La tiranía de la manada
La nueva inquisición se llama redes sociales
En estos tiempos, disentir es heroico. Supone consentir toda suerte de agravios. Desafiar a los demonios de la intolerancia. Exponerse a un linchamiento brutal. Ser juzgado por los fueros del fanatismo. Aceptar el extrañamiento social.
Tener un criterio propio bajo el imperio de las masas digitales es suicida. Y es que las redes, como constructoras del “sentido colectivo”, reeditan los Juicios de Salem (1692) o las audiencias inquisitorias del Santo Oficio (siglos XV y XVI), solo que la hoguera o la horca de antaño son la condena moral o la descalificación intelectual de hoy.
El libre pensamiento es herético en un mundo dominado por el fanatismo. En la confrontación no se aceptan escalas ni matices; únicamente los extremos. O se está en uno o en otro. Cuando no, se es sujeto de sospechas de ambos lados, y entonces “se es negro para los blancos y blanco para los negros”.
La masa ha decretado la condena al pensamiento propio. No concibe una opinión sin interés, una posición sin deuda política, una idea que no sea prestada ni un pensamiento sin ataduras. Y es que lo que ella no entiende la irrita o le provoca a la censura. Quiere sentirnos parte de su rebaño, dándole eco a sus cansados berridos, o tasarnos al valor estimado por sus prejuicios, inseguridades o temores.
No hay una opinión que no pase por el tamiz de sus estereotipos. Así, si reconoces una ejecutoria del Gobierno es porque estás recibiendo un cheque; si censuras al oficialismo, eres un simpatizante anónimo de la oposición; si postulas por los derechos de un colectivo, eres un raro progresista; si mencionas a Dios, eres un fanático religioso; si postulas por las libertades ciudadanas, eres un izquierdoso que busca algo; si velas por los derechos del inmigrante, eres un antipatriota; si no ves arte en el dembow, eres un maldito clasista (popi); si no te gusta Joaquín Sabina, eres un inculto. Cualquier nota que no acople con su “armónico ruido” se silencia con los misiles de los memes o del descrédito personal (la guillotina de la era).
Josep Burgaya se refiere a cómo las tecnologías digitales transforman nuestra realidad, identidad y autonomía, creando una “humanidad aumentada” que habita en las burbujas algorítmicas, arrastrada por reacciones inducidas, masivas y previsibles, sin sentido de reflexión crítica. Vivimos la glorificación de la subjetividad, un mundo inmenso en el que cada cual tiene su verdad o se pliega a la posverdad de la masa.
Hoy, el concepto “masa” de Freud, iniciado por Le Bon, adquiere una fortaleza inusitada en un hábitat cada vez más vulgarizado donde se diluye la personalidad consciente del individuo, esa que se enreda, por sugestión o contagio, a un colectivo emocional amorfo que no razona, apenas reacciona, como el tropel indómito de la manada.
Una sociedad diversa, pero pobremente educada, es potencialmente intolerante y esa condición acumula incomprensiones y autoritarismos que no pocas veces detonan en forma de violencia verbal. Esa que a diario se expresa en la alborotosa vida de las redes sociales.
Y es que hoy la masa es la que manda: marca tendencias, construye “opinión pública”, impone contenidos, propone patrones sociales y fabrica ídolos. En esa imposición no hay espacio para reconocer centros de pensamiento, respeto intelectual ni algún paradigma admirable. El efecto es una asfixiante banalización de la vida colectiva como la que se revela en la calidad de la información y el debate público cada vez más insípido o anodino.
Las cámaras de eco en las redes sociales son entornos digitales cerrados donde los usuarios solo están expuestos a información o ideas que coinciden con las suyas y las refuerzan. En esas comunidades las opiniones se repiten, mientras que las posiciones contrarias son ignoradas o desacreditadas, creándose logias de “pensamiento” que reaccionan como masa.
En el imaginario de la manada todos somos expertos en todo. Es una tiranía de la opinión que no admite discrepancia al juicio popular o a la proclama de la horca. En ella estamos absolutamente igualados y con derecho a acusar, juzgar y condenar.
Hoy se critica lo que no se entiende, se comenta lo que no se lee, se informa lo que no se sabe, se da por válido lo que no se ha comprobado, se exalta lo que no tiene valor y se debate lo que no se conoce. Gobiernos y ciudadanos invierten tiempo y recursos refutando imputaciones, desmintiendo desinformaciones virales, aclarando noticias falsas, todas alentadas solo por el morbo “monetizable” o por la malignidad como oficio resentido.
El fanatismo en redes sociales es una adhesión ciega e intolerante a ideas formadas generalmente en el prejuicio, potenciada por los algoritmos que crean burbujas de filtro, trazando un cuadro de polarización, desinformación y acoso, y desechando el debate racional. De esa realidad emerge un héroe anónimo: el que no se pliega a la autocensura ni le teme a la tiranía de la manada, ese que asume con decoro la condena al destierro.
Hoy se critica lo que no se entiende, se comenta lo que no se lee, se informa lo que no se sabe, se da por válido lo que no se ha comprobado, se exalta lo que no tiene valor y se debate lo que no se conoce.