Nos robaron la brisa
El precio urbano de perder los grandes patios
Desde mi balcón veo el patio de mis vecinos. Sus árboles gotean mangos en temporada y las matas de plátanos evocan una ruralidad en el corazón de la urbe. Esa vista acompaña a lo más preciado de mi pequeño apartamento: la brisa.
El viento entra de frente por el ventanal. En el invierno caribeño debo cerrar las ventanas porque la brisa fría irrumpe sin pedir permiso y, en verano, aunque llegue cálida, se convierte en un abanico natural que refresca la vivienda.
Pero hay un miedo que me invade de vez en cuando: que un desarrollador inmobiliario compre la casa de mis vecinos y levante un edificio de apartamentos que, cual gigante, se erija frente a mi balcón y bloquee a mi aliada, la brisa. De paso, interrumpa la visita diaria de los rayos del sol.
Ya tengo otros gigantes cerca. Los veo desde el balcón, hermanos de ese crecimiento urbano acelerado que poco a poco nos roba la ventilación natural.
El otro día pasé por una calle de mi barrio y vi una casita de un nivel que parecía un enano entre dos gigantes. La rodeaban torres de apartamentos como si vigilaran a quienes la habitan.
Me recordó la película animada Up, esa en la que un anciano lucha por permanecer en la casa que compartió con su esposa fallecida mientras el desarrollo urbano amenaza con devorarla.
Con la pérdida de la ventilación natural nos vamos ahogando entre el calor creciente y una factura eléctrica que engorda al mismo ritmo que aumenta el uso del aire acondicionado.
Si seguimos comprando casas viejas, con grandes patios, para convertirlas en torres de apartamentos, también estaremos reduciendo esos espacios donde los árboles captan agua y ayudan a refrescar la ciudad. Entonces, ¿qué ciudad estamos construyendo?
Muy bonito va quedando el urbanismo fantaseado en este país en desarrollo. Mientras tanto, la brisa nos saluda desde lejos, escondida detrás de un gigante de concreto que almacena seres humanos y al que llamamos torre.