La cámara de los cuentos

La cultura institucional y su fragilidad ética

La Cámara de Cuentas vuelve a colocarse en el centro de la controversia: la institución arrastra una conducta difícil de corregir. No es la primera vez que su nombre aparece asociado a decisiones opacas, y todo indica que tampoco será la última. La reciente resolución que disponía un aumento de beneficios —adoptada sin la debida transparencia— confirma una práctica que erosiona la credibilidad de un órgano llamado, paradójicamente, a fiscalizar.

Conviene decirlo con precisión: el problema no es el monto. En una administración pública que exige profesionales competentes, discutir niveles salariales no debería ser tabú. El verdadero agravio radica en el procedimiento. La decisión se tomó de forma subrepticia, al margen del escrutinio público y en abierta contradicción con los principios constitucionales de publicidad y control. Se trata de una conducta que revela una preocupante cultura institucional.

La posterior revocación no corrige la falta, la confirma. Se retrocede por el escándalo, por presión. En ese gesto tardío queda expuesta la fragilidad ética de quienes tomaron la decisión.

Más inquietante aún es la previsibilidad del desenlace. Corresponde al Senado de la República Dominicana actuar en consecuencia, pero la experiencia sugiere que prevalecerá el laissez-passer. Así, entre escándalo y silencio, se perpetúa una tradición que el país no debería seguir tolerando.

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