Los primeros héroes nacionales
De la catedral al altar, el largo viaje de los padres de la patria
Fue Francisco del Rosario Sánchez el primer personaje político de relevancia oficialmente elevado a la categoría de héroe nacional. En 1875, bajo la segunda administración del general Ignacio María González, un grupo de destacados miembros del partido baecista promovieron su exaltación a tan elevada distinción en virtud de su trayectoria independentista y de su condición de mártir contra la anexión a España. Por iniciativa de la Sociedad La Republicana, sus restos fueron exhumados en San Juan y, en el mes de abril, trasladados a la capilla de La Altagracia en la Catedral Primada de América.
Posteriormente, en 1884, conforme solicitud del Ayuntamiento de Santo Domingo, los restos de Juan Pablo Duarte fueron trasladados al país desde Caracas; y el 27 de febrero de ese año, en medio de un apoteósico recibimiento, fueron sepultados en la misma capilla donde ya reposaban los de Sánchez, su compañero en La Trinitaria. El poeta Félix María del Monte y el arzobispo Fernando A. Meriño pronunciaron sendos y emotivos panegíricos.
Años después, en junio de 1890, atendiendo a una petición de la Sociedad Hijos del Pueblo, el Congreso Nacional autorizó que los restos de Ramón Matías Mella, encontrados en el viejo cementerio de Santiago, fueran exhumados y trasladados a la ciudad de Santo Domingo.
El 27 de febrero de 1891 se efectuó una impresionante manifestación pública para honrar la memoria del prócer de La Misericordia, al tiempo que sus restos fueron solemnemente depositados en la catedral de Santo Domingo. En ese sagrado templo, las cenizas del hombre que hizo posible el pacto político entre conservadores y trinitarios para proclamar la República, finalmente se unieron a sus otrora compañeros de lucha por la independencia del pueblo dominicano.
Andando el tiempo, a la Capilla de los Inmortales, que así fue bautizada por el sentir popular, continuaron ingresando otros no menos ilustres personajes que tuvieron participación estelar en las jornadas de la independencia, la guerra dominico-haitiana y la guerra de la Restauración.
Esas exaltaciones, confiriendo diferentes categorías de héroe, prócer o mártir, en principio obedecieron a iniciativas del Ayuntamiento de la capital o a resoluciones del Congreso Nacional. Pero no fue hasta 1956, tras la promulgación de la ley 4463 creando el Panteón de la Patria, cuando el Poder Ejecutivo quedó facultado para autorizar sucesivos traslados de personalidades ilustres al mausoleo nacional.
Durante el presente siglo se han realizado traslados de próceres por iniciativa de determinados grupos o de algunas personas quienes, a través del Congreso Nacional, han logrado resoluciones legislativas en ese sentido que, al final, son remitidas al Poder Ejecutivo en procura de veto o aprobación y promulgación.
Recientemente, el colega historiador Bernardo Vega me recordaba que la Academia Dominicana de la Historia en cierta ocasión sugirió una serie de criterios para elaborar un proyecto de ley promovido por varios senadores a fin de establecer una normativa para el Panteón de la Patria. Al parecer, tal proyecto, sabe Dios por cuáles motivos, perimió en la Cámara Alta.
Finalmente, conviene recordar que con la exaltación de los restos de Duarte, Sánchez y Mella a la Capilla de los Inmortales quedó consagrada la inmortal tríada de los Padres de la Patria y comenzó así la galería de nuestros héroes nacionales. Postreramente, en 1944, con motivo del centenario de la independencia, sus restos fueron trasladados a la Puerta del Conde, entonces erigida en Altar de la Patria.