Impuntual y punto

El repertorio de excusas y la ilusión del «ya voy en camino»

Cuando yo sea grande quiero llegar tarde. No 30 minutos, porque eso todavía puede confundirse con un accidente. Quiero llegar una hora después, con tranquilidad, saludando como si los demás hubieran cometido la imprudencia de llegar temprano.

La tardanza dominicana es una institución nacional que exportamos al extranjero y con la que abofeteamos a los insolentes seres puntuales. Llegan tarde ministros, funcionarios, empresarios, artistas y ciudadanos comunes. Se retrasan actos culturales, ceremonias religiosas y reuniones laborales, y las bodas y los cumpleaños no se dan por buenos si no hace acto de presencia la impuntualidad.

Ni los curas están a salvo del “ya voy en camino” o “me agarró el tapón”, esas maravillosas expresiones que pueden significar desde “estoy doblando la esquina” hasta “todavía estoy buscando qué ponerme”.

En el trabajo hemos perfeccionado, además, una doctrina moderna: no importa llegar tarde si uno “cumple”. Como si la puntualidad fuera una extravagancia administrativa y no parte del cumplimiento. El empleado entra a las 9:37, pero explica que se queda después. Nadie preguntó si quedarse después era necesario.

Lo curioso es que quien llega temprano termina sintiéndose ingenuo. Espera, mira el reloj y aprende la lección. Quizás por eso nuestros niños no deberían decir: “Cuando sea grande quiero ser médico, ingeniero o astronauta”.

Tal vez la aspiración verdaderamente adulta sea más sencilla: cuando yo sea grande, quiero llegar tarde… y que nadie ose preguntar por qué.

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