Tony Caro: cuando lo extraordinario es rutina
El legado discreto y la huella imborrable de un hombre auténtico
Quizás el mayor homenaje que puede recibir un hombre sea el que surge espontáneamente de la memoria de los demás. Semanas después de que nos dejara para siempre, el nombre de José Antonio Caro Ginebra seguía figurando entre las búsquedas más frecuentes de este Diario Libre. Había curiosidad, sí, pero sobre todo afecto. La gente quería saber quién era ese hombre cuya muerte había provocado tantas expresiones sinceras de pesar.
Quienes lo conocimos no necesitábamos buscarlo. Lo llevábamos dentro. Tony Caro pertenecía a esa rara categoría de personas que hacen más grata la vida de quienes tienen la fortuna de compartirla con ellas. Su presencia nunca fue intimidatoria. No necesitaba llamar la atención. Llegaba con la discreción de los hombres seguros de sí mismos, ocupaba su lugar en la mesa y, poco a poco, terminaba siendo el centro natural de la conversación.
Lo conocí mucho antes de conocerlo realmente. De su padre guardo un recuerdo lejano, de cuando yo era apenas un joven reportero y él un arquitecto consagrado que levantaba la Plaza de la Cultura. Venía Tony de un linaje respetado y antiguo, de una familia asentada en páginas importantes de la historia dominicana. Antes y después de la democracia, los Caro ocupaban un lugar reconocido en la vida nacional.
Sin embargo, nada en él revelaba conciencia alguna de privilegio. Por sí mismo había construido un nombre propio. Primero en la arquitectura y luego en los negocios, junto a su hermano Danilo. Ambos acompañaron la aventura fundacional de Diario Libre cuando todavía era una apuesta incierta, una idea que necesitaba más confianza que recursos para abrirse paso. Creyeron en aquel proyecto novedoso y estuvieron presentes desde los primeros días.
Puerta: el vino de una película
Pero nuestra amistad nació por un camino inesperado. Nació gracias al vino. Cuando vivía en Londres hace años, escribí una columna sobre El festín de Babette, esa extraordinaria película danesa que constituye una de las más bellas reflexiones cinematográficas sobre la gracia, la amistad y la generosidad. En el artículo mencionaba el vino que deslumbró al viejo general durante la legendaria cena: un Clos de Vougeot, uno de los grandes borgoñas de Francia.
Poco después recibí un mensaje de Tony. Comentaba la columna con entusiasmo y, acto seguido, me invitaba, cuando viniera al país, a probar algunos ejemplares de aquellos vinos extraordinarios que conservaba en su bodega personal.
Acepté sin vacilar. Desde aquel día quedé comprometido con llamarlo cada vez que regresaba al Santo Domingo nostálgico. Mis escritos sobre viajes siempre despertaban un comentario suyo. Así comenzaron intercambios y reuniones memorables en las que intentábamos recomponer el mundo alrededor de una mesa, convencidos de que muchas de las grandes cuestiones humanas se entienden mejor acompañadas de una botella adecuada.
Tony aparecía invariablemente con algún Clos Vougeot. “Todavía me quedan algunos”. No era una afectación. Era un guiño amistoso. Una referencia compartida. Un ritual que evocaba aquella aproximación y aquella película donde el banquete termina convirtiéndose en una celebración de la redención humana.
Con el tiempo, las reuniones se hicieron frecuentes cuando terminé mis días de diplomático y retorné. Éramos un pequeño grupo de creyentes en el viejo principio latino del in vino veritas. El vino ayudaba, por supuesto. Pero el verdadero protagonista de aquellos encuentros era Tony.
Desplegaba un ingenio inagotable. Tenía una memoria prodigiosa para las anécdotas y una capacidad extraordinaria para narrarlas. Pasaba de una historia política a un episodio arquitectónico; de una aventura ocurrida en Europa a una observación irónica sobre la vida dominicana. Nunca imponía su conocimiento. Lo compartía. Y sabía hacerlo con gracia.
Dramatis personae
Tras una apariencia de modestia casi deliberada se escondían una inteligencia poco común y una cultura vastísima. Había recorrido el mundo desde muy joven junto a su padre. Más tarde, los años de estudios en el exterior ampliaron todavía más sus horizontes. Aquellos viajes le proporcionaron una visión cosmopolita, sofisticada y abierta que terminó moldeando toda su personalidad.
Era un hombre del mundo. Pero nunca dejó de ser profundamente dominicano. Quizás por eso podía hablar con la misma soltura de una catedral europea, de un vino borgoñón, de una calle capitaleña o de una vieja historia familiar ocurrida en cualquier rincón del país o del mundo. Su conversación tenía amplitud geográfica y profundidad humana.
