Las voces que quedaron en el frío
Memorias de una guerra breve que dejó una cicatriz eterna
Dos días de navegación desde el oeste de la Antártida hasta unas islas perdidas en la infinitud del Atlántico Sur. Territorio hosco, barrido por vientos interminables, donde la tierra parece resistirse incluso a la idea de hospitalidad. Allí el paisaje se impone sin pretensiones de seducir. El mar golpea con una monotonía mineral y el horizonte parece construido para recordar la pequeñez humana.
Las Islas Malvinas tienen algo de accidente geológico abandonado por el mundo. Figuraban desde hace décadas en mi lista íntima de lugares por visitar antes de morir, y no precisamente por la geografía, la fauna o la flora. Deseaba conocerlas no por la naturaleza, sino por memoria. Las Malvinas pertenecen a esa categoría de tierras ignotas donde el viento parece arrastrar todavía ecos de voces extinguidas.
Son, además, un recuerdo colonial inglés a miles de kilómetros de Londres, perdido en su propia lejanía como un fragmento desprendido de otra época. Un residuo del imperio aferrado a las aguas heladas del sur. Una capital con dos nombres: Port Stanley o Puerto Argentino. Casas bajas, señales de tránsito británicas, una tienda de souvenirs y un pub con precios en libras esterlinas, banderas sacudidas por el viento austral y una obstinación geográfica que desafía toda lógica de proximidad.
La memoria de las islas
Las islas guardan sobre todo la memoria del conflicto que enfrentó, en 1982, a la Argentina de la dictadura militar con la dureza del conservadurismo británico encarnado por Margaret Thatcher. Aquella guerra fue también una colisión de orgullos nacionales, nostalgias imperiales y de desesperaciones políticas. Una guerra breve y feroz que convirtió aquellas desolaciones en altar patriótico y cementerio juvenil.
Ansiaba ver esos paisajes por los que se combatió brutalmente y que desgarraron el sentimiento latinoamericano. El país sudamericano intentó imponer por la fuerza su reclamo histórico de que las Malvinas son argentinas. El Reino Unido, con la tozudez de los viejos imperios que se resisten a aceptar la tiranía de la distancia, recuperó a sangre y fuego las Falkland Islands. Distintas en el nombre, unidas para siempre por la tragedia.
Cuando desperté, ya el barco parecía formar parte del paisaje en aquellas costas grises. Pensé entonces que quizá las guerras dejan más fantasmas en los lugares donde el silencio termina sobreviviendo a los hombres. En esas latitudes extrañas, el viento sopla desde el mar y también desde la memoria.
No hay allí la exuberancia tropical de otras disputas coloniales; las islas no seducen por belleza inmediata ni por promesa de abundancia visible. Son páramos de turba, piedra y pastos duros, recortados contra un mar siniestro que rara vez concede clemencia. Tal vez por eso resultan tan simbólicas, porque cuesta creer que tanta obstinación histórica haya podido concentrarse en un paisaje tan severo.
Domeñadas probablemente por la nobleza del verano austral, aquellas aguas profundas apenas columpiaban la lancha auxiliar que nos llevaba del barco al atracadero, escondido detrás de una lengua de tierra. Sobre la madera donde se soltaban amarras, un león marino dormía impávido como si nada hubiese ocurrido nunca en aquellas costas.
Poco después enrumbábamos hacia el extremo suroeste, en dirección a Goose Green, por donde desembarcaron los marines ingleses de la fuerza de tarea veterana, bien armada, y que emprendió de madrugada la reconquista. Muy pocos vehículos cruzaban el camino. A lo lejos se divisaba la granja cuyos habitantes, al responder a los golpes en la puerta, fueron saludados, para su sorpresa, por soldados ingleses.
Nada es exactamente igual
Argentina es hoy una democracia y su grito por esas islas atlánticas se expresa en textos diplomáticos y resoluciones internacionales. Los kelpers, en alusión al alga local del mismo nombre, son rabiosamente ingleses. Como el guía que nos explicaba las maniobras bélicas, un antiguo soldado que guarda su uniforme en el ático de su casa. Por si acaso. La defensa militar se reduce ahora a una discreta red de radares y un puñado de aviones lejos de la vista. El recuerdo de la guerra sobrevive apenas en algunos monumentos y en los restos calcinados de un helicóptero abatido por los argentinos. Salvo los turistas de cruceros como el mío y peregrinos argentinos que llegan a honrar a sus muertos, estos son lugares de olvido.
Sin embargo, allí permanece uno de los últimos reflejos visibles del viejo imperio británico. Nombres anglosajones incrustados en la geografía y una sensación persistente de periferia extrema. Un puesto remoto de la historia imperial que sobrevivió al derrumbe casi completo del mapa colonial del siglo XX.
El Reino Unido conserva allí no solo soberanía, sino también una cierta idea de continuidad histórica. Esos territorios confirman que el imperio no desapareció del todo, sino que quedó disperso en enclaves lejanos, aferrados a la memoria de la Corona. En Puerto Argentino —o Stanley, para los británicos— el tiempo parece moverse con lentitud insular, suspendido entre la rutina local y el peso desproporcionado de la geopolítica.
