El PRM y el “efecto vagón”
El efecto de las encuestas agita la carrera presidencial del PRM
En el país se agita un torbellino preelectoral. Se trata de un proselitismo apenas disimulado que se activa sin contenciones. Los aspirantes no esconden sus ansiedades frente a un cuadro que se perfila competitivo, sobre todo porque las encuestas sugieren un fraccionamiento del mercado electoral con la segura ocurrencia de una segunda vuelta en el 2028, lo cual no sucede desde el 30 de junio de 1996. Eso activa la adrenalina política.
El partido oficial, PRM, pasará por una dura prueba: mantener la cohesión después de la convención que escogerá al candidato entre seis o más aspirantes. En la Fuerza del Pueblo, el horizonte aparenta disipado: Leonel Fernández será aclamado sin mayores traumas. En el PLD, la convención será un trámite formal: ahí decide Danilo Medina, quien no tendrá el apremio de apoyar a nadie; él habla por gestos políticos, y se le entiende.
En el PRM el cuadro es complejo, no precisamente por la cantidad de aspirantes, sino porque las fortalezas de los elegibles lucen dispersas. De manera que, si el candidato opositor mayoritario fuera Leonel Fernández, pocos reunirán por sí solos las condiciones para disminuirlo a menos que se use la propaganda negra. Si fuera Gonzalo Castillo, tres de ellos irían en cómoda ventaja. Veamos en perspectiva.
David Collado encabeza las encuestas y no solo en la preferencia partidaria, también en la nacional. Nada nuevo: es el aburrido relato de los últimos siete años. Hasta ahora ha sido un hecho “aceptado” con pocas contestaciones internas, quizás para no atribuirle mayor relevancia. Pero la realidad trae su propia versión; así, bastaría imaginar, como simple ejemplo, un debate con Leonel Fernández. No hay que cavilar mucho: sería una contienda desigual. Es obvio que Collado no tiene el bagaje para medirse con la retórica estructurada, el lenguaje técnico, el dominio de la geopolítica y la macroeconomía de Leonel Fernández. Tampoco es un polemista perspicaz, sagaz ni combativo. Ahí residen sus carencias más sensibles, por eso la estrategia de sus consultores ha sido evitarle la exposición, con un gran reto: a Leonel Fernández no se le esconde; hay que encararlo.
Lo que nadie se explica es cómo David Collado, un político elusivo, tímido, de expresiones pálidas y con escaso arraigo en la base social aparece como el eventual candidato a vencer en las encuestas. ¿Por qué a nadie le sorprende este fenómeno? El crédito hay que otorgárselo a sus estrategas. Lo lograron a través de encuestas inductivas de posicionamientos sostenidos en temporadas muertas, pre- y electorales, que lo medían y lo miden, aunque no fuera candidato. Instalaron su imagen e impusieron el guion. De esta manera ha operado exitosamente el “efecto de verdad ilusoria”, esa tendencia psicológica que hace creer como cierta una afirmación por el simple hecho de haberla escuchado o leído varias veces.
David Collado ha sido incluido en todas las encuestas en los últimos años. Hablar de sondeos es casi evocarlo. Así, el aspirante más callado deja que ellas hablen por él sin otro esfuerzo que cosechar sus frutos. De esta manera logra imponer el “efecto vagón” que es un comportamiento psicoelectoral en el que los votantes cambian su preferencia a favor del que lidera las encuestas. Se trata de un sesgo cognitivo a favor de los punteros. Así que es posible que, si se le pregunta a un militante perremeísta apartado de la capital sobre David Collado, solo sepa decir de él que es el que va a ganar.
El “efecto vagón o bandwagon”, trazado por Paul Lazarsfeld, Bernard Berelson y Hazel Gaudet en su obra The People's Choice (1944), tuvo mayor desarrollo conceptual con Robert Merton y Solomon Asch. Se han hecho investigaciones en laboratorios de psicología social, departamentos de ciencias políticas y centros de investigación del consumidor de varias academias del mundo que lo han validado. Así, las personas se suben al “vagón ganador” sin considerar quién lo conduce, solo con base en la información de las encuestas y los medios de comunicación.
Tal decisión se afirma en la presunta creencia de que, si la mayoría apoya a un candidato, este debe ser la opción correcta; un comportamiento muy cultural en nuestro medio, donde la reflexión crítica no es la mejor herramienta. De manera que la concitación provocada por Collado no ha sido justamente por su liderazgo, capacidad, carisma o empatía; es, en gran parte, resultado de una construcción técnica.
Esta estrategia de control perceptivo conecta muy bien con un PRM con miedo a perder el poder, conquista que le costó tiempo y luchas. La gran trampa es que, como el precandidato es impuesto por percepciones y no por condiciones concretas, ya en la vida real un desempeño no esperado desmorona cualquier expectativa. Se trata de una base arenosa que puede desplomarse en cualquier momento.
Es lo que ha pasado como tendencia casi dominante en las últimas elecciones en la región latinoamericana: los punteros en las encuestas terminan perdiendo o yendo a segunda vuelta: sucedió en Perú (2011, 2016, 2021, Keiko Fujimori), en Colombia (1994, Andrés Pastrana; 2002-2010, Noemí Sanín; 2014, Oscar Iván Zuluága; 2026, Iván Cepeda), en Ecuador (2017, Guillermo Lasso; 2023, Luisa González), en Uruguay (2019, Daniel Martínez), en Chile (2021, José Antonio Kast), en Argentina (2023, Sergio Massa), en Honduras (2013, Mauricio Villeda; 2017, Salvador Nasralla) y en Bolivia (2025, Samuel Doria Medina y Jorge 'Tuto' Quiroga). De manera que cada vez queda más despejada una verdad ya axiomática: las elecciones se ganan en el teatro de la contienda, en la campaña.
Los demás aspirantes dentro del PRM han tenido que tragar en seco el “efecto vagón”; todos con formaciones políticas y capacidades equiparables o que sobrepujan por mucho a las de David Collado. Carolina Mejía: su condición de mujer la acredita políticamente y ni hablar de su empatía con la base partidaria; Guido Gómez Masara: su erudición política e intelectual lo apuntalan como el más fuerte orador contra Leonel Fernández; Raquel Peña: su experiencia gerencial y de Estado la hace muy competitiva; Wellington Arnaud: su juventud, formación y arraigo partidario lo conectan; Eduardo Sanz Lovatón: su visión estratégica del Estado y del desarrollo lo avalan. De manera que al PRM le conviene abrir su rica cesta de aspirantes en un espacio pluralista de participación en el que todos tengan la oportunidad de mostrar y confrontar lo que son: seres humanos con ideas/compromisos y no productos plásticos del laboratorio.