En directo - La gatita de María Ramos

Quién no recuerda esa hermosa figura alegórica de la gatita de María Ramos, tira la piedra y esconde la mano, que con metáfora sencilla enseña a conocer la hipocresía en la conducta humana. ¡Oh gatita! Tan bonita. Tan malvada.

En contraste, quién mete miedo es el pobre e infeliz lobo, de ataque directo, certero, dotado de corazón bondadoso, pues no pudo ni quiso comerse a la Caperucita.

La gatita, tan coqueta y vivaracha, resulta ser más temible que el lobo porque aunque no tiene colmillos afilados se escuda en el disimulo, y, en medio del abrazo cordial, termina siendo letal.

Si el lobo dice que va a comerse a la Caperucita, pierda cuidado, que irá, sin que le importe las consecuencias. Dejará su vida en el intento. Si dice que no va su comportamiento será consecuente con la palabra; no irá.

En cambio, la gatita, nunca se sabe. Si va, quizás no vaya; si no va, tal vez vaya.

La gatita es una derivación, sutil y caprichosa, del Señor Imprescindible. Son prototipos del ser sediento de poder, que nunca se desmonta del caballo, aunque sus partes estén magulladas, mondadas y desencajadas.

No crean que se desenvuelve nada más en la esfera de la política, gobierno, partidos; también corretea con aire distinguido y perfumada dentro de la sociedad civil, empresas, sindicatos, grupos diversos.

La gatita es laboriosa; si no tuviera cuatro patas sería una araña con ponzoña venenosa. La araña teje una red con su propio peculio y se alimenta de los insectos que captura. La gatita teje muchas redes con los recursos que administra del peculio de otros.

Tal vez sea inmortal, o por lo menos transmite sus genes sin variación desde hace siglos, como si en vez de esperma recibiera implantes de fotocopias que la hacen eterna.

En el barrio cuando otras gatas piden una oportunidad para mandar sobre lo que es común, la gatita dice que sí, pero quiere que no. Estimula la garata y confunde.

Promete y sólo cumple cuando es de su interés y no arroja riesgo alguno. Usa a los demás, no se conduele de nadie ni es agradecida.

Las reglas que promueve son claras, equilibradas: el entramado lo elige ella; si hay que cambiarlo, se cambia, cuando le convenga. Así, las garantías son firmes. No oye, sino impone.

Todo con la mayor razón porque no hay derecho a que otros intenten arrebatarle lo que le pertenece.

La última vez que la enfrentaron fue eliminando a amigos y adversarios. A unos los desgarraba con sus uñas afiladas. A otros daba las migajas. A algunos más los azuzaba.

Es una pena que desde el intento fallido de caza, haya perdido el encanto de golpear y al mismo tiempo sonreír y abrazar. Ya la piedra se ve antes de que salga de su mano cansada. Esa piedra duele y a quién le cae encima toma nota, y quién sabe.

Los felinos no creen en lo que dice y desconfían de sus intenciones. Ya no piden que les de amores, incitados por el celo seductor, cobijados con paraguas de estrellas y luna llena, sino que quieren empujarla a que abandone el patio.

La gatita es joven, poderosa y vanidosa. ¡Qué pena que está perturbada! Le atormenta cambiar de hogar. Un lugar espléndido, de festejos y honores.

Su visión de futuro se ve limpia, despejada, como los siglos que le han pasado encima; pero alberga el miedo sin razón y no se da cuenta que tendrá de qué temer si no recapacita. El peligro es que la pueden confundir aquellos que sin amor, por querer aprovecharla, la cortejan.

La gatita puede que salga con signo triunfal, moviendo su gracioso pelo hirsuto, respetada y protegida entre el aplauso de todos. Aunque también podría dejar el celaje, atropellada, deshilachada, entre el desencanto y la furia de muchos.

Todo depende de lo que haga, sea en el Bósforo, en el Cabo de Buena Esperanza, o en cualquier otro lugar.

Es tan linda y hábil la gatita que ojalá conserve el pelo y el encanto.