La venganza de los apáticos

El peligro de creer que las decisiones públicas no afectan la vida cotidiana

En América Latina crece una cruda decepción por la política. La base social no percibe las retribuciones del sistema a su proyecto de vida y eso la aleja de las decisiones públicas.

El liderazgo convencional aburre; su discurso no es creíble. Una parte de los ciudadanos decide ausentarse de las urnas; otros usan el voto para subvertir el ya agrietado sistema de partidos, y optan por liderazgos improvisados, emocionales o disruptivos, oferta que al menos les hace vivir la fantasía o quizás la venganza.

La apatía suele asociarse con la inacción/indiferencia. Esta no es necesariamente la acepción aplicable al caso. Aquí el concepto supone más bien una abstención intencional, una omisión voluntaria, y, en algunos casos, una deserción consciente. Lo cierto es que la masa políticamente apática crece en cada elección con muy pocas contenciones. Así, se sedimenta otra preocupación: la apatía de los que participan a la apatía de los que se ausentan. No se sabe cuál es más peligrosa.

Los apáticos no forman un bloque homogéneo de indiferencia: responden a distintas bases motivacionales. Como espectador de los procesos he reconocido cuatro tipos. Estas categorías no las he tomado prestadas de nadie. Son aproximaciones empíricas y, como tales, imprecisas.

La primera es la “aséptica” y es la que juzga la política como un juego corrupto. Lo aséptico alude a la pureza moral que evita la participación partidaria y electoral por considerar la política una práctica degradada. Se trata de una abstención por “preservación ética” frente a un sistema percibido como intrínsecamente amoral.

Hoy, el prejuicio ético contra la política se ha afirmado como en ningún otro momento; es, en parte, resultado de una historia de desatenciones a estándares de integridad en las gestiones de gobierno. Y en ese descrédito los partidos cavan su propia fosa. El riesgo es que, al asumir que todo es corrupción, se pierden la confianza en el sistema y el control ciudadano sobre el poder.

La segunda apatía es la “antipolítica”. Se trata de un rechazo activo al sistema político. De manera que más que abstención es disidencia. No se participa ni se vota porque no se cree en el statu quo ni en las estructuras, instituciones ni reglas del juego de la democracia liberal.

La antipolítica es la más política de todas las apatías, ya que entraña una postura no neutral ni pasiva al pretender invalidar el orden establecido. En ese contexto, la abstención electoral se usa como arma para que el sistema se deslegitime. No es una simple ausencia de interés; es un ataque activo al sistema. Busca la ruptura o el reemplazo del modelo por considerarlo inservible. La antipolítica como ideología no declarada corroe las bases de asentimiento al sistema.

La tercera es la que llamo la apatía “por ausencia”. Parte de una total desconexión del individuo con el sistema político. Sencillamente este entiende que su cuadro de vida es sostenible y realizable sin la política. Surge la creencia de que la política y la vida privada corren por caminos separados. Las leyes o los gobiernos no afectan el día a día. Así, se prioriza el ámbito personal, familiar o laboral y no se le reconoce valor a la acción colectiva.

El individuo percibe una ruptura entre las decisiones del Gobierno y su cuadro existencial cotidiano. Esa actitud se refleja en que la sociedad busca soluciones individuales a problemas colectivos. La idea de que la política no afecta nuestra vida es, sin embargo, puro espejismo: los impuestos, los precios, la salud, el transporte y la seguridad dependen de decisiones públicas. Esa apatía por “ausencia” suele romperse de golpe cuando una crisis afecta la economía o la tranquilidad personal.

Esta actitud prevalece en los extremos sociales: en la clase alta, convencida de que el establishment —al que pertenece—, como orden de intereses preestablecidos, nunca cambiará. Tal creencia le reporta seguridad en la estabilidad del sistema, por lo que las cosas siempre marcharán para mejor porque se tiene el control; y, en la clase baja, por estar ocupada en atenciones de subsistencia que le sustrae de conciencia, interés y tiempo para la participación política.

La cuarta es la apatía “por saturación”. Es la que nace de la frustración por las negaciones o ineficiencia del sistema. Al ciudadano le importa la política, pero se contiene o se retira por el cansancio, la decepción o por la certeza de que su decisión no tiene mayor impacto; se diluye en un sistema complejo de intereses fuertemente instalados. A diferencia de la apatía “por ausencia", aquí el ciudadano sí sabe que la política afecta su vida, pero siente la falta de eficacia de la política externa.

Esta es quizás la más nutrida manada en la masa de apáticos. Su peligro es que se resiente del sistema, no por ignorancia sino por la conciencia de su ineficiencia. En este tipo de apatía se opta por no participar o se hace por venganza social validando opciones que desmientan las ofertas tradicionales sin considerar muchas veces sus riesgos, ya que se hace por un amargo desquite de los partidos y de los liderazgos convencionales.  

La apatía en una democracia es dañina; nada legitima sus razones. Le deja la decisión de todos a algunos. La democracia es participación, no ausencia; compromiso, no renuncia. Una democracia sin contrapesos es autocracia. El escritor americano Benjamin Barber era enfático: “La democracia no se limita a votar cada pocos años; es una forma de vida caracterizada por la participación constante en las decisiones comunes".

Abogado, ensayista, académico, editor.