Analogías entre dos guerras patrias

Gobiernos en armas y legitimidad constitucional

Cuatro son las grandes gestas históricas protagonizadas por el pueblo dominicano en su incesante lucha por crear y preservar un Estado-nación soberano: la proclamación de la República Dominicana y la guerra dominico-haitiana (1844-1856); la guerra de la restauración (1863-1865); la resistencia nacionalista 1916-1924; y la Revolución de Abril (1965).

Entre la guerra restauradora y la Revolución de 1965 se advierten algunos paralelismos verdaderamente sorprendentes. El lector debe tener presente que se trata solo de similitudes peculiares a ciertos fenómenos sociales, mas no de patrones, dado que cada suceso histórico -por su propia naturaleza- es único e irrepetible.

Sabemos que el 18 de marzo de 1861 tuvo lugar la anexión a España y que, junto con ella, no solo desapareció la República Dominicana, sino también todo el andamiaje jurídico sobre el que descansaban las instituciones políticas nacionales. A pesar de ello, al cabo de dos años un grupo de patriotas empuñó las armas con el objeto de recuperar la soberanía nacional y la República independiente.

En septiembre de 1963, a raíz del golpe de estado contra  Juan Bosch, el Triunvirato abolió la Constitución, eliminó el Congreso Nacional y asumió funciones ejecutivas y legislativas, deviniendo así en una suerte de dictadura. Posteriormente, en 1965, militares y civiles comprometidos con el frustrado experimento democrático del PRD, se levantaron en armas a fin de restituir el sistema constitucional de 1963.

Sin embargo, en esta ocasión la intervención militar norteamericana trocó la lucha cívico-militar de los constitucionalistas en una guerra patria que reclamó a un tiempo el retorno de la Constitución de 1963 y la recuperación de la soberanía nacional.

Tanto el gobierno en armas de los restauradores, como el de los constitucionalistas, ejercieron sus funciones en medio de un estado de excepción, luchando contra sectores criollos y contra ejércitos extranjeros mucho más poderosos.

Durante el lapso 1861-1865 nuestros antepasados fueron gobernados conforme a las leyes españolas; pero los actos y doctrina de los restauradores se fundamentaron en la constitución liberal de Moca de 1858, que  fue declarada en vigor hacia el final de la guerra.

Resulta curioso que, casi un siglo después, en Santo Domingo ocurrió un fenómeno similar debido a que  los actos y decretos del gobierno constitucionalista tuvieron como marco jurídico a la constitución de 1963, que había sido abrogada a raíz del golpe de estado.

Los restauradores de 1865, al igual que los constitucionalistas de 1965, escenificaron una admirable guerra de liberación nacional al final de la cual ambos gobiernos en armas se vieron precisados a sentarse a la mesa de las negociaciones con el ocupante extranjero con el fin de pactar una salida decorosa del conflicto.

En consecuencia, la victoria no fue estrictamente militar, sino más bien político-diplomática, aunque de extraordinaria repercusión internacional. En 1865, para lograr la paz, los restauradores firmaron el llamado Pacto del Carmelo y tuvieron que hacer determinadas concesiones; mientras que, cien años después, los constitucionalistas suscribieron el Acta de Reconciliación Nacional con una OEA parcializada y sin que se cristalizaran algunas de sus principales demandas político-constitucionales. Así, en 1965 la concertación de la paz fue un paso honorable porque la dignidad nacional jamás fue mancillada.

Por tal motivo, debemos evitar que desaparezca, bajo las profundas corrientes del infernal río Leteo, aquella frase lapidaria que el coronel Caamaño pronunció durante su último discurso como presidente del gobierno en armas de la Revolución: “¡No pudimos vencer, pero tampoco pudimos ser vencidos!”

Historiador y ensayista. Especialista en historia dominicana.