Los sesgos de ciencia masculina

Por qué creer en la neutralidad absoluta de la ciencia resulta ingenuo

No todo lo catalogado de «científico» lo es. En esta época de banalidades e incertezas, utilizar la etiqueta constituye un recurso de autoridad que busca invalidar la duda. Lo vemos a diario: casi nada, sobre todo en materia de salud, escapa a su frecuentemente uso fraudulento. Basta visitar las redes para indigestarse con miríadas de discursos «científicos» al servicio del lucro, pero también de la promoción, en nombre de una ciencia «seria», de posicionamientos sociales que comprometen avances y derechos.

Los ejemplos de esto último abundan. Tomemos el inmediato de Robert F. Kennedy y su argumentación sobre las vacunas y el autismo, avalada por un panel de «expertos» que rinden culto a Andrew Wakefield, falsificador de datos para demostrar la supuesta veracidad de sus teorías conspirativas. La lista de fraudes y de fraudulentos es prolija y creciente. Detenerse en ellas, redundante.

Pero el fenómeno no es nuevo, y las mujeres lo saben porque, como nadie, han vivido sus consecuencias en carne propia. El cuerpo y la mente de las mujeres han sido pasto de todas las teorizaciones imaginables en el diverso campo científico: desde «probar» su mayor acercamiento al estado de naturaleza que el hombre (blanco, desde luego) defendida por los darwinistas, pasando por la supuesta envidia del pene teorizada por Freud, explicativa de su mala respuesta sexual, hasta llegar a corrientes actuales que rediseñan, de manera más sofisticada, la demostración de su innata e irreparable desventaja cerebral.

No son sesgos atribuibles a individualidades. Son sesgos de una ciencia androcéntrica. La exclusión de las mujeres como investigadoras y como objeto de investigación, ha servido en todos los tiempos a la construcción de estereotipos que, prescidiendo de lo social, justifican las desigualdades. Creer en la neutralidad consustancial de la ciencia es ingenuo.

La epistemología feminista se ha encargado tanto de desmontar falsedades y mitos de enfoques específicos, como de deconstruir el argumentario del androcentrismo científico. Los avances han sido muchos, pero aún no se acercan a desmasculinizar el conocimiento que, asumido como verdad incontestable, monopoliza el imaginario social.

Respuesta frecuente a la crítica femenista ha sido la matización de los prejuicios mediante nuevos ardides.  En nombre de la neurociencia, por ejemplo, se reconoce la violencia de género, pero se la patologiza presentándola, no como producto del desequilibrio de poder que inferioriza a las mujeres y legitima la masculinidad tóxica, sino como disfunción cerebral del violento, que puede llegar a convertirse en feminicida. Mediante este recurso, el foco se desplaza al individuo, anulando la necesidad de confrontar las consecuencias perversas

Aspirante a opinadora, con más miedo que vergüenza.