Pero esa persistencia colonial, vista desde América Latina, adquiere inevitablemente otra lectura. Para Argentina y gran parte de la región, las Malvinas son la anomalía de un siglo XIX que nunca terminó del todo: una presencia europea incrustada en el extremo austral del continente, sostenida por la fuerza naval y por la lógica imperial de otra era. De ahí que el reclamo argentino tenga una dimensión emocional que desborda el cálculo diplomático. No se trata únicamente de kilómetros cuadrados o recursos marítimos; se trata también de una impugnación simbólica al colonialismo residual.
Sin embargo, las islas mismas parecen indiferentes a las pasiones que despiertan. Hay en ellas una soledad natural que relativiza los discursos patrióticos. Uno imagina el viento golpeando los acantilados, las ovejas desperdigadas en la llanura, la niebla cerrándose sobre el mar, y entiende que el paisaje termina imponiendo su propia lógica: la de la distancia, el aislamiento y la supervivencia.
Tal vez por eso las Malvinas fascinan tanto. Porque son, al mismo tiempo, reliquia imperial y herida nacional; enclave británico y reivindicación argentina; frontera estratégica y desolación atlántica. Un territorio donde la geografía parece empeñada en recordarles a las potencias y a las patrias que incluso las grandes disputas humanas pueden terminar reducidas a un puñado de rocas frías en medio del océano.
La ironía del destino
La Guerra de las Malvinas —o Falklands, según el idioma de la memoria— fue una guerra breve y, precisamente por eso, más absurda todavía. Duró apenas diez semanas, pero dejó una cicatriz que ningún aniversario consigue cerrar del todo ni en Argentina ni en Reino Unido. Las guerras largas producen agotamiento; las cortas dejan una especie de incredulidad amarga. Me parece insólito que el mundo haya descubierto demasiado tarde que decenas de muchachos murieron por una disputa que, vista a la distancia, parecía imposible de justificar con tanta sangre.
El destino tiene sus ironías. Vivía en Londres cuando se celebró el vigésimo quinto aniversario de la guerra, recompuestas ya las relaciones diplomáticas entre ambos países. Sin pedir instrucciones a Santo Domingo, decidí no asistir a las celebraciones oficiales aunque sí a la ceremonia religiosa organizada por la embajada de Argentina, cuyo representante me regaló entonces un libro sobre la guerra, escrito, —vaya paradoja—, por un británico. Las guerras suelen ser contadas por quienes nunca escucharon el silbido de una bala rozándoles el oído. Los mapas terminan imponiéndose sobre los hombres; las banderas, sobre los cuerpos; las fechas oficiales, sobre el miedo. Por eso libros como Forgotten Voices of the Falklands resultan tan necesarios: devuelven a la guerra su temperatura humana. Lo conservo todavía, con la tarjeta del embajador Federico Mirré detenida entre las páginas como una forma discreta de memoria. Forgotten Voices of the Falklands, compilado por Hugh McManners, tiene la inteligencia de apartarse de los discursos heroicos. No le interesan demasiado los generales ni los comunicados oficiales. Lo que aparece es otra cosa: jóvenes argentinos temblando en trincheras inundadas, marinos británicos observando cómo un misil convierte un buque en una hoguera flotante, pilotos que despegan sabiendo que probablemente no regresen, isleños atrapados entre dos patriotismos que no eran exactamente el suyo.
La guerra emerge entonces no como una sucesión de victorias y derrotas, sino como una acumulación de fragilidades humanas. Hay hambre. Hay frío. Hay oficiales incompetentes y actos inesperados de dignidad. Hay soldados argentinos que recuerdan el maltrato de sus superiores con más rabia que los disparos ingleses. Y hay británicos que, después del triunfo militar, confiesan una tristeza difícil de explicar, porque incluso las guerras ganadas dejan una resaca moral.
Quizá lo más perturbador del libro sea precisamente esa ausencia de grandilocuencia. Nadie habla como hablan los discursos patrióticos. Nadie parece haber vivido la gloria que luego fabrican los gobiernos. Lo que queda es cansancio, miedo y una juventud interrumpida demasiado pronto. Luego de leerlo, entendí a plenitud el ánimo del embajador Mirré y la gravedad silenciosa de sus palabras aquella tarde londinense.
Las Malvinas fueron también el último reflejo romántico de ciertas ideas imperiales y nacionalistas del siglo XX. Margaret Thatcher encontró en la guerra la posibilidad de reconstruir liderazgo político; Leopoldo Galtieri creyó que el fervor patriótico salvaría una dictadura exhausta. Ambos descubrieron algo que la historia repite con crueldad: las guerras comienzan en los despachos, pero terminan siempre en los cementerios.
Después de tantos años, el libro aún me conmueve. Ahora que recalé en las Malvinas, aprehendí la razón. Debajo de las consignas nacionales devuelve algo que suele desaparecer en los relatos oficiales: muchachos asustados mirando un cielo gris en el extremo austral del mundo, preguntándose qué hacían allí y quién había decidido, exactamente, aquel destino.