El privilegio de creerse víctima
Cuando la autojustificación se convierte en un patrón cultural
El libro de Génesis narra el pecado original, aquella trasgresión primigenia a la voluntad divina. En el viejo texto se lee que, al inquirirle Dios a los primeros humanos sobre las razones de su desobediencia, Adán culpó a la mujer, Eva imputó a la serpiente, la serpiente no halló a quién y la maldición les llegó a los tres. Ese relato se ha perpetuado en el tiempo bajo los mismos sofismas: “O no lo hicimos o hubo motivos para hacerlo”. La intención siempre es salir descargados.
La autojustificación es quizás una de las tendencias más socorridas de las debilidades humanas. Dino Segre, aquel satírico escritor italiano, decía que, en ese ejercicio, “ser humano es ya de por sí una circunstancia atenuante”. William Somerset Maugan, por su parte, afirmaba que la gente no busca razones para hacer lo que quiere: halla excusas. Sucede que los pretextos, por más verosímiles que aparenten, no siempre persuaden.
Es extraño reconocer errores sin involucrar a alguien. Somos tan prestos para enjuiciar como tardos para admitir las faltas propias. Lo más cómodo es transferir o al menos compartir culpas y, para suerte o desgracia, siempre hallamos a un chivo expiatorio, un pendejo útil o un scapegoating que haga que nos crean el cuento.
Lo funesto es cuando esa torcida comprensión deja de ser una actitud individual y se hace patrón cultural. Es lo que pasa en sociedades con instituciones inoperantes y sin sentido funcional de responsabilidad colectiva, o, como indicaba Hannah Arendt, con déficits en “compromisos con la vida común”. René Girard analiza con crudeza cómo ante crisis, inseguridades o desórdenes las sociedades necesitan de un culpable (individuo o grupo) para hallar esa falsa sensación de alivio. La rabia social siempre precisa de un reo para poder morir.
En la sociedad dominicana se convive bajo los mismos presupuestos. Aquí se entiende que no hay obligación de pagar impuestos porque los que pueden la eluden, los políticos malversan y el Gobierno no retribuye esos ingresos en obras. Si todos pensáramos de esa manera, no tendríamos Estado, nación ni soberanía. El compromiso común no es descargable ni negociable. La falta de otros nunca puede justificar la propia. Para reclamar cumplimientos hay que cumplir. Tenemos a mucha gente pontificando derechos sin cumplir deberes; predicadores sociales en calzoncillos.
Pero el populismo que nos imponen los tiempos ha vindicado el victimismo social, esa concepción que apela a la manipulación emocional para obtener ventajas y evitar la responsabilidad de un segmento social frente a las obligaciones colectivas. Daniele Giglioli, en su obra Crítica de la víctima, afirma que ella otorga cierto “prestigio” que la exime de cualquier culpa, permitiéndole juzgar a los demás desde una posición de superioridad moral irrefutable. El victimismo, como conducta social, acomoda bastante bien porque exculpa adeudos, legitima ausencias y valida inconductas. Para la falsa víctima la culpa es siempre de la sociedad o del sistema. Utiliza su condición para hacer sentir culpables a otros y así obtener atención o patrocinios.
El más prominente subterfugio de victimización en la cultura dominicana es el de la pobreza. “El pobre padre de familia” es un falso estereotipo de victimización cultural en cuyo nombre se viola la ley, se eximen las obligaciones o se dispensan los compromisos. Pero se necesita aclarar que ser pobre es una cosa y otra es usar tal condición para legitimar conductas u omisiones. Insisto: no aludo a los pobres, me refiero a aquellos que, siéndolo, usan ese pretexto para victimizarse.
En nombre de los pobres muchos delíveris y motoristas hacen del tránsito una tiranía del caos, violando sin contención leyes, seguridad y derechos de terceros. Bajo ese amparo otros ocupan impunemente espacios públicos o aceras con negocios improvisados o rompiendo los tímpanos de los mismos pobres con descargas de hasta 120 decibeles de dembow en asaltos festivos de las calles barriales. Pero ¡cuidado! esas son nuestras vacas sagradas, son mayoría y ponen presidentes.
De esta manera el sistema, con su discurso y práctica, los revictimiza. En tal contexto, una de las perversiones del populismo es dar o permitir. Su filosofía social es el reparto como estrategia de control. La idea implícita es convertir al ciudadano en dependiente del Estado; sentir que logra las cosas no por derecho, sino por gratitud. En esa lógica, el beneficiario concibe al Estado como papá y al partido oficial como tutor. El efecto es que el “asistido” se siente atendido solo por esa condición, no por lo que humanamente es o aspira a ser. No solo vive “en” pobreza, sino que vive “de” ella como causa para merecer lo mínimo. Así, el voto se revela como una garantía para asegurarlo y la democracia como un intercambio de favores.
El victimismo del pobre no deja de ser un argumento político. El economista Thomas Sowell entiende que, como estrategia política y cultural, fomenta la dependencia estatal y desincentiva el esfuerzo individual. Eso lo convierte en un consentido parasitario del sistema a quien se le excusan sus desafueros. Ellos se han creído su papel en este juego y sobre sus reglas han negociado impunidad social para hacer lo que quieran.
La muerte de mi compueblano Deivy Carlos Abreu Quezada no es digerible, todavía rumia en la conciencia colectiva. Un chofer de un camión recolector de basura es perseguido por una turba iracunda de motoconchistas, quienes lo persiguen para lincharlo por haber arrollado presuntamente a un compañero de trabajo. Todavía truenan los gritos de este hombre pidiendo ayuda mientras conducía sin dirección cierta. Creyó que, entrando al Palacio de Justicia, hogar de seguro amparo, iba a encontrar su redención, pero ese fue el solemne lugar de su asesinato brutal y cruel.
Tal hecho no es episódico, es un signo de un cuadro social no reconocido: el imperio de la victimización social. Ese que le ha consentido a los motorizados el dominio salvaje de las calles. Se creen, asumen y comportan como caciques de la tribu urbana. No nos confundamos: Deivy Carlos Abreu Quezada es la verdadera víctima de aquellos convertidos en tales por un Estado omiso, irresponsable y cómplice.
El victimismo, como conducta social, acomoda bastante bien porque exculpa adeudos, legitima ausencias y valida inconductas. Para la falsa víctima la culpa es siempre de la sociedad o del sistema... El más prominente subterfugio de victimización en la cultura dominicana es el de la pobreza. “El pobre padre de familia” es un falso estereotipo de victimización cultural en cuyo nombre se viola la ley, se eximen las obligaciones o se dispensan los compromisos.