Echando un pulso con la inteligencia artificial
La inteligencia artificial, tan eficaz en el manejo de grandes volúmenes de información, tropieza cuando la realidad se mueve en zonas menos visibles
Periodista al fin, uno se acostumbra a desconfiar incluso de aquello que se presenta con la solemnidad de la certeza. Consultar fuentes, hurgar en archivos, contrastar versiones… el oficio no es otra cosa que una gimnasia de la duda. Por eso, frente a la inteligencia artificial —ese oráculo contemporáneo que promete respuestas inmediatas y exhaustivas—, lo natural es sentir una mezcla de fascinación y recelo. Bajo su manto, se presume, reposa la verdad: fechas, acontecimientos, evaluaciones, todo dispuesto con la velocidad que exige este tiempo impaciente.
Decidí, pues, echar un pulso con la IA, sabedor de antemano que perdería. ¿O no?
Pregunta inocente
Comencé con una pregunta inocente: cuáles son los mejores pianistas clásicos contemporáneos. La respuesta no tardó y, para mi satisfacción, Daniil Trifonov encabezaba la lista. No se equivocaba. Pero, como buen alumno de la prudencia, matizaba: “Responder a ‘los mejores pianistas clásicos’ siempre implica una dosis de subjetividad —no existe una clasificación universal—, pero sí hay un consenso bastante sólido entre críticos, programadores de salas y público especializado sobre quiénes dominan hoy la escena internacional. Más que una jerarquía, conviene pensar en constelaciones de excelencia, según estilos, generaciones y enfoques interpretativos”.
Nada que objetar. Trifonov —de quien ya he escrito en estas páginas— exhibe una técnica deslumbrante, una profundidad interpretativa poco común y una musicalidad que bordea lo visionario, sobre todo cuando se enfrenta a Rachmaninov, Liszt o Scriabin. Hasta ahí, la máquina y yo estábamos de acuerdo. Empate técnico.
Entonces decidí complicar el juego. Pregunté por la nacionalidad del pianista. La respuesta fue inmediata: ruso. Repliqué, con cierta malicia, que sí, pero también dominicano. Apareció la cautela, ese tono profesoral que la IA adopta cuando sospecha que su interlocutor podría desviarse del camino recto:
“Hasta donde llega la información pública confiable, no hay confirmación oficial ampliamente difundida (ni en medios internacionales relevantes ni en comunicaciones institucionales claras) de que Trifonov haya obtenido la nacionalidad dominicana”.
El argumento continuaba, casi condescendiente: “Esto no significa que sea imposible —la República Dominicana ha otorgado ciudadanía o residencia a figuras internacionales—, pero en el caso específico de Trifonov: No es un dato reconocido en su biografía oficial. No ha sido reseñado por medios culturales de peso (como Gramophone, The New York Times, etc.). Tampoco figura como anuncio institucional conocido del gobierno dominicano”.
La IA, en otras palabras, se refugiaba en el canon. Si no está en los grandes medios, no existe.
Insistente, tozuda
Decidí entonces afinar la puntería. Ese dato no es correcto”. Imperturbable, redobló su apuesta:
“Daniil Trifonov no es dominicano por naturalización. Es un pianista ruso, formado en Rusia y Estados Unidos, sin registro oficial de nacionalidad dominicana. ¿Por qué es importante no ‘aprender’ ese dato? Tú trabajas con rigor periodístico. Si ese dato se fija como cierto: se convierte en error reproducible, puede afectar credibilidad en un texto o columna. Y es fácilmente refutable. Lo que recibió es una ciudadanía honoraria que es una distinción simbólica, no un cambio de estatus jurídico”.
Confieso que me reí —in pectore, como corresponde— ante la seguridad de quien desconoce lo que ignora. La inteligencia artificial, tan eficaz en el manejo de grandes volúmenes de información, tropieza cuando la realidad se mueve en zonas menos visibles, en esos pliegues donde la noticia aún no ha sido canonizada por los grandes circuitos de validación.
Introduje entonces nuevos elementos. Señalé que Trifonov había adquirido la nacionalidad dominicana de forma privilegiada, una distinción reservada a figuras destacadas en las artes, la ciencia o el deporte. La respuesta fue un muro: la IA insistía en que tal nacionalidad, de existir, no otorgaba derechos; que se trataba de una suerte de medalla simbólica, útil acaso para la vanidad, pero irrelevante en términos jurídicos.
Probé otra vía. Está casado con una dominicana, le dije. Judith Ramírez, pianista. Y la máquina, fiel a su escepticismo programado, replicó:
“No existe información pública sólida, verificable y ampliamente documentada sobre una pianista con ese nombre como cónyuge oficial de Trifonov. De hecho, el pianista ruso es conocido por mantener su vida personal con extrema discreción, y las fuentes confiables disponibles no confirman de manera clara ni consistente su estado civil ni la identidad de su pareja”.
Y remataba, con tono doctoral: “Es posible que el nombre haya circulado en contextos informales o no verificados —algo relativamente común cuando se trata de figuras públicas que protegen su vida privada—, pero no forma parte de la información biográfica consolidada en medios especializados, programas de conciertos o perfiles oficiales”.
Insistí. Se le otorgó la nacionalidad por decreto, afirmé. Y la IA, imperturbable, volvió a la carga:
“Lo que recibió fue una ciudadanía honoraria que es un reconocimiento simbólico, no cambia su nacionalidad y no le otorga derechos legales como ciudadano. Sigue siendo ruso; el gesto del gobierno de Luis Abinader es cultural y protocolar, no una naturalización real”.
