La tregua llegó por propia voluntad
Los fantasmas buenos se vuelven duendes
Andar, lo que se dice andar el mismo trecho, pero sin chocar con la misma piedra. Nadie la llamó ni la mandó a buscar, pero interesadamente vino por sus propios pies.
La tregua. Nadie lo recuerda, y en algún centro y con olor a olvido sobrevive el Cardenal, como los fantasmas buenos que se convierten en duendes. Era propio que lo hiciera para Semana Santa y Navidad, López Rodríguez convocaba a una tregua política que nadie respetaba, pero que todos los sectores acogían. Primero, porque decir que sí no afectaba intereses y, segundo, porque ascendiente e influencia, institución y personaje, eran innegables.
Los propósitos del transcurso del año fueron tantos, variados y dispersos, que no obligan a justo descanso, pero sí a un justo balance.
Por ejemplo ¿Por qué los días finales no se parecen a las jornadas iniciales, y un país que se planteó hacia adentro, termina realizándose hacia afuera?
La tregua -vale insistir- tiene sus reglas, y los imprevistos, las contingencias o lo inesperado, se desenvuelven en marcos posibles, pero nunca forzados por voluntad. Todos, si acaso, productos de circunstancia, y se sabe de años, y en el campo, que “ yagua que está para un burro...”.