El país en el diván: las memorias lúcidas de Segundo Imbert Brugal

Cuando la biografía se convierte en radiografía de un país

El libro de memorias El trayecto de un loquero, del psiquiatra dominicano Segundo Imbert Brugal. (Fuente externa)

Un psiquiatra que ha pasado media vida escuchando a otros contar sus males termina, tarde o temprano, aplicando ese mismo oído a la sociedad que lo rodea. Eso es exactamente lo que hace Segundo Imbert Brugal en El trayecto de un loquero: en lugar de limitarse al desfile habitual de anécdotas de consultorio —el paciente curioso, el caso insólito, el chiste profesional—, convierte su propia biografía en un instrumento para examinar, con la misma frialdad clínica con que se ausculta a un paciente, aspectos trascendentes de varias sociedades, República Dominicana incluida, durante más de cincuenta años.

El resultado es un libro de prosa elegante y serena, cuya principal virtud es que la madurez del autor jamás se convierte en complacencia.

La primera impresión que deja la obra es, ante todo, literaria. Imbert Brugal escribe con la misma disciplina con la que probablemente ejerció la medicina: sin estridencias, sin concesiones al sentimentalismo fácil. Cada párrafo da la sensación de haber pasado por una depuración rigurosa hasta quedar reducido a lo esencial, como si el autor hubiera aplicado a su propia prosa el mismo criterio de economía que exige un diagnóstico bien hecho. La sintaxis es limpia; el vocabulario, preciso; el ritmo narrativo avanza sin tropiezos ni artificios. Con tantas memorias limitadas a inventarios cronológicos de episodios personales, este libro reivindica algo que se ha vuelto escaso: el placer de un texto construida con cuidado.

Esa escritura tiene, además, la cualidad cada vez más infrecuente de generar confianza. Desde las primeras páginas, el lector percibe que quien narra no necesita exagerar para resultar interesante. Su autoridad nace de la experiencia acumulada, no del énfasis retórico. Es tentador atribuir esto a la propia formación científica del autor, que parece haberlo entrenado para observar y reflexionar antes que para impresionar.

Ese mismo refinamiento formal se traduce en el tono general del libro. Imbert Brugal evita el ajuste de cuentas y esquiva el resentimiento, incluso al narrar episodios que pudieron haber marcado profundamente su vida profesional. La indignación existe, es real, pero nunca se desborda, sino que permanece contenida por una inteligencia acostumbrada a analizar antes de reaccionar.

Cultura y matices

Uno de los pasajes más reveladores del libro —y de este temple— es aquel en el que el autor descubre que un médico de renombre lo había engañado deliberadamente. Lejos de convertir el episodio en un ajuste de cuentas personal, Imbert Brugal lo transforma en una reflexión mucho más amplia sobre la tolerancia cultural hacia el engaño cotidiano. "Falacias, engatusamientos e incumplimientos forman parte de la cotidianidad", escribe, y añade que conductas severamente sancionadas en otras sociedades suelen resolverse aquí con una excusa, una broma o, a lo sumo, un regaño.

Es una generalización que admite matices, y conviene señalarlo. Toda cultura tiene sus zonas grises, y ninguna sociedad puede reclamar el monopolio de la honestidad, ni tampoco de la doblez. Pero el valor del planteamiento de Imbert Brugal no reside en su pretensión de sentar una verdad sociológica incuestionable, sino en su capacidad de obligar al lector a preguntarse hasta qué punto hemos normalizado pequeñas transgresiones cotidianas que, sumadas unas a otras, terminan por erosionar la confianza pública. Ese cuestionamiento, más que la generalización misma, es lo que da fuerza al pasaje.

En realidad, ese gesto —observar la conducta antes que el discurso, el patrón antes que el acontecimiento— es el hilo que vertebra todo el libro. El autor mira a la sociedad dominicana con ojos de psiquiatra, no de político. Le interesan menos las ideologías que los comportamientos; menos las proclamas que los hábitos.

Ese enfoque se vuelve particularmente nítido en el relato de su regreso al país tras años de formación en Norteamérica. El contraste entre las dos realidades sanitarias que le tocó vivir es, sencillamente, brutal. Mientras en Canadá había ejercido una psiquiatría moderna y bien dotada de recursos, en la República Dominicana se topó con hospitales de extrema precariedad, un manicomio antiguo sostenido apenas por presupuestos miserables, y un sistema de salud incapaz todavía de cubrir necesidades elementales. Las cifras que aporta sobre mortalidad infantil en los años setenta —comparando a la República Dominicana con Canadá, Estados Unidos, Puerto Rico y Cuba— no buscan simplemente impresionar al lector con números alarmantes; están puestas ahí para sostener una conclusión mucho más contundente. Antes de aspirar a servicios sofisticados de psiquiatría infantil, el país necesitaba resolver problemas bastante más urgentes y básicos, como la desnutrición, las enfermedades infecciosas y la pobreza extrema. Vista así, la recomendación que en su momento le hizo el profesor Hugo Mendoza —no desarrollar esa subespecialidad dada la magnitud de otras urgencias sanitarias— deja de ser una anécdota curiosa y adquiere pleno sentido histórico.

