Una nación quitada de bulla

El peligro de la apatía dominicana ante un entorno internacional convulso

La nación dominicana luce ajena al significado de la frase de Publio Terencio de que “nada humano me es ajeno”. Con candidez imperturbable, de los acontecimientos del mundo solo parece tener noticia vaga.  

En contraste, hace poco, ante una audiencia compuesta por gente de alto copete del comercio y los negocios, un funcionario relevante hizo gala de que es capaz de identificar, con rigurosidad técnica, problemas básicos de la fiscalidad y de la economía, y de reconocer que son “de solución inaplazable”.

Y de señalar que toca a otros tomar nota y actuar (a los que vendrán a gobernar dentro de dos años).   

Sobre esa última aseveración hay discrepancias, pues al tren de la historia le importa un bledo encontrar a todo un país sorprendido, desnudo y desguarnecido. En cambio, a los habitantes de esta nación sí que les importa no perder la locomotora. Es tiempo ya de reaccionar.

El mundo está convulso. Se gestan cambios profundos en el equilibrio de poder. El choque entre Estados Unidos e Irán forma parte de la lucha por encabezar un orden regional y mundial. E incluye la intención de llevar a cabo la guerra santa (yihad) para establecer el gobierno islámico universal.

Una consecuencia inmediata es la restricción en el abastecimiento de hidrocarburos con sus repercusiones sobre el comercio y la inflación mundial, susceptible por sí sola de descarrilar las economías. Pero podría escalar.

El peligro sería aún mayor si no fuera por la división que existe entre creyentes sunitas (Arabia Saudí, los pequeños estados del golfo, Egipto y Turquía) y chiitas (Irán, parte de Siria e Irak, las milicias de Hezbollah en el Líbano y de Hamas en Gaza). Sin embargo, todo está sujeto a cambios, en veces insospechados.

El núcleo de la disputa se centra en la resolución de Irán de enriquecer uranio para fines pacíficos (centrales eléctricas), objeto de la sospecha de Estados Unidos (Occidente) de que esconde la intención de producir la bomba nuclear.

En 2014, en su obra “Orden mundial”, Henry Kissinger dice: “La propagación de armas nucleares distribuibles está condenada a afectar de manera decisiva los equilibrios regionales y el orden internacional y suscitar una escalada de acciones destinada a neutralizarla… La mejor, y quizás la única manera de prevenir el surgimiento de un potencial nuclear es inhibir el desarrollo del proceso de enriquecimiento del uranio”.

El visionario pensador alertaba de que “Persia fue el punto de partida o bien el blanco eventual de casi todos los grandes conquistadores del continente euroasiático, desde la antigüedad hasta la guerra fría. Conservó su distintivo sentido de la identidad… Mantuvo la confianza en su superioridad cultural… Destiló su experiencia reconduciendo cada desafío político y territorial a un sofisticado canon diplomático que premiaba la resistencia, el análisis astuto de las realidades políticas y la manipulación psicológica de los adversarios”.

Estas características se observan con nitidez en el desarrollo de la confrontación actual.

Kissinger se preguntaba: “¿Pueden reconciliarse las cosmovisiones de ambos países? ¿O el mundo tendrá que esperar hasta que cesen las presiones yihadistas, como antes desaparecieron en el imperio otomano a raíz de un cambio en la dinámica del poder y las prioridades internas?”.

Y añadía: “Irán necesita tomar una decisión. Debe decidir si es un país o una causa. Estados Unidos debería estar abierto a una perspectiva de cooperación y estimularla”.

Hasta ahora predomina la idea de que Irán es una causa, la del islamismo universal. Y batallar contra una causa es una empresa desgastadora y muy compleja.

Tal vez sea extremista la opinión del diplomático español Gustavo Arístegui, refiriéndose a los grupos armados por Irán, de que “con un conglomerado terrorista no se media: se le derrota. Cuarenta años designando enemigos sin estrangular sus capacidades han producido exactamente lo contrario: un Occidente estrangulado que se limita a designar”.

Lo cierto es que ya no existen líderes que contribuyan a poner freno a las fisuras del orden mundial que están teniendo lugar, o, en su defecto, a colaborar en el diseño del que deba surgir. Pero, así como en las circunstancias apremiantes de la Segunda Guerra Mundial emergieron los Churchill y De Gaulle, puede que ahora, en situaciones críticas, surjan otros.

Por otro lado, en Occidente predomina un halo de rabia contenida. Y se torna más aguda cuando el país que ostenta el liderazgo se empeña en agraviar a sus aliados y a imponerles costos económicos que lucen arbitrarios, en vez de tender puentes y estímulos que refuercen el sentido de pertenencia a un mismo bloque.

Con esa forma de actuar, lejos de fomentar la integración del núcleo, de lo que es la cultura e influencia occidental, la debilita y refuerza los umbrales de incertidumbre.  

Esta crisis con características sistémicas debe poner en alerta máxima a las autoridades dominicanas. Toca prepararse para resistir las turbulencias y corregir los desequilibrios económicos antes de que empeoren. Y en esta tarea debe involucrarse todo el espectro político, pues es asunto de interés nacional, es decir, de todos.

Eduardo García Michel, mocano. Economista. Laboró en el BNV, Banco Central, Relaciones Exteriores. Fue miembro titular de la Junta Monetaria y profesor de la UASD. Socio fundador de Ecocaribe y Fundación Siglo 21. Autor de varios libros. Articulista.