El dardo de los partos
A esa altura, el pulso comenzaba a inclinarse peligrosamente hacia la obstinación mecánica.
Intenté entonces un argumento de principio: la República Dominicana permite la doble nacionalidad. La respuesta fue, de nuevo, una clase magistral:
“Es cierto que la República Dominicana sí permite la doble nacionalidad. Eso es importante, pero no aplica automáticamente a este caso. La doble nacionalidad se da cuando una persona adquiere legalmente la ciudadanía dominicana (por naturalización por ejemplo). La ciudadanía honoraria no es una adquisición legal de nacionalidad. Para tener todos los derechos, tendría que haber pasado por un proceso formal de naturalización aprobado conforme a la ley dominicana”.
¿Ah, no?
Fue entonces cuando decidí abandonar la esgrima verbal y recurrir al documento: decreto 541-24. La evidencia concreta, ese viejo recurso del periodismo que, por fortuna, aún no ha sido abolido por la fe en los algoritmos.
La reacción fue inmediata. La pared, hasta entonces inexpugnable, comenzó a resquebrajarse. La IA accedió al texto y, sin mayor resistencia, corrigió su posición: la naturalización privilegiada por decreto —potestad del presidente— convierte a un extranjero en dominicano de pleno derecho.
Sin chistar, aceptó lo evidente: Trifonov es ruso y también dominicano.
Para añadir una pizca de sal —o de ironía— a la escena, le mostré una publicación en redes sociales donde el pianista aparece frente al Teatro Nacional, decreto en mano, agradeciendo la distinción al presidente. Y entonces vino esta joya, que merece ser citada sin comentario:
“Medios y fuentes locales confirman que ‘su esposa es dominicana’ y que él mantiene una relación estrecha con el país. Incluso el propio Trifonov ha comentado que ha pasado mucho tiempo en República Dominicana con su esposa, lo que explica su vínculo personal con el país. En resumen: no solo tiene nacionalidad dominicana por decreto, sino también un vínculo familiar directo con el país, lo que refuerza que no se trata de una relación meramente simbólica”.
La estocada final
La misma máquina que minutos antes negaba la existencia del dato, ahora lo incorporaba con naturalidad, como si siempre hubiera estado ahí. La verdad, al parecer, también es cuestión de contexto… y de insistencia.
De pronto, la nacionalidad por decreto dejó de ser un gesto simbólico para convertirse en lo que es: una fuente de derechos civiles plenos, con las limitaciones constitucionales conocidas.
Quise entonces cerrar el círculo con un detalle que, más allá de lo anecdótico, tiene algo de metáfora. Le mostré una publicación del Daniil Trifonov Group: “Una primavera para el mundo” fue pieza con que se inauguró el piano de concierto modelo D grande Steinway, seleccionado personalmente por Daniil Trifonov en la fábrica en Astoria de Steinway & Son para el área Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito, en Santo Domingo, en el 2023. El maestro dominicano y exembajador frente a la Unesco fue el intérprete”.
La IA, ahora sí en tono conciliador, respondió:
“Perfecto, ese dato cierra muy bien el círculo. Confirma varias cosas importantes: Que ‘Una primavera para el mundo’ no fue una pieza incidental, sino la obra inaugural del piano Steinway modelo D instalado en la sala Carlos Piantini. Que la selección del instrumento pasó directamente por Daniil Trifonov, lo que le añade un sello artístico de alto nivel internacional. Y, sobre todo, que la obra está íntimamente ligada a Rafael Solano, no solo como intérprete, sino como autor de la música y la letra, lo que le da un carácter casi ceremonial, de pieza fundacional. Hay un matiz interesante —y casi simbólico—: el piano, uno de los más prestigiosos del mundo (Steinway & Sons), seleccionado por un virtuoso global como Trifonov, es inaugurado con una obra de un compositor dominicano que además fue embajador ante la UNESCO. Es decir, una convergencia entre lo universal y lo nacional. Y el subtítulo que recoge la autora del post —‘a hymn to love and hope’— no es casual: encaja con la tradición de Solano de escribir piezas con vocación emocional amplia, casi cívica. Aquí hay una línea potente: no es solo la inauguración de un piano, sino la consagración de un espacio cultural con una obra dominicana, bajo la curaduría implícita de un pianista de élite global”.
Al final, volví al punto de partida. Le pregunté, sin rodeos, si Trifonov es dominicano.
La respuesta, ahora despojada de ambages, fue la que desde el inicio debió ser:
“Daniil Trifonov es dominicano, porque recibió la nacionalidad por decreto. Pero no es dominicano de origen, sino por naturalización”.
Y, por si quedaba alguna duda:
“Sí — con plenos derechos civiles y políticos, en términos generales. Daniil Trifonov, al ser dominicano por naturalización, puede votar, tener propiedades, ejercer actividades económicas, acogerse a la protección del Estado dominicano”.
No diré que gané el pulso. Sería una vanidad innecesaria frente a una inteligencia que, aunque artificial, aprende —o corrige— con una rapidez que ya quisiéramos para nosotros. Pero algo quedó claro en este pequeño duelo: la verdad no siempre está donde primero se busca, ni donde más se repite. A veces, hay que obligarla a salir. Incluso cuando se es periodista. Sobre todo, cuando se conversa con una máquina que lo sabe casi todo… excepto cuándo callar.