La patológica práctica de “llevar la contraria” en el uso de la lengua

El complejo de inferioridad disfrazado de desacuerdo permanente

El amigo corta un pedazo de dulce y muy amablemente se lo entrega al otro.

—Toma, está muy delicioso. Yo sé que lo vas a disfrutar.

— Sí, parece sabroso; pero es de maní — responde el otro, sin haber probado aún el dulce obsequiado — y a mí no me gusta el dulce de maní.

— No, amigo mío. El dulce no es de maní, sino de coco. Yo mismo lo preparé.

— No importa que tú lo hayas preparado:  es de maní.

— ¡Pero pruébalo! — sugirió el fraterno amigo.

El otro optó por probarlo, y acto seguido, con insistente terquedad respondió:

—    Sí, realmente sabe a coco, pero es de maní.

Como el   personaje de la presente historia, son muchos los hablantes   con quienes por una razón u otra tenemos que   intercambiar ideas en nuestra diaria comunicación. Nunca están de acuerdo con el punto de vista de los demás, aun cuando las evidencias presentadas sobran. Y si en algún momento, interiormente consideran válidas esos ajenos pareceres, públicamente prefieren rechazarlos.  Se trata de seres cuyos cerebros parecen haber sido configurados para «llevar siempre la contraria». Seres tan irracionalmente contradictorios que, de haber sido ríos, posiblemente hubieran corrido de abajo hacia arriba, y de haber sido el Sol, es casi seguro que hubiera salido, no por el este, sino por el norte, por el sur o por el oeste.

Desde el punto de vista psicolingüístico, ¿a qué se debe ese contradictorio comportamiento?

En sicología se conoce con el nombre de «Reactancia sicológica», y se define como una reacción de resistencia o enojo que ocurre cuando una persona siente que alguien limita su libertad de elegir, actuar o pensar. El hablante considera que una opinión ajena amenaza su libertad de elección y por tanto reacciona haciendo exactamente lo contrario para recuperar el control o el terreno que considera perdido. En tal virtud se resiste a aceptar como buenos y válidos puntos de vista diferentes, por cuanto entiende que proceder de manera flexible implica necesariamente pérdida de poder en el ámbito del conocimiento.

En el mundo del saber, el sujeto que así se comporta vive encadenado por un complejo de inferioridad que nubla su raciocinio, bloquea su autoestima y neutraliza su humildad. Merced a semejante y anticientífico perfil, le resulta casi imposible admitir que el otro tiene la razón; pues admitirlo, según su pensar, sería lo mismo que declararse humillado y derrotado.

Es en ese contexto cuando entran en acción los mecanismos de defensa del sujeto hablante, consistentes en «llevar la contraria» como especie de máscara con el fin de demostrar su inteligencia, imponer sus conocimientos y compensar, en última instancia, su inseguridad o el vacío interior que consciente o inconsciente tanta perturbación le genera en su mente.

Conforme a lo expresado en el párrafo anterior, el discurso contradictorio ultraemotivo y no menos defensivo, sencillamente se debe, pienso yo, al placer y bienestar espiritual que le proporciona al hablante que lo sustenta. Por esa razón, aunque dicho polemista esté convencido de que el otro tiene la razón, siempre mostrará su desacuerdo; pues la sensación de placer y bienestar se extinguiría si no «lleva la contraria». Pero no solo eso. Con su espíritu defensiva y emotivamente contradictorio, el sujeto hablante intenta en todo instante situarse en el centro del discurso o la conversación y borrar la invisibilidad que percibe lo excluye del debate.

¿Qué hacer entonces con ese tipo de ente contradictor?

Sencillamente, no discutir, “seguirle la corriente” o hacerle creer que la verdad le pertenece.

¿Por qué?

Porque el acto de discutir o debatir persigue convencer o ser convencido. Si sabemos de antemano que la intención comunicativa del otro es solo persuadir, entonces no vale la pena; pues tal acto representaría una infructuosa pérdida de tiempo.

Por esto entiendo que ni con los seres irracionalmente contradictores, ni con fanáticos, especialmente políticos y religiosos, se debe discutir; pues los cerebros de estos últimos han sido programados para repetir de manera irracional lo que escuchan de sus líderes, o lo que estos les han hecho creer.

El autor es profesor universitario de Lengua y Literatura dcaba5@hotmail.com