Esa mujer dominicana…

De la invisibilidad histórica al protagonismo político

En sus pláticas ordinarias es posible añorar un poema de Whitman o de Machado, pero esas inspiraciones dejan de extrañarse en un solo arrebato: cuando asoma su sonrisa, un manifiesto sinfónico que desnuda su alma y que solo prende en el semblante tostado de una mujer caribeña. Con el permiso del mundo, pero hay mujeres… y dominicanas.

Sin chovinismo alguno, la nuestra es un arquetipo sincrético de armonía. En su fenotipo se conjugan, con divina perfección, los elementos más sugerentes de distintas matrices étnicas, con marcado predominio de la negra: cargada de gracia, voluptuosidad y corpulencia.  Pero la dominicana no se agota en el cuerpo ni se justifica en su piel; se acrecienta en belleza humana: espontánea, alegre, solidaria y natural. Recuerdo así a Lilia Ferrer, poetiza afrovenezolana, y su poema caribeño Negra soy (2018): “(Soy) chascona con pelo de alambre y caderas abultadas con mis tetas negras y mi espíritu insumiso. En mí hasta el silencio tiene forma de grito rebelde, inquieta, creadora y estéticamente correcta.”

Pero, a pesar de su callada grandeza, tenemos pocas heroínas: la historia es escrita por hombres. En las sombras yacen crónicas nunca contadas sobre madres, hermanas, esposas e hijas. Mujeres que zurcieron en silencio el tejido de nuestra razón e identidad como nación, esas que levantaron hogares, llenaron ausencias, soportaron silencios, formaron generaciones y construyeron futuro.  

Sus nombres no tienen menciones ni sus obras memorias; solo un concierto de ecos arrastrados por el olvido. Relato de omisiones que se repiten una y otra vez; capítulos de la misma crónica del silencio.

A pesar de su invisibilidad, la mujer dominicana hace historia cada día.  Lo cotidiano es su proeza. Una narrativa que se teje a retazos en el milagro de la sobrevivencia más ruda: detrás de un mostrador, en los ocho metros cuadrados de una caseta de apuestas, pulsando el rugido de un blower, vendiendo prendas en los aposentos, tentando la noche en los bares. Para ella los días son un calco del anterior, en una existencia lineal con pobres gratificaciones.

Nuestra mujer es tronco, muro y semilla; su vida es resistencia, lucha y grito.  Y eso no es poesía: más del 35 % de los hogares dominicanos son monoparentales y, de estos, el 90 % están a cargo de mujeres. El 57 % de las madres solteras son de entre 20 y 29 años, siendo el grupo de 20 a 24 años el más representativo.  Madres a destiempo, padres postizos, proveedoras alimenticias, orientadoras sin títulos…, y un etcétera abierto de roles tan improvisados como sus vidas.  

Pero asoma otro designio dispuesto a cambiar el relato: la mujer dominicana domina las profesiones liberales, las posiciones gerenciales, la matrícula universitaria, la población electoral, la docencia pública, entre otros reglones socialmente omitidos.  La realidad nos dice que ha tomado en serio las oportunidades logradas y que es tiempo de que los centros de poder abran espacio y suelten las tribunas. ¿La verdad?: las mujeres son más…

Una sociedad funcional es la suma equilibrada de visiones. Mientras la mujer no sea parte troncal en sus decisiones, esa perspectiva seguirá inconclusa. Se trata de algo más que simbolismo. Tiene que ver con desarrollo ciudadano orgánico. 

En el tránsito se impone que la mujer reasuma su valor cultural; que promueva las ventajas de la diferencia y los imperativos del acceso igualitario; que pase del reclamo a la participación, de la victimización al protagonismo. El camino es áspero, pero posible.

Nada de lo conseguido por la mujer dominicana en los últimos cincuenta años ha sido regalado; fue arrebatado con luchas y la mejor arma: la superación educativa. Esa seguirá siendo la espiral más tensa para volver al salto. Lo más meritorio: hoy la mujer dominicana está al frente de grandes procesos de cambio, menos el político. Es bochornoso admitir que todavía la cultura política se nutre de viejas concepciones, esas que idealizan una masculinidad torcida: la del macho, rezago de una historia autocrática acatada por una sociedad de rancias sumisiones.

Una historia de sesenta y seis presidentes/hombres constituye la mejor razón para rehacerla. No hay un solo motivo que explique la ausencia de un rostro femenino en esa galería. La excusa de siempre es que no existen todavía esas condiciones ¡puras cursilerías machistas! Cuando no las hay, se crean. Basta con una decisión generacional robusta. Hombres y mujeres debemos trabajar en esa conciencia. ¿Qué más pruebas necesita acreditar la mujer? ¿No tenemos mujeres de talento, reciedumbre y sensibilidad al frente de todo tipo de empresas, proyectos y organizaciones?  

Buscando entre cosas abandonadas, rescaté este fragmento de una vieja entrevista aparecida en la revista Semana de mayo de 1985 a Gabriel García Márquez, bajo el título Habla El Gabo: “Los hombres no servimos para gobernar este país. Servimos para pintar, para escribir, para jugar fútbol… Hay grandes talentos médicos, grandes talentos del narcotráfico. Hay grandes talentos del bien y del mal. Todos son muy buenos en cada una de las especialidades. En lo único en que hemos sido malísimos es en gobernar el país. La salida son las mujeres. Probemos con una mujer”.

Abogado, ensayista, académico, editor.