Héctor Rizek Llabaly

El forjador de empresas que nunca olvidó el valor de la tierra

Héctor Rizek Llabaly. (Fuente externa)

Conocí a Héctor Rizek Llabaly hace ya muchos años en su ciudad natal de San Francisco de Macorís. Me unía a su familia el matrimonio en edad madura entre mi tío Ramón García Vásquez y su hermana Hasnes Argentina, apodada Tina, mujer de gran finura, elegancia, inteligencia, dulzura y tacto.

Durante un tiempo la pareja vivió en compañía de doña Badía Llabaly, la madre de los hermanos Rizek, ya anciana. El padre fue Nazario Rizek Rizek, quien fundó el negocio de comercialización del cacao, café y arroz.

Allí, en casa de doña Badía me recibían, en las ocasiones en las que los visitaba, con gran amabilidad y cariño. En ese ambiente conocí a los demás hermanos, incluyendo a Héctor, todavía concentrado en sus quehaceres agropecuarios y en el comercio de bienes del campo. 

Me causó impresión su andadura vital, don de gente, reciedumbre, apego a la naturaleza. Me hablaba de sus negocios con un entusiasmo contagioso. La producción e industrialización del cacao fue una de sus metas, bien lograda, como tantas otras. Él solía peguntarme, con curiosidad manifiesta, mi opinión sobre los asuntos económicos como si yo hubiera sido un gurú capaz de anticipar el futuro.

En algunas de las ocasiones en que nos veíamos me proponía visitar algunas de sus fincas en el Cibao, para que las conociera. Y cuando el tiempo se le fue haciendo corto para atender tantos intereses nunca se rindió: habilitó la noche para hacer visitas relámpagos a sus fundos. Al igual que a mí, propuso a gente a quienes quería mostrar el fruto de sus esfuerzos, visitar algunas de sus plantaciones en medio de las penumbras, por lo menos para hacer presencia vital.

Era, en el fondo, una manifestación de orgullo, de demostración de que ante las adversidades por las cuales atraviesan quienes mudan de geografía en busca de un futuro distinto (su familia proviene de Nazaret, Palestina), era no solo posible sino estimulante contribuir en el nuevo medio a la construcción de un futuro agropecuario, comercial e industrial de primera línea, en base a laboriosidad, dedicación y esfuerzos.

Con el tiempo, Héctor llegó a convertirse en uno de los principales empresarios y capitalistas del país. Dentro de sus activos más preciados llegó a apoyarse en el talento de sus hijos, quienes le dieron dimensión distinta al negocio, lo diversificaron y convirtieron en universal.  

Tengo la seguridad de que esa fue su mejor inversión, entre muchas que fueron muy productivas.

Con el paso del tiempo, se rindió ante la evidencia de que los grandes negocios se fraguan con mayores probabilidades de éxito en Santo Domingo, al igual que las relaciones que los hacen posible. Por eso, y a pesar de su apego a San Francisco de Macorís, se trasladó a la gran urbe y se hizo citadino.

Dentro de sus ocupaciones, llegó a aceptar la importante posición de miembro titular de la Junta Monetaria, que desempeñó por muchos años en la época en que esas funciones no eran retribuidas. Allí coincidimos por un tiempo, en el que doy fe de que cumplió a cabalidad con sus funciones y siempre se interesó por el buen derrotero del organismo monetario, al igual que de la economía nacional.

En los últimos años la pronunciación de su apellido se convirtió en símbolo de potencia empresarial, especie de marca.

Fue un forjador de empresas, multiplicador del capital y del empleo, afincado en una capacidad de trabajo asombrosa y clara visión para los negocios. Pero, sobre todo, un gran familiar, siempre dispuesto a ir en reclamo de los suyos y también de aquellos que provistos de buena fe y decisión para triunfar acudían en busca de su apoyo.

Dominicano de nacimiento y de sentimientos, al mismo tiempo que orgulloso de sus raíces profundas que se relacionan con la historia de la humanidad, pues Nazaret, la tierra de sus padres, fue, ni más menos, la cuna de Jesucristo, el referente más universal de las religiones monoteístas.

Me siento muy honrado de haberle conocido y tratado, al igual que a sus hijos y hermanos. Y no por lo que poseen, sino por lo que son.

Amigo Héctor, tuviste el privilegio, concedido a pocos, de haber cumplido tus sueños e incluso de haberlos superado con el cincel incesante de tu trajinar. Dejas un importante legado económico. Y otro, aún más importante: creer en el efecto mágico de la motivación en los seres humanos para hacer brotar las energías vitales que transforman el mundo.

Descansa en paz.

Eduardo García Michel, mocano. Economista. Laboró en el BNV, Banco Central, Relaciones Exteriores. Fue miembro titular de la Junta Monetaria y profesor de la UASD. Socio fundador de Ecocaribe y Fundación Siglo 21. Autor de varios libros. Articulista.