Meritocracia y riqueza
La meritocracia es el propulsor fundamental del capitalismo
Hay una razón por la cual los países más democráticos son los más ricos. Esto se cumple con pocas excepciones (Singapur, Catar, Taiwán, Emiratos Árabes y Kuwait). La razón no reside con la democracia en sí misma. Más bien descansa sobre los preceptos que sirven de base a la organización social y política que la democracia requiere.
Por definición, la democracia otorga el derecho a elegir, implicando una competencia entre varias opciones evaluadas en base a su mérito. En el plano político, Schumpeter, autor de ‘Capitalismo, Socialismo y Democracia’ explica que la democracia no garantiza que los más calificados alcancen el liderazgo ya que la habilidad de comunicación pública podía pesar más que su capacidad gerencial.
Las democracias adolecen de información incompleta, permiten priorizar el bien personal sobre el bien común, con sesgo a favor de las élites ante un electorado pasivo. En ese sentido, la democracia no era un fin, si no un método, según Schumpeter. Pero presenta la gran ventaja de que periódicamente se somete a auto-escrutinio.
Schumpeter también estudió el método en economía. Argumentaba que el crecimiento requiere de la continua sustitución de viejos métodos de producción y comercio por formas novedosas y más eficientes o ‘creación destructiva’. Implícito en este análisis esta la libertad de elegir. Pero el emprendedurismo -motor del capitalismo- depende de la meritocracia para tener sentido.
Es interesante que el índice de democracia utilizado arriba contempla varias categorías políticas: procesos electorales, pluralismo, participación y cultura política; y dos categorías de carácter social: funcionamiento del gobierno y libertades civiles. Estas últimas destacan la importancia del contrato social entre Estado y población vista la relación positiva entre los índices de democracia y los niveles de riqueza.
Hausmann también comenta que se requiere más que la mano invisible del mercado para una economía próspera. En las democracias, los grupos de interés y el escrutinio de una prensa libre condicionan el accionar público generando una estructura de intercambio de informaciones que sirve para coordinar incentivos y orientar las inversiones.
En una economía dirigida, esta conversación desaparece. Así, la clave de un óptimo funcionamiento económico reside en fomentar la inclusión y la transparencia para generar un menú de opciones a ser evaluado en base a mérito por los mercados.
Tan pronto se desecha la meritocracia, la función de optimización comienza a decaer. Todos conocemos las implicaciones de encargar tareas a las personas equivocadas. No solo cometen errores, desatan una cadena de consecuencias negativas a su alrededor. Igualmente, cuando se dedican recursos a inversiones poco indicadas se limita el financiamiento de otras posibilidades, además de arriesgar tanto ganancias como capital.
En ese sentido, la revolución estadounidense que en unos días cumple dos siglos y medio, no fue una guerra de independencia colonial más. Constituyó un experimento social y político que buscaba garantizar el ejercicio de la meritocracia mediante la igualdad (al inicio imperfecta) de los derechos entre personas. Este fue un primer paso de suma importancia que traspasó al campo económico. Cabe observar que, aunque motivó una serie de revoluciones similares (Francia, Haití y posteriormente, Hispanoamérica) no todos estos países aplicaron los preceptos de manera coherente, adoleciendo hasta la fecha de nepotismo, favoritismo y corrupción sistémica. R.D. presenta un índice de democracia de 6.6 de 10.
Se suele pensar que países que producen grandes cosas (vehículos, lavadoras, tecnología de la comunicación) son, por esto, ‘grandes’ en términos internacionales e institucionales, con estados funcionales que favorecen el bien común, baja corrupción y alta madurez cívica reflejada en un envidiable orden público. La realidad es totalmente inversa. Son estas condiciones socio-políticas las que sirven de plataforma al crecimiento económico y el progreso. Los resultados son contundentes. Solo falta aplicarlos.