Balaguer en la ONU
La defensa de Balaguer contra las sanciones internacionales de 1961
A cuatro meses de “la tragedia del 30 de mayo”, el presidente Balaguer habló el 2/10/1961 en la sede de las Naciones Unidas en New York, proclamando la adhesión de su gobierno a la razón de ser del organismo, creado “para defender el derecho del hombre a vivir en un mundo libre de injusticias y de temores”. Y su irretractable compromiso con la democracia occidental, capitaneada por los Estados Unidos.
Orador orfebre de cada frase construida con delectación, rindió tributo a la memoria del secretario general de la ONU, Dag Hamarskjold, fallecido dos semanas antes en accidente aéreo en Africa mientras mediaba en la Crisis del Congo. Uno de los episodios del proceso de descolonización que en los 60 llevó a la independencia de las posesiones europeas en Africa, liberándolas de las viejas metrópolis (Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Portugal).
Ante la Asamblea General, el mandatario matizó el sentido de su presencia como una real reincorporación de la nación a un ente del cual era fundadora, signataria de su Carta constitutiva en San Francisco en octubre 1945. Afirmando el pluralismo político versus el modelo de partido único de regímenes totalitarios, tras 31 años de oscurantismo político imperante en el país. E indicando que “la barrera de hierro que circuía la isla y al través de la cual podía apenas filtrarse la opinión independiente ha sido abolida y el derecho a la libre circulación ha sido restablecido para tres millones de habitantes que se hallaban prácticamente sustraídos de todo contacto con el comercio político internacional y con la civilización humana”.
Al declarar su credo ante el ente mundial, Balaguer favoreció la libre empresa y la liberación de toda traba reaccionaria en la economía, eliminando odiosos monopolios y empresas privilegiadas, en alusión a la familia Trujillo y asociados. Planteó la derogación de impuestos onerosos a las exportaciones para beneficiar a los agricultores. La autonomía de los ayuntamientos, la universitaria y la libertad de cátedra, la inamovilidad de los jueces y la separación de los poderes, como señales de un estado de derecho.
En un exceso de entusiasmo retórico sentenció: “El edificio de la dictadura se ha desplomado totalmente, y sobre sus ruinas hemos empezado a edificar, con paciencia y sin alardes demagógicos, un régimen fundido en los viejos moldes que nos legaron los fundadores de la República”. Asimilándolos a Washington, Bolívar, San Martín, O´Higgins, Morazán, Juárez y Martí.
Siendo el caso dominicano alentador, ya que la democracia ganaba terreno en América Latina pese al cuadro de miseria de nuestras “masas irredentas” y el subdesarrollo económico. “En el proceso abierto para redimir nuestras costumbres de primitivismo político y liberalizar las instituciones”, surgían tropiezos. “Fuerzas negativas que se oponen a la democratización con toda la ferocidad de sus instintos cavernarios. Las corrientes oposicionistas carecen de la educación cívica necesaria y con frecuencia traspasan las fronteras de la ley en un abierto desafío contra el orden y un desconocimiento de los poderes legítimos del Estado”.
“El nuevo Gobierno, que nació prácticamente después de la tragedia del 30 de mayo, porque fue a partir de aquella fecha cuando empezó a activar sin sujeción a la voluntad cesárea que gravitó omnímodamente sobre los hombres y las instituciones durante 30 años, hace cuanto está a su alcance para contrarrestar esas dos influencias opuestas que conspiran contra el régimen de derecho que queremos estructurar.”
“El lastre de rebeldía y de inconformidad que la dictadura acumuló sobre la conciencia de las masas, se ha desatado sobre el país rompiendo violentamente los frenos impuestos a las multitudes semi enloquecidas, por largas décadas de terror. La sangre ha corrido muchas veces… La tribuna popular y el balcón abierto sobre la plaza pública se han llenado de diatribas y de banderas revolucionarias tremoladas por agitadores profesionales.” Referencia obvia a los movimientos de oposición que el propio Balaguer había invitado previamente a constituir un gobierno de coalición, como fueran UCN, PRD y 14 de Junio, con exclusión del MPD de López Molina.
Acudiendo a las interpelaciones dramáticas que admiró en la oratoria hinchada de Meriño, nuestro orador proclamó: “Pero el proceso está en plena marcha y nada ni nadie detendrá ese empeño de regeneración política que se abre paso en la conciencia nacional como un torrente impetuoso. Es menester que ese fenómeno político se observe sin prejuicios y que la opinión internacional lo examine con la simpatía de que es merecedor como un esfuerzo sincero destinado a reincorporar una nación de América a la democracia funcional y a la libertad efectiva.”
Al promover en el foro de la ONU el levantamiento de las sanciones de la OEA, Balaguer apuntó a la diana al afirmar: “Sobre la República Dominicana gravita desde hace más de un año una dura sentencia de proscripción que nos condena, como si fuéramos un país apestado, a la estrangulación económica y al aislamiento diplomático”. Documentando a seguidas el origen de la medida.
