El francés que me ayudó a entender a los Estados Unidos

La mirada de Alexis de Tocqueville sobre Estados Unidos y su sorprendente actualidad

Alexis de Tocqueville (generada con IA)

Cuando fui designado embajador de la República Dominicana en Estados Unidos en 2011, un buen amigo me hizo una recomendación que, en aquel momento, me pareció casi un gesto de cortesía intelectual. —Lee La democracia en América.

Conocía el libro desde mis años universitarios. Como ocurre con tantos clásicos, permanecía en la memoria asociado a exámenes, apuntes y discusiones académicas más que a una lectura viva. Iba camino a un país sobre el que se ha escrito probablemente más que sobre ningún otro, y aun así el mejor mapa para recorrerlo seguía siendo el que un joven aristócrata francés había trazado casi dos siglos antes.

Durante los años que siguieron tuve con frecuencia la extraña sensación de que aquel libro no describía un país del siglo XIX sino el que tenía delante. Estados Unidos ha cambiado enormemente, pero detrás de sus transformaciones siguen latiendo las mismas pulsaciones que un joven aristócrata francés había identificado casi dos siglos antes.

Alexis de Tocqueville llegó a Estados Unidos en 1831 con el propósito formal de estudiar el sistema penitenciario. Regresó a Francia después de nueve meses habiendo escrito, sin proponérselo, la radiografía más penetrante de la democracia moderna. 

En Washington abundan las estadísticas, los informes, los estudios económicos y los análisis políticos. Son indispensables para cualquier embajador. Ninguno basta por sí solo para explicar por qué Estados Unidos reacciona como reacciona. Las decisiones de una nación rara vez obedecen únicamente a intereses inmediatos; suelen brotar de convicciones mucho más antiguas, de hábitos colectivos que terminan siendo casi inconscientes. Tocqueville había logrado identificar muchos de ellos cuando la república apenas comenzaba a consolidarse.

La inquietud

Tocqueville describió a una sociedad incapaz de detenerse, impulsada por la convicción de que siempre existe un horizonte más prometedor que el alcanzado. Aquella observación, formulada cuando Estados Unidos era todavía una nación joven, sigue manifestándose en todos los ámbitos de la vida pública. Las campañas electorales apenas concluyen cuando comienzan a organizarse las siguientes; los empresarios celebran un éxito mientras conciben el proyecto destinado a superarlo; las universidades invierten enormes recursos en investigaciones que muy pronto quedan sustituidas por otras. Todo parece responder a una dinámica en la que el movimiento constituye un estado natural y la inmovilidad equivale a un retroceso.

Aquella disposición permanente hacia el futuro explica buena parte de la vitalidad estadounidense. También ayuda a entender ciertas tensiones menos visibles. Una sociedad acostumbrada a mirar siempre hacia adelante termina encontrando difícil el ejercicio de la contemplación. La satisfacción dura poco porque cada conquista abre inmediatamente el camino hacia otra. Hoy esa ansiedad recibe nombres nuevos y se estudia desde la psicología o la sociología, pero su origen ya estaba descrito con sorprendente precisión por Tocqueville.

Otra intuición que la experiencia confirmó fue el pragmatismo. Escribió que los estadounidenses eran cartesianos sin haber leído a Descartes. Desconfían de las abstracciones excesivas y conceden mayor autoridad a la experiencia que a los sistemas teóricos. Aquella afirmación puede parecer una elegante paradoja literaria hasta que uno comienza a observar el funcionamiento cotidiano de sus instituciones.

La vida pública estadounidense regresa siempre a una pregunta muy sencilla: ¿funciona? Las diferencias ideológicas existen y, por momentos, resultan intensas. Sin embargo, la eficacia conserva un prestigio difícil de igualar. Las soluciones encuentran respaldo menos por su belleza conceptual que por los resultados que son capaces de producir. Esa inclinación explica la extraordinaria capacidad de adaptación de la sociedad estadounidense. Explica también su facilidad para sustituir procedimientos, abandonar modelos agotados y convertir la innovación en una práctica constante y no en un acontecimiento excepcional.

Como sucede con todas las grandes virtudes, ese mismo pragmatismo encierra riesgos. Una confianza excesiva en la experiencia inmediata puede alimentar cierta desconfianza hacia el conocimiento especializado, hacia la reflexión teórica o hacia quienes dedican su vida a estudiar fenómenos complejos. Ese rasgo, que hoy ocupa un lugar central en numerosos debates políticos, no surgió de improviso. Tocqueville ya alcanzaba a distinguir su silueta.

Temor al despotismo

Sus contemporáneos temían el regreso de los viejos despotismos. Él dirigió la mirada hacia una amenaza distinta. Imaginó un poder que no necesitaría imponerse mediante la violencia porque acabaría administrando la existencia de los ciudadanos con tal eficacia que estos aceptarían, poco a poco, renunciar a parcelas crecientes de su autonomía. Aquella descripción parecía destinada a las burocracias modernas. Hoy resulta inevitable leerla a la luz de un mundo gobernado por algoritmos, plataformas digitales e inteligencia artificial.

