El fútbol, más grande que sus anfitriones
Cuarenta y ocho selecciones demuestran que la pelota no entiende de muros
La Copa Mundial 2026 llegó con más política que fútbol en los primeros compases. Antes de que rodara el primer balón, ya había selecciones retenidas en aeropuertos, árbitros expulsados por razones migratorias y delegaciones sometidas a controles propios de otra era. El árbitro somalí considerado el mejor de África no pudo ni pisar el país anfitrión. Irán instaló su campamento en Tijuana y cruza la frontera únicamente para jugar.
A eso se añade la otra herida: las entradas. Un torneo que se proclama el más grande de la historia cobra hasta cinco veces más que Qatar 2022, convirtiendo la fiesta popular en un privilegio de pocos. El fútbol, ese deporte que nació en las calles, mira hoy desde las alturas.
Y, aun así, el fútbol gana. Siempre gana. Tiene esa capacidad extraña y casi milagrosa de sobrevivir a quienes lo usan, lo cercan o lo mercantilizan. Cuando el balón rueda, las fronteras se borran un poco, la respiración se sincroniza y el mundo, por un instante, habla el mismo idioma.
Durante un mes, 48 selecciones y cinco continentes nos recuerdan que la pelota no entiende de muros. Que las controversias quedarán en los márgenes y el juego, en el centro. ¡Que gane el mejor!