Reflexiones provocadoras

La mayor fortaleza del libro, me parece, es justamente esa capacidad de insertar la experiencia individual en un contexto nacional mucho más amplio. Gracias a ese gesto, las memorias dejan de ser un mero ejercicio autobiográfico y se transforman en una interpretación de época, en un intento de entender no solo lo que le sucedió a un hombre, sino lo que le sucedía —y quizá le sigue sucediendo— a un país entero.

No menos provocadoras resultan sus reflexiones sobre la evolución política dominicana. Imbert Brugal sostiene, sin rodeos, que la llegada de la democracia no logró transformar aspectos esenciales de la cultura institucional, y acusa a sucesivas élites de haber gobernado de espaldas a los problemas fundamentales de la población. Es una crítica severa, formulada sin eufemismos ni suavizantes retóricos.

Naturalmente, esa valoración también admite matices, y es justo señalarlos. La República Dominicana de hoy dista enormemente de la que el autor describe al regresar en los años setenta. El crecimiento económico sostenido, la expansión de la educación superior, la reducción notable de la pobreza, la consolidación de una clase media más amplia y el fortalecimiento de ciertas instituciones son avances reales, verificables, y sería injusto pasarlos por alto solo porque el diagnóstico del psiquiatra escritor resulte más sombrío.

Pero tampoco puede descartarse el núcleo de su advertencia. El progreso económico no siempre viene acompañado de un desarrollo equivalente en la ética pública. Persisten las prácticas clientelares, las deficiencias institucionales, ciertas formas de impunidad que siguen alimentando la desconfianza ciudadana. La pregunta que Imbert Brugal deja flotando, aunque nunca la formule de manera tan directa, conserva toda su pertinencia: ¿hasta qué punto hemos modernizado nuestra infraestructura sin modernizar, al mismo tiempo, nuestras conductas?

Esa es, en el fondo, una interrogante profundamente psiquiátrica, y ahí intuyo otra clave del libro. El autobiógrafo no reduce la cultura a folclore ni a un conjunto de tradiciones pintorescas; la entiende como un conjunto de comportamientos aprendidos, reforzados o simplemente tolerados por el cuerpo social. Desde esa perspectiva, la salud de una comunidad no depende únicamente de su ingreso per cápita, sino también de la calidad moral de sus interacciones cotidianas, de esas pequeñas transgresiones diarias que, según él, hemos aprendido a mirar con excesiva indulgencia.

La sanidad que dan los años

Hay, además, un rasgo particularmente atractivo en estas memorias, y es la ausencia casi total de superioridad moral. Imbert Brugal no se presenta como un observador infalible ni como un juez situado por encima de sus contemporáneos. Confiesa sus propias limitaciones —entre ellas, admite no haber tenido la vocación heroica que exigía trabajar en un hospital público dominicano de los años setenta—, reconoce decisiones tomadas bajo la presión de las circunstancias, e incluso confiesa cierta culpa por haber abandonado el servicio público para dedicarse a la práctica privada. Esa honestidad intelectual, lejos de restarle autoridad al libro, la fortalece.

El resultado es un texto escrito desde la serenidad que solo dan los años, pero que conserva intacta la capacidad de indignarse. Es una combinación poco frecuente. Con demasiada facilidad, la edad suele conducir a la nostalgia complaciente o, en el extremo opuesto, al desencanto absoluto. Imbert Brugal evita ambos caminos. No idealiza el pasado ni demoniza el presente. Prefiere, siempre que puede, comprender antes que condenar, aunque cuando llega a la conclusión de que ciertas conductas reflejan un déficit ético colectivo, lo dice con una firmeza que no deja espacio para la ambigüedad.

En definitiva, El trayecto de un loquero trasciende ampliamente el género memorialístico al que en apariencia pertenece. Es, simultáneamente, autobiografía, historia de la medicina dominicana, ensayo de salud pública y reflexión cultural, todo ello sostenido por una prosa de calidad notable, limpia de afectación y rica en matices.

Muchos lectores disentirán de sus diagnósticos sobre la cultura dominicana, y tampoco hace falta que los aprueben. Los buenos ensayos no buscan la unanimidad, sino provocar el pensamiento, y en eso Segundo Imbert tiene un éxito indudable, precisamente porque escribe desde la experiencia acumulada, el rigor intelectual y una independencia de criterio que rara vez sacrifica en el altar de la corrección política.

Al cerrar el libro, queda una impresión difícil de disipar. Durante décadas, Imbert examinó las complejidades de la mente humana desde su consultorio. Al escribir esas páginas, dirige ese mismo instrumental analítico hacia la sociedad que lo vio nacer. El resultado no es un dictamen definitivo sobre la República Dominicana —ningún libro podría serlo—, sino algo mucho más valioso: una conversación inteligente con el país, sostenida por una escritura impecable, un estilo refinado y una lucidez que los años, lejos de atenuar, han  enriquecido.

Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.