Desigualdad y agropecuaria

El arroz como pilar de la seguridad alimentaria y la paz social

En la mente de muchos dominicanos quedará impresa la idea de que la primera potencia mundial no está siendo justa con un país como el nuestro.

No lo es a la luz del persistente déficit de comercio de la República Dominicana con los Estados Unidos, por decenios. Ni si se considera que el arroz de producción estadounidense se beneficia de protección y subsidios. La competencia con el nuestro no es leal.  

Tampoco es entendible, dadas las reiteradas muestras de alineamiento de nuestras políticas con los intereses estratégicos del país del norte.

La penalización es doble. Por un lado, se quita la protección arancelaria a los productores de arroz para cumplir a rajatabla con las estipulaciones del DR_Cafta. Por otro, se impone un arancel punitivo del 12.5 % a las exportaciones dominicanas, con excepciones puntuales, contraviniendo las convenciones de dicho acuerdo.

El arroz es el alimento básico de la población dominicana, y la necesidad de blindar la seguridad alimentaria lo convierten en producto de la mayor sensibilidad social.

El mercado internacional está regido por esquemas poderosos de protección, concebidos con el uso de diversas herramientas fiscales, comerciales, crediticias, sanitarias, seguridad alimentaria, erigidas por las grandes economías para dar ventajas a sus productores.

Se vive en un mundo cada vez más desigual. El intercambio se realiza en medio de regulaciones esculpidas con la fuerza de quienes pueden enarbolarlas.

Solo están quedando recursos límites para los menos favorecidos: por ejemplo, la emigración en oleadas hacia el nuevo Dorado. Y, si falla, en el extremo, la insubordinación violenta por medio de guerras híbridas. En ambos casos el panorama es desolador.

Las élites de los Estados Unidos conocen bien que el progreso compartido es la argamasa para sostener relaciones sólidas no solo de comercio e inversiones, sino también de seguridad y otros aspectos.

Los decires populares están llenos de sabiduría. Verbigracia, no aprietes tanto la tuerca, que se rompe. En condiciones extremas no hay enemigo pequeño.

En el mundo de hoy, lleno de incertidumbre, prolijo en conflictos, amenazas crecientes, aliados titubeantes, cultivar socios confiables es una inversión estratégica de la mayor rentabilidad.

De ahí que sea aconsejable que los Estados Unidos y la República Dominicana se sienten en una mesa (puede que lo estén) para revisar este asunto con visión constructiva, sin dejar resquicios que lleven a malestar social y frustraciones.

También quedará esculpida con cincel la creencia de que el gobierno dominicano no hizo lo suficiente para defender los intereses del productor de arroz, con objeto de evitar poner en riesgo a otros sectores de mayor peso e influencia.

Lo probable es que el gobierno haya hecho todo lo que tenía a su alcance para eludir lo inevitable. Y para darse una oportunidad de convencer a la otra parte de la necesidad de soslayar el surgimiento de inestabilidad social en nuestro país.

Es imposible que un huevo choque con una piedra sin que se rompa. Evitar el choque es lo inteligente, siempre que se persevere en buscar soluciones.

Lo anterior no es óbice para reconocer que no todo lo que anda mal en territorio propio hay que achacarlo al extranjero. Nuestras políticas para el sector agropecuario no son apropiadas y menos aún los recursos disponibles para ejecutarlas y mantenerlo poblado de dominicanos. Esa última es la cuestión básica.

El valor agregado dentro del PIB debe valer no solo para que el capitalista obtenga sus ganancias legítimas y el gobierno sus impuestos, sino también para que el trabajador logre modos dignos de vida. Y si ese trabajador o capitalista no es en esencia dominicano, la economía crecerá, pero para otros.

En el momento en que acabe de perderse la zona rural, el país estará conminado a convivir en guetos urbanos.

Osorio dejó espacios vacíos que terminaron siendo ocupados por otros. Los nuevos Osorio replican su política. Cuando aquellos que piensan despierten del letargo, caerán en cuenta de que el daño ya casi está hecho.

El vasto y generoso territorio que alberga la dominicanidad se encamina a quedar ocupado, para siempre, por quienes anhelaron hacerlo por la fuerza. Descubrieron, con ayuda de intereses locales, que suplantar a nuestra mano de obra equivale a adquirirlo. Así de simple.

Y, ¿las políticas para evitarlo? Temen chocar con intereses establecidos. Así de fácil. 

Por años se ha diseñado una política que cambia serones de dominicanos empaquetados hacia el exterior, por andullos de remesas que alimentan las existencias de divisas disponibles para importar bienes y servicios.

Se ha privilegiado un negocio de grupos. Y condenado a un pueblo a perder su identidad nacional. Y todo eso apuntalado por la negligencia del aparato del Estado en asumir sus roles esenciales.

Eduardo García Michel, mocano. Economista. Laboró en el BNV, Banco Central, Relaciones Exteriores. Fue miembro titular de la Junta Monetaria y profesor de la UASD. Socio fundador de Ecocaribe y Fundación Siglo 21. Autor de varios libros. Articulista.