“La VI Reunión de Consulta de Cancilleres que se reunió en 1960 en San José de Costa Rica nos impuso un castigo... Nadie ignora que se nos condenó por inmiscuirnos en la vida doméstica de otra nación hermana y por haber realizado, en perjuicio de un distinguido estadista de América, un acto de delincuencia política. No niego que aquella violación del principio de no intervención, base de las relaciones interamericanas, y que aquel acto censurable que estuvo a punto de costar la vida de uno de los líderes de la democracia continental, fueron merecidamente sancionados.
“Pero no es justo que la pena sobreviva al culpable y que se traslade al derecho internacional aquella institución, típica de la Edad de Piedra, en que los hijos respondían de las faltas de sus padres y se marcaba con un inri eterno las puertas de las ciudades malditas. El hecho que se sancionó pertenece al pasado. América entera lo repudió…” Y su responsable yace en la tumba “a la espera del veredicto de la historia.”
“Casi simultáneamente con la República Dominicana se llevó a otro país hermano al banquillo infamante de San José de Costa Rica. Contra nuestro país, acusado de ser una dictadura de derecha, sin dudas la más eficiente pero también la más rígida e implacable de cuantas han existido en América en el presente siglo, se actuó con sevicia draconiana. Se dijo entonces que la permanencia del régimen dominicano representaba un peligro para la paz continental y para la vigencia en nuestro hemisferio de un espíritu de convivencia internacional civilizado. Pero para el otro país, dominado por una dictadura de izquierda, en la que predomina el interés foráneo sobre el interés genuinamente americano, no hubo censuras ni sanciones, porque se juzgaron tales providencias incompatibles con el principio de no intervención y con el respeto debido a las soberanías nacionales.
(Cuba sería excluida del sistema interamericano en enero de 1962, en la VIII Reunión de Cancilleres en Punta del Este, Uruguay).
Balaguer hablaba de discriminación “irritante de trato hacia dos países pequeños situados en la misma cuenca geográfica”. Aclarando: “No hago alusión al caso de Cuba para censurar a ese país ni para poner en duda su derecho a decidir su propio destino y a darse sus propias instituciones. Ese derecho está por encima de toda controversia y sería absurdo objetarlo desde la tribuna de una organización que se creó precisamente para defender la autodeterminación de los pueblos y para frenar los apetitos imperialistas de las grandes naciones de la Tierra.”
Sentenciando: “La apasionante figura de Fidel Castro, el sanguinario profeta de la Sierra Maestra, y el carácter de su régimen, no son temas que puedan discutirse en una asamblea de naciones libres donde se supone que cada país tiene, entre sus fueros inalienables, el de resolver libremente si debe servir a la divinidad de la hoz y el martillo o si debe seguir asociado al destino milenario de la civilización cristiana.”
Cerrando el episodio de San José de Costa Rica, afirmaba: “Los países representados en esta Asamblea pueden tener la seguridad de que el actual Gobierno dominicano no realizará acto alguno que pueda reputarse injerencia en la esfera reservada a la soberanía de otros Estados americanos. Con el mismo carácter irrevocable el nuevo Gobierno se somete a la jurisdicción de la Comisión de Derechos Humanos de la OEA y a la de la ONU.”
Advirtiendo que dicha adhesión “quedaba supeditada a los hechos que hayan ocurrido o puedan ocurrir con posterioridad al 1ro de julio de 1961, a partir del cual empezó a funcionar el estado de derecho de cuya solvencia moral y jurídica nos hacemos responsables. Después de la tragedia del 30 de mayo hubo un período de aproximadamente un mes durante el cual los poderes del Estado fueron impotentes para contener la ola de represalias y de violencias que se desató al amparo del desconcierto producido por aquel tremendo acontecimiento en la sociedad dominicana.”
“La transformación política que ha experimentado nuestro país y la nueva ideología que prevalece en su pueblo y en sus instituciones, permiten adelantar cuál será nuestra posición frente a los problemas mundiales que figuran en la agenda de esta Asamblea y de cuya solución depende en gran parte la paz del mundo” (la proscripción de las armas nucleares, la reunificación alemana, la extinción del colonialismo en Africa, los casos de Laos y Cambodia). Asegurando: “nuestra posición no puede ser otra que la de respaldar sin reservas el criterio de las democracias occidentales.” Alineándose, “con sanciones o sin sanciones”, con los Estados Unidos, “mientras continúen cumpliendo la misión que se han impuesto de defender la libertad del mundo”.
En el curso de su extensa pieza oratoria Balaguer urgía al mundo a fijar sus ojos en los acontecimientos que se desarrollaban en el país. “El peligro de desintegración total que amenaza a este continente no está en Cuba, caso perdido ya irremediablemente para la civilización occidental, sino en la República Dominicana, dónde una nueva grieta en la estructura de América podría tener el carácter de una catástrofe de inmensas proporciones para el porvenir del hemisferio y para nuestra seguridad colectiva.”