La inmigración como paradoja
América Latina ha sido históricamente un continente de migraciones cruzadas
El más reciente Informe sobre Democracia y Desarrollo 2026 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo retrata con crudeza una contradicción: uno de cada tres latinoamericanos quisiera emigrar, mientras más de la mitad considera perjudicial la llegada de inmigrantes a su país.
Millones de latinoamericanos aspiran a encontrar oportunidades, estabilidad o seguridad fuera de sus fronteras, aunque simultáneamente rechazan ofrecer esas mismas posibilidades a otros desplazados de la región.
El informe del PNUD vincula este fenómeno con el deterioro económico, la desconfianza institucional y el desencanto con la democracia. Quien desea emigrar no siempre escapa de la pobreza extrema; muchas veces huye de la sensación de que el futuro se ha vuelto inaccesible. Y quien rechaza al inmigrante teme que ese recién llegado aumente la presión sobre empleos, servicios públicos o seguridad en sociedades ya marcadas por la fragilidad.
En ese clima prosperan discursos políticos que convierten la migración en un enemigo útil. El extranjero pasa a ser símbolo de los malestares nacionales y combustible de la polarización.
América Latina ha sido históricamente un continente de migraciones cruzadas. Buena parte de su identidad nació precisamente de esos desplazamientos humanos. Por eso la paradoja resulta tan elocuente y dice mucho sobre el estado de ánimo de nuestras democracias.
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