Los tres golpes del presidente

El dilema de justificar el desempeño económico ante las crisis externas

El pasado 7 de septiembre, en su comparecencia semanal de los lunes, el presidente Luis Abinader expresó que a su Gobierno le “ha tocado tres golpes en 6 años: la pandemia, la guerra entre Rusia y Ucrania, y la guerra entre Estados Unidos e Irán… A pesar de esas crisis, el peso dominicano se ha mantenido estable y la economía ha crecido”.

En la manera de ver del presidente los tres golpes sufridos encontraron respuesta exitosa. En gran medida ha sido así. Y es justo reconocerlo.

No obstante, vale apuntar que los gobiernos de la etapa democrática han construido su relato con argumentos muy parecidos. El país ha cambiado, pero no lo ha hecho tanto la visión de lo que en materia económica significa éxito o fracaso.

La complejidad del quehacer económico aconseja medir el desempeño con indicadores variados, de modo de no depender de un solo indicador por relevante que fuera.

El uso de la palabra “los tres golpes” proviene de la época de Trujillo. La guardia exigía a los transeúntes mostrar la cédula, la palmita (Partido Dominicano) y el carnet del servicio militar obligatorio. Si no se portaban, la consecuencia era ir directo a “la chirola”, a la cárcel.

Existe otro antecedente. A mediados del siglo 20, en Cutupú (entre La Vega y Moca), existía un personaje apodado Tilín. Proporcionaba “Los tres golpes de Tilín”, tratamiento eficaz para curar los parásitos. Después, las campañas de salud pública y el uso obligatorio del calzado llevaron ese padecimiento a la intrascendencia.

Acudir a la desgracia de sufrir conmociones de origen externo para justificar el bajo desempeño temporal de la actividad económica, ha sido utilizado con socarronería por los opositores para alimentar la teoría de que algunos gobernantes están poseídos por un fucú.

Hay estrategias de comunicación exitosas o no.

La destrucción causada en 1930 en Santo Domingo, por el ciclón de San Zenón, fue utilizada por Trujillo para erigirse en el constructor de la nueva ciudad capital y consolidarse en el poder; mientras que, el terrible “choque petrolero” de los años 70 y 80, fue aprovechado por los opositores para desacreditar a los gobiernos y endilgarles la frase de que estaban poseídos por un engendro maligno. 

A Trujillo le sirvió San Zenon como catapulta, porque tuvo los testículos de embarcarse en una obra de reconstrucción en medio de recursos muy escasos, sin lamentar la mala suerte del hecho, dándolo por un dato que exigía acción decidida.

A los gobernantes de la etapa democrática les subyuga contemplarse como víctimas de fuerzas externas para justificar resultados, que si bien son aceptables se prestan a alimentar la duda de que pudo hacerse mejor.

Un país puede tener motivos variados para congratularse por su rendimiento o para sentirse defraudado.

Debería sentirse regocijado de un avance significativo obtenido en las pruebas estudiantiles PISA. No es nuestro caso. 

Podría tenerlos por el logro de un incremento en el alcance de la seguridad social en materia de protección a los más vulnerables, la reducción dramática de los feminicidios y accidentes de tránsito, la corrección de los descomunales tapones que se forman en las calles, restan productividad y esperanza de vida.

O por la reducción significativa del déficit de comercio, o de cuenta corriente o del fiscal y cuasi fiscal y del sistema eléctrico, la disminución relativa del gasto corriente, elementos que consolidarían la fortaleza de la economía.

O por la constatación de que el mercado laboral tiende a formalizarse, de que la huida al exterior de dominicanos que posteriormente enviarán remesas ha cesado, de que nuestros compatriotas vuelven a integrarse a las labores productivas en la construcción, agropecuaria y servicios, de que se advierte un proceso sostenido de disminución de la mano de obra irregular, de que el coeficiente de inversión y de ahorro sube.

O por …

En realidad, tal y como se desprende de la visión de Ramón Flores expuesta en su reciente libro: “La verdadera modernización descansa en la solidez de las instituciones, en la excelencia de su talento humano y en el coraje colectivo para acometer reformas profundas con disciplina y sentido de propósito”.

Al presidente Abinader se le percibe bien intencionado, sano, laborioso, identificado con los mejores intereses nacionales. Con ese bagaje no debería conformarse con escurrir el bulto de las reformas ni repetir lo que otros han dicho hasta la saciedad.

La mayoría quisiera verlo como un estadista en busca de dejar un legado, decidido a afrontar los problemas estructurales que claman por ser resueltos. Es un privilegio al alcance de pocos. Tiene tiempo para lograrlo, pero no mucho; más bien escaso.

Eduardo García Michel, mocano. Economista. Laboró en el BNV, Banco Central, Relaciones Exteriores. Fue miembro titular de la Junta Monetaria y profesor de la UASD. Socio fundador de Ecocaribe y Fundación Siglo 21. Autor de varios libros. Articulista.