Duelos en vía contraria
Radiografía de una ciudad sin ley de tránsito
Martes. De mañana. Enciendo el vehículo rumbo al afán diario. Salgo por la ruta habitual, cual caballo viejo que conoce el camino. De pronto, diviso acercándose de frente a un intruso de dos ruedas, veterano en el caos.
Reduzco la marcha. El intruso sigue viniendo hacia mí, como dueño de la comarca. Nos encontramos frente a frente. Me detengo.
Lo miro con mis ojos de desconcierto. En los suyos puedo leer: “¿Qué vas a hacer, bebé?”. Pienso: “¿Qué vas a hacer tú, intruso?”.
Sus pupilas siguen las mías. Aprieta los labios calculando la movida. Entonces gira lentamente hacia mi lado derecho. Bordea el frente de mi vehículo hasta encontrar el carril contiguo.
Se pierde de mi vista, con su canasto cuadrado a cuestas como pasajero eterno. Así se aleja en vía contraria el delivery del colmado: escapista del orden, autor del desorden.
Miércoles. De mañana. Otra calle, más transitada. De repente aparece un vaquero. Freno de golpe, con más vehículos detrás. Él rebuzna desde su carro hacia adelante. Doy reversa. Se desmonta. Tiene ojos amenazantes y me asusta. No me mira como a una baby.
Lo bordeo y me detengo a su lado. Bajo el cristal, envalentonada, y le digo: “¡Esto es una vía!”. Él responde: “¡Es doble vía, coñazo!”. Pero es una vía. Las dos flechas en el pavimento, mirando hacia el frente, son mis testigos.
Esa calle, tu calle, nuestras calles, son el valle del Viejo Oeste donde libramos un duelo diario. El más firme, el bueno, se detiene frente al otro preguntándose: “¿Qué vas a hacer, intruso?”. El malo responde con el estruendo de una bocina o con una ráfaga de palabras que parten nacidas en el antónimo de bendita madre.
En ese duelo cotidiano, el bueno puede perder y rendirse. Ceder y apartarse. Mientras tanto, el malo sigue cabalgando en vía contraria, victorioso, en este país en desarrollo donde las leyes de tránsito son partituras mudas y la autoridad es un sheriff dibujado en el polvo, que nunca aparece para mandarlo al calabozo.