Los motoristas son el diablo
El miedo cotidiano que generan los motoristas en el tránsito dominicano
Son repentinos. Son atravesados. Son una flecha en el camino. Son inoportunos. Son de los más accidentados.
Son fuertes. Son unidos. Se sindicalizan al instante, si hace falta. Todos para uno y uno para todos. Te persiguen si tocas a uno de su cofradía, cual avispa cuando le sacuden el panal. Te amenazan. Te intimidan. Te agreden. Te destruyen el bien. Te hieren. Te matan.
Los motoristas pueden convertirse en demonios persiguiendo a un alma. También en una amenaza dentro de nuestro tránsito selvático. Casi cuatro millones de ellos están hoy dentro del mismo espejo: son fuente de miedo.
Hasta el padre de familia da miedo; el delivery, el motoconchista, el trabajador, el estudiante… Todos. Ese miedo a que uno de ellos te choque o te raye el vehículo. O sea un delincuente con ganas de atracar. O sea apenas la chispa de una turba que se active de repente, te persiga, te amenace, te apedree, te obligue a lanzarte de tu vehículo —o de un camión tan grande como un transformer—, te apuñale, te desangre… Te mate.
Ser motorista hoy es, para muchos, sinónimo de amenaza. Pagan justos por pecadores.
Como ocurrió en Santiago, con el conductor de un camión de basura; en la John F. Kennedy, contra el chofer de una yipeta; o en Manoguayabo, contra un guagüero. Así quedamos: a merced de ser el próximo que aparezca en un video grabado con celulares, el siguiente en la lista de los atacados por los demonios. O la víctima habitual de un atraco perpetrado por motorizados, a la que solo le queda cargar su infortunio. O el próximo golpeado por uno en el tráfico.
La autoridad que logre contener a esos andantes en dos ruedas se casará con la gloria. Será Superman o Supergirl. Porque en este país en desarrollo, los motoristas —para demasiados— son el diablo.
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