El esfuerzo interno
Los desafíos institucionales que frenan el progreso dominicano
Hay algo muy cierto: Solo el esfuerzo interno riguroso, orientado por liderazgos iluminados que subordinen los intereses propios a los de la comunidad, hará posible que la sociedad dé saltos cualitativos de importancia. No existe panacea que provenga del exterior, ni pócimas mágicas que cambien el destino de los pueblos.
En el mundo hay ejemplos notables de naciones que lograron transformarse, llegaron a ocupar posiciones cimeras y convertirse en generadores de ingresos elevados. Esas transformaciones han sido fruto de la conjunción afortunada de un liderazgo inspirado y de pueblos deseosos y con fe en el cambio, logrado con sacrificio, trabajo, dedicación, esfuerzo, persistencia, formación, políticas claras y estables, nunca como maná o regalo divino.
La República Dominicana todavía sigue en busca de su lugar, porque no puede ni debe conformarse con ser integrante de un mundo llamado “en desarrollo”, sino que está conminada a seguir luchando con tesón para superar esa condición.
Ese debería ser un objetivo para una sociedad empoderada de su propio destino, con auto exigencia sobre la calidad de las políticas públicas, el proceso de formación de los recursos humanos, las redes de protección social y las condiciones que promueven la competitividad.
Antes de la década de 1960, el principal cuello de botella que lastraba el desarrollo del pueblo dominicano era la carencia de libertades. Castraba la iniciativa individual, condicionada por el arrebato del régimen tiránico. Ahora lo que en mayor medida interfiere es la debilidad institucional de un Estado que no acaba de asumir el ordenamiento de los asuntos públicos ni la responsabilidad para su buen desempeño. Superar ese escollo es vital.
Hay dos puntos críticos que erosionan la institucionalidad y ponen en riesgo a la nación: el primero es la masiva inmigración haitiana irregular, su apropiación de plazas de trabajo y sus consecuencias sobre la organización social. El segundo es la conformación de una espiral de endeudamiento externo, susceptible de causar un trauma de imprevisibles consecuencias, cuyos efectos perniciosos son transferidos hacia un futuro sombrío mediante operaciones de manejo de deuda, lo que equivale a transferir el peso de la carga a las nuevas generaciones.
Ambos puntos críticos deben ser resueltos para evitar un futuro incierto y tumultuoso. Corresponde al liderazgo nacional actuar y resolver, sin limitarse a imponer paños tibios sobre gangrenas mortales. Debieron ser resueltos antes de que llegásemos a lo que amenaza en convertirse en un choque externo de envergadura, como está a punto de ocurrir.
Una vez superados los puntos críticos, o encaminada la solución, el horizonte del crecimiento en calidad y cantidad solo podrá ampliarse si el país lograra insertarse de lleno en el escenario internacional para que su mercado fuere el mundo, y expandiera la demanda interna con la llegada creciente de turistas y con ingresos más elevados, obtenidos a través de la incorporación de los trabajadores dominicanos a la generación de valor y de la transformación del aparato productivo.
Además, tendría que hacerlo creando una sociedad más homogénea, cortando de raíz la tendencia a la desnacionalización generada por la inmigración masiva de haitianos que afecta la identidad nacional. Sería una manera de lograr que el maná engañoso de las remesas no continúe operando como mecanismo de intensificación de la diáspora, o de desarraigo social para millones de dominicanos.
Y esa idea tan sencilla muchos no la han entendido.
En un país de mercado interno tan exiguo, solo la apertura franca e inteligente hacia el mundo, integrando al factor trabajo nacional a las operaciones productivas para obtener mayor valor agregado en vez de emplear inmigrantes irregulares, posee el potencial de multiplicar el ingreso, el bienestar, y erradicar la marginación social.
La idea está ahí y sigue en espera de que alguien la rescate.
Los retos que enfrenta la nación para asomarse al desarrollo son internos y externos, puesto que luego de plantearse y poder superar las limitaciones internas, que son tantas y tan diversas, habría que sortear la maraña de obstáculos del contexto internacional para penetrar y conquistar los mercados.
Y no sería todo, pues tendría que ser logrado en permanente creación de valor agregado y de riqueza, a ser distribuida en forma razonable de acuerdo con el talento, dedicación y esfuerzo de cada cual, pero también en función de las necesidades cuya satisfacción se alcanza apoyando el surgimiento de un ser humano autosustentable por su formación y nivel educativo. Esa es la barrera mayor.
Como se observa, son muchos los retos a ser superados. Lo importante es tener consciencia de ellos y actuar en consecuencia para superarlos. Esa es una función no solo del liderazgo político sino también del empresarial y laboral.
Es tiempo de pensar en voz alta, proponer soluciones y, sobre todo, ejecutarlas con decisión. Si así lo hacemos, las futuras generaciones lo agradecerán. Y más importante aún: tendremos patria.