Vivimos rodeados de tecnologías capaces de anticipar nuestros gustos, seleccionar la información que recibimos y organizar buena parte de nuestra vida cotidiana. Nunca había sido tan sencillo desplazarse, comprar, comunicarse o acceder al conocimiento. Esa extraordinaria comodidad lleva consigo una pregunta que Tocqueville formuló mucho antes de la revolución digital: ¿cuánto de nuestra libertad estamos dispuestos a delegar a cambio de vivir con mayor facilidad?

No se trata de una advertencia contra la tecnología. Sería absurdo. Se trata de recordar que la libertad rara vez desaparece de manera repentina. Con frecuencia se diluye lentamente entre pequeñas renuncias que terminan pareciendo insignificantes.

Algo semejante ocurre con otra de sus observaciones más citadas: la tiranía de la mayoría. Tocqueville hablaba de una presión social mucho más profunda, capaz de convertir determinadas opiniones en aceptables y otras en impronunciables. Esa presión no necesita leyes ni tribunales. Basta el temor al aislamiento, al descrédito o a la exclusión.

Las redes sociales han multiplicado ese fenómeno hasta extremos inimaginables para un hombre del siglo XIX. Cambian los protagonistas, cambian las causas y cambian las consignas, pero el mecanismo conserva una sorprendente familiaridad. El juicio colectivo puede adquirir una intensidad capaz de desalentar el pensamiento independiente incluso allí donde la libertad de expresión permanece jurídicamente garantizada.

También me llamó la atención la importancia que Tocqueville concedía a la religión. Observaba con asombro que el país más libre del mundo occidental fuera, al mismo tiempo, uno de los más religiosos. Lejos de considerar ambas realidades incompatibles, veía en esa religiosidad un freno moral al individualismo y un poderoso elemento de cohesión social.

La práctica religiosa ya no ocupa el mismo lugar que en el siglo XIX; la sociedad es infinitamente más diversa. Sin embargo, el impulso de buscar identidades compartidas permanece intacto. En ocasiones esas identidades adoptan formas políticas de extraordinaria intensidad, hasta el punto de convertir la pertenencia a un partido o a una corriente ideológica en un elemento definitorio de la propia identidad personal. 

Libro que no envejece

Se afirma que el siglo XXI ha dejado obsoletos muchos de los grandes clásicos del pensamiento político. Mi experiencia fue exactamente la contraria. Mientras más tiempo pasaba en Estados Unidos, mayor era mi impresión de que aquel libro envejecía con una dignidad excepcional. La razón estriba en el descubrimiento de las fuerzas profundas que continúan modelando la vida de esa nación.

Los gobiernos cambian. Las mayorías electorales se alternan. Surgen nuevas tecnologías, nuevas crisis y nuevos liderazgos. La sociedad norteamericana atraviesa hoy un momento de polarización que pocos habrían imaginado hace apenas unas décadas. Aun así, detrás de ese paisaje convulso sigue reconociéndose el país que fascinó a Tocqueville: una nación convencida de su excepcionalidad, animada por una energía inagotable, extraordinariamente creativa y al mismo tiempo vulnerable a las tensiones que nacen de esa misma vitalidad.

Los buenos libros poseen una rara cualidad: cambian porque cambia quien los lee. Como joven estudiante, encontré en Tocqueville una brillante lección de teoría política; el embajador halló un compañero de viaje cuya mirada iluminaba episodios que, de otro modo, habrían parecido dispersos o contradictorios.

Ahora que Estados Unidos conmemora el doscientos cincuenta aniversario de su independencia, abundan los balances históricos, las cifras económicas y las valoraciones políticas. Todos aportan piezas indispensables para comprender una nación de semejante complejidad. Yo sigo pensando, sin embargo, que pocas lecturas resultan tan esclarecedoras como la de aquel francés que cruzó el Atlántico para estudiar unas prisiones y terminó descubriendo el alma de un país.

Quizá ese sea el privilegio reservado a los grandes observadores. Ven más lejos porque no quedan deslumbrados por los acontecimientos inmediatos. Mientras los contemporáneos nos ocupamos del ruido, ellos escuchan los movimientos más profundos de la historia.

La democracia en América continúa siendo mucho más que un clásico de la ciencia política. Es una lección permanente sobre la naturaleza de la libertad, sobre las fortalezas y fragilidades de las democracias y sobre la sorprendente continuidad del carácter de los pueblos. Pocos libros resultan de tanta utilidad en la vida pública. Menos aún enseñan que, para comprender plenamente un país, a veces resulta indispensable mirarlo a través de los ojos de un extranjero capaz de descubrir lo que sus propios habitantes ya no alcanzan a ver.

Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.