Como ocurre con todos nosotros, sin embargo, la fragilidad aguardaba silenciosamente. Recuerdo una cena en Madrid, Frank y Haydée Rainieri de anfitriones. Aquella noche coincidimos con Mario Vargas Llosa y su entonces célebre acompañante, Isabel Preysler. Al salir del restaurante nos encontramos con una multitud de fotógrafos esperando capturar cada gesto de la pareja. Observamos divertidos el espectáculo mediático que rodeaba al Nobel peruano y comentamos la escena con la ironía inevitable de quienes se saben simples espectadores del teatro humano.
Al día siguiente recibí una llamada de Frank Rainieri. Tony había sufrido una emergencia cardíaca. Fue uno de esos avisos que la vida nos envía cuando quiere recordarnos que no somos invulnerables. Superó aquel episodio y otros, pero probablemente allí comenzó a escribirse el capítulo final de una historia que aún parecía tener muchas páginas por delante.
La vida, sin embargo, también le había regalado un gran amor. Lo encontró en La Vega. Rosalía era entonces una de las jóvenes más admiradas de la ciudad. Cuentan amigos veganos de aquellos años que Tony recorría la distancia desde Santo Domingo en su automóvil deportivo para verla. No necesitaba más estímulo que aquel.
Como tantas grandes historias, comenzó con el impulso simple e irresistible del enamoramiento. Y terminó convirtiéndose en una vida compartida. Juntos construyeron una familia admirable. Hoy la continuidad de ese legado puede apreciarse también en la obra de su hijo Juan, quien ha contribuido a enriquecer la arquitectura dominicana con proyectos de singular calidad, entre ellos el Centro Cultural Rainieri y otras realizaciones que evidencian una tradición familiar vinculada al diseño, la belleza y el servicio.
Vuelvo al arte
Pero las obras permanecen mientras las personas parten. Tony se ha marchado. Como en la elegía de Miguel Hernández, "un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal" lo derribó. Se fue sin despedirse, como suelen hacerlo los amigos verdaderos. Sin ruido. Sin ceremonias innecesarias. Dejando tras de sí una ausencia que todavía cuesta aceptar. Porque lo que se extraña no es solamente al profesional exitoso ni al arquitecto distinguido. Se extraña al amigo. Al hombre que escuchaba con atención. Al interlocutor que sabía disentir sin herir. Al compañero de sobremesas interminables. Al dueño de una curiosidad intelectual que nunca envejeció. Al anfitrión generoso. Al narrador brillante. Al amigo leal.
Vivimos tiempos de apariencias y de escasez de personas auténticas. Tiempos de exhibición constante y profundidad decreciente. Tony pertenecía a otra escuela. A la de quienes no necesitaban proclamarse importantes porque su importancia resultaba evidente para quienes los conocían.
Representaba una forma elegante de ejercer la ciudadanía. Sin estropicios. Sin protagonismos. Con una combinación cada vez más rara de decencia, cultura, responsabilidad y cordialidad. Por eso su ausencia trasciende el círculo de sus amigos. Empobrece también a la sociedad dominicana.
Hombres como José Antonio Caro Ginebra ayudan a elevar discretamente la calidad moral del espacio público. No mediante discursos ni grandes declaraciones, sino a través del ejemplo cotidiano de cómo vivir con dignidad, inteligencia y generosidad.
Pienso ahora en aquellas tenidas donde inevitablemente aparecía un Clos Vougeot sobre la mesa. Pienso en las conversaciones, en las risas, en las bromas y chistes. en los desacuerdos amistosos y en las historias que parecían no terminar nunca.
Y vuelvo inevitablemente al brindis del general en El festín de Babette. Aquel momento en que comprende que la misericordia no impone condiciones y que la vida termina devolviéndonos, de formas misteriosas, aquello que parecía perdido. Repaso mentalmente esas escenas en las que la literatura de Karen Blixen y el cine de Gabriel Axel alcanzan una rara profundidad: la idea de que la existencia no está gobernada únicamente por nuestras decisiones, sino también por una generosidad inmerecida que, a veces, nos alcanza cuando menos la esperamos.
Quizás algo parecido ocurre con la amistad. Los amigos se marchan, pero no desaparecen. Permanecen en las palabras que dejaron, en las historias que contamos de ellos y en la gratitud que sentimos por haber compartido una parte del camino.
No suelo ir a funerarias ni prodigar condolencias. He aprendido que las penas profundas rara vez se cuentan; apenas se dejan sentir en el silencio de quienes las comparten. Tony Caro pertenece ya a esa región privilegiada de la memoria donde habitan las personas queridas. Allí seguirá. Sentado a la mesa. Con una copa de borgoña en la mano. Dispuesto a contarnos una historia más.
Como editorialicé, paz a sus restos. Y resignación para sus deudos, especialmente para su esposa, Rosalía, acompañada hoy por el afecto de tantos que comprendemos la magnitud de su pérdida porque también sentimos la nuestra.