Una plaga sin control

La ciudadanía atrapada entre el caos y la deshumanización

La persecución mortal revela el fracaso institucional. (fuente externa)

El comportamiento violento y delincuencial de la manada de motoristas que persiguió, acorraló y asesinó a Deivy Carlos Abreu Quezada la pasada semana en Santiago de los Caballeros, demostró el grado de desafío a la autoridad e impunidad con que actúan estos tipos.

Como nota marginal, observar un tunante “entrevistar” a la víctima mientras se desangraba hasta morir a escasos metros de una emergencia médica, sin que apareciera alguien que intentara salvarle la vida, además de indignar y causar vergüenza, evidencia que los niveles de deshumanización y banalidad alcanzados por esta sociedad amenazan seriamente la decencia más elemental. 

Pero aquí el problema real es la irremediable maldición que le cayó a este país con los motoristas. No sólo hacen en las calles lo que les viene en ganas e infringen todas las leyes de tránsito y normas básicas de convivencia, es que demostraron que su conducta delincuencial y violenta no conoce límites. 

Si bien el origen de esta persecución fue un cobro compulsivo, esas turbas se observan frecuentemente cuando se producen colisiones que involucran motoristas. A pesar de que en casi la totalidad de los casos los accidentes son provocados por su manejo temerario, son ellos quienes enfrentan violentamente al otro conductor exigiéndoles pagos inmediatos para reparar supuestos daños en sus motocicletas.

Como no tienen papeles en regla, se niegan a presentar declaraciones frente a la autoridad competente, y en su lugar extorsionan impunemente, incluso ante la mirada de agentes de la Digesett. Amenazan, golpean autos, rompen cristales y parabrisas y agreden conductores, a veces es sólo uno, pero en ocasiones lo hacen con el acompañamiento y la complicidad de otros de su misma estirpe a quienes convocan por radio o se acercan en solidaridad delincuencial. 

Y todo esto sucede ante la indiferencia de las autoridades. Por ejemplo Deivy clamó por protección para su vida durante buena parte de los veintitrés minutos que duró la persecución, y antes de que le dieran muerte en el estacionamiento del Palacio de Justicia intentó buscar ayuda en un destacamento policial. Pero en todo ese recorrido no apareció policía o agente de tránsito que atendiera el incidente en curso.

Lo peor es que la desidia e irresponsabilidad ante las conductas de este colectivo no cambió ni ante la indignación generalizada que produjo este suceso. En la reunión de seguimiento al Plan de Seguridad Ciudadana del pasado lunes debieron establecer y anunciar operativos de interdicción para los motoristas, como mínimo. Sin embargo la respuesta fue una reflexión sobre valores, convivencia social y violencia colectiva. Puro cinismo, la autoridad haciendo alardes de éxitos en la seguridad ciudadana cuando son incapaces de imponer a los motoristas la ley y el orden.

Por tanto, como estos antisociales ya no se limitan a intimidar conductores y vandalizar vehículos, y no guardan ningún respeto por la vida humana; y todo indica que este gobierno se rindió y se declaró incapaz de imponer controles a la plaga de los motoristas y proteger a la ciudadanía de sus agresiones; a la gente sólo le queda defenderse por sus propios medios. Porque para que la muerte llegue a mi casa…