Veinticuatro años después

El tiempo atenúa las simplificaciones sobre el legado de Balaguer

Los aniversarios permiten medir cómo envejecen los juicios de una sociedad. Veinticuatro años después de la desaparición de Joaquín Balaguer, el debate sobre su figura ha cambiado de manera perceptible. No porque hayan desaparecido las sombras de su legado, sino porque el paso del tiempo ha permitido observarlo con menos pasión y más perspectiva.

Durante años predominó una visión que reducía su trayectoria a los capítulos más oscuros de la represión política y las restricciones democráticas. Esa lectura sigue siendo indispensable para comprender una época y para honrar a sus víctimas. Pero el juicio histórico rara vez permanece inmóvil.

Las generaciones que sucedieron a Balaguer prometieron una política más transparente, instituciones más sólidas y una democracia de mayor calidad. Los avances existen, pero también abundan los desencantos: corrupción persistente, clientelismo, deterioro institucional y una gestión pública que muchas veces ha quedado por debajo de las expectativas.

Ese contraste ha provocado una revisión inevitable. No convierte a Balaguer en un gobernante ejemplar ni absuelve las responsabilidades de su régimen. Simplemente obliga a reconocer que la historia rara vez admite retratos en blanco y negro. Como suele ocurrir, el tiempo atenúa las simplificaciones. Quienes vinieron después no resultaron tan buenos como prometían, ni Balaguer fue tan malo como algunos insistían en retratarlo.

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