quisieran desconocer méritos o esconderlos tras la magnitud de sus faltas, habría que preguntarse qué gana este país con sacar sus restos del Panteón y mandarlos para El Seibo. Cuál problema resuelve o en qué contribuye a consolidar el sentido de unidad e identidad nacional, tan necesarios en estos momentos que continuamos enfrentando la amenaza que significa Haití. Ya no por sus incursiones militares, sino por lo que representa su sempiterna crisis y su manifiesta inviabilidad como estado para la seguridad e integridad territorial y la identidad nacional.
Juzguemos los sucesos y nombres de nuestra historia a partir de los momentos y sus circunstancias, y ocupemos tiempo y energías en problemas reales, no en nimiedades y falsos debates que solo dividen y marginan.