Pasión por las primacías
Cuando la política niega el pasado para brillar en el presente
Hay un rasgo de la cultura dominicana que, si no permitiera intuir los vacíos que enmascara, haría por lo menos sonreír. Pienso en ese afán por las primacías, no del individuo concreto, que no estaría mal si el podio fueran la superación y la ética, sino las de ese colectivo abstracto que es la patria. Siendo parte de ella, nos pretendemos la sinécdoque de todas sus luces.
Nos ufanamos en decir que somos la tierra que más amó Colón, aunque para hacerlo tengamos que teñir de rosa el ácido sulfúrico de la conquista. No falla nuestra idea del amor; acierta nuestro deslumbramiento por ser los primeros en el duro corazón del aventurero genovés.
Somos el único país con la Biblia en su escudo; tenemos la primera catedral, ciudad y universidad americanas. En las noches de Las Damas, la primera calle, recreamos el frufrú de las faldas de las cortesanas de María de Toledo, la primera virreina del ¿Nuevo? Mundo, cuya residencia fue el primer alcázar, situado no lejos de la primera fortaleza. Como si fuera poco, tenemos también el primer mestizo, hijo de Miguel Díez de Aux y una cacica bautizada Catalina, el primer cabildo y otras primacías que van de la gastronomía como matriz de la cocina criolla continental hasta el contemporáneo «plátano power» que convierte a nuestros beisbolistas en los primeros del mundo. Y paro de contar.
No todas estas primacías son controversiales. Buena parte son herencia de la colonización. Pero en lugar de quedar en la historia como dato para una didáctica línea de tiempo desprovista de análisis, han lastrado la psiquis y la cultura, creando un serio problema cuando se traslada a la función pública. Ahí, el descubrimiento de la pólvora es cotidiano. Todo político reclama para sus obras y actos la condición primigenia.
Un ejemplo (patético) de esta pasión por las primacías es Roberto Ángel Salcedo, ministro de Cultura por la gracia del cambalache político. Poquísimas cosas de las que hace tienen antecedentes. Él parece haber llegado al ministerio, no solo para negarle al gagá su espacio en la cultura dominicana, sino para que todas sus decisiones sean las primeras.
Ejemplo reciente es la Feria Regional del Libro y la Cultura Cibao 2026, publicitada como la primera en su clase. Pues no. Las ferias del libro regionales tienen casi la mitad de la edad del ministro. Para ignorarlas, realizó una operación gramatical: modificó el nombre oficial agregándole «y la Cultura». Sin duda, su mejor guion.
Según las notas periodísticas, Salcedo afirmó en la apertura que su feria expresaba «un compromiso real con la descentralización cultural: ampliar el acceso, fortalecer capacidades y visibilizar los procesos culturales que ya existen en las comunidades».
Sucede que mucho antes de que él firmara una película cada semana, ya existía la Ley 41-00 que crea la Secretaría de Estado de Cultura. En su capítulo IV, la ley dedica ocho artículos a la descentralización. Dirá que no funcionan, pero las Aldeas Culturales, y los Consejos Provinciales y Regionales de Cultura testimonian sobre el propósito. Mas todo se repite para que parezca nuevo; en innovación tecnológica como en reinauguraciones que dejan en ridículo el dominio del Estado sobre sus propios actos.
(Pero no solo Salcedo, sería injusto decirlo. Si de algo sufre el Estado es de desmemoria).