De Piantini a Palermo: la velocidad en Santo Domingo
Caminar, observar y adentrarse en el Bel Far Niente
Con un recorrido panorámico de la ciudad, alguien podría decir que en otras partes del mundo se vive de manera más sosegada. El lector pronto se dará cuenta de que no es lo mismo la realidad de San José de Las Matas que la del Downtown en Santo Domingo. Tampoco es igual vivir en Australia o en Perito Moreno que hacerlo en Buenos Aires, mis Buenos Aires querido, como decía el tango.
Mencioné Downtown porque esa palabra es usada por algunos amigos para describir la zona céntrica de la capital, atiborrada de torres. Como escribió Jorge Luis Borges en su relato El inmortal: “el horizonte se erizó de pirámides y de torres”. Ahora podemos ver las torres en lugares no tan comunes. También aparecen en residenciales clásicos como Bella Vista, Los Cacicazgos o Piantini, por mencionar solo tres. La realidad en algunos de estos lugares —aun con el puesto de hamburguesas El Caco en la calle Primera de Bella Vista, donde íbamos todas las noches en los incipientes noventas— es más lenta, según algunos.
Se privilegia el sosiego, la paz y la tranquilidad, a como dé lugar, lo que ha terminado configurando una suerte de nomenclatura sobre la existencia misma. No es lo mismo lo que ocurre en la Calle Corrientes en Buenos Aires que lo que pasa en Washington Heights. No es lo mismo habitar en Palermo o en Recoleta que hacerlo en Los Mina en Santo Domingo o en el Ensanche Ozama. Los dominicanos han aprendido a vivir de manera pausada, al ritmo de tapones que pueden volverse larguísimos, pero que, a fin de cuentas, terminan y permiten continuar. “¿No se ha implementado ninguna solución a los tapones?”, se preguntará el lector entusiasmado.
Hay que decirlo sin temor: lo que se oye en los apartamentos no siempre es un vals de Strauss. Tampoco una canción de Litto Nebbia, para quienes se adentran en tradiciones rockeras importantes. En 1991, en Piantini conocí —quiero narrarlo— a The Cure, cuando la banda aún era considerada algo underground. Más tarde, todo apareció en el arte de ver y leer noticias.
Las redes sociales han terminado por darle a la gente un terreno intenso donde puede solazarse por unos minutos. Los que pasan horas en ellas —todos hemos pecado— descubren que la realidad no siempre es rápida ni lenta. Puede ser estática o móvil, según cómo se mire. El bel far niente italiano, narrado con maestría por Elizabeth Gilbert en su novela Comer, rezar, amar, deja la impresión de que cada día más se paga por una tranquilidad que algunos sueñan obtener incluso en un ashram.
Esto nos recuerda que la realidad dominicana, tal como la vemos en los reels y noticias, no siempre se mueve a la velocidad de la prosa de Dominique Lapierre y Larry Collins en Arde París o en la suave y vertiginosa de Scott Fitzgerald.