El final que es un comienzo
Una tesis doctoral que reivindica el valor cultural del pororó
El pasado lunes 3 de este mes entré al salón donde defendería mi tesis doctoral, convencida de que estaba frente a la última gran prueba de un camino iniciado cinco años atrás. Confieso que los nervios me acompañaron desde temprano. No era para menos.
Del otro lado de la mesa me esperaba un tribunal integrado por reconocidos investigadores de la lingüística, entre ellos dos académicos alemanes y una dominicana que ha llevado el nombre del país a los más altos escenarios universitarios de Estados Unidos.
En momentos como ese, la preparación es indispensable, pero también lo es la confianza. Ver a mi director de investigación, el doctor Rafael Núñez Cedeño, profesor emérito de la Universidad de Illinois, en Chicago, fue un recordatorio de que el esfuerzo de tantos años tenía un propósito. Él conocía cada etapa de la investigación y yo sabía que no llegaba improvisando. Había detrás cientos de horas de lectura, trabajo de campo, análisis y escritura.
La defensa concluyó con una calificación de 95 sobre 100 y, más importante aún, con una recomendación que me sorprendió: convertir la investigación en un libro y ampliar sus líneas de estudio. Fue entonces cuando comprendí que aquella defensa no representaba un punto final, sino, el inicio de una responsabilidad mucho mayor.
La investigación, con la que fui declarada PhD en Español, Lingüística y Literatura, se centró en un análisis sociolingüístico del pororó, una variante del español dominicano presente en comunidades de Santo Domingo Norte, especialmente Villa Mella y La Victoria. Se trata de una forma de hablar que durante mucho tiempo ha sido observada con prejuicios y estigmas, pero muy pocas veces con el rigor científico que merece.
La pregunta que dio origen a este trabajo fue sencilla: ¿por qué el pororó ha logrado mantenerse vivo durante generaciones, pese a la expansión del español estándar, la escolarización y los cambios sociales? La respuesta obligó a mirar mucho más allá de las palabras. Fue necesario adentrarse en la historia, la identidad comunitaria, la herencia afrodescendiente, el contacto con el criollo haitiano, la transmisión entre generaciones y la memoria colectiva.
Comprendí que no estaba estudiando únicamente una variante lingüística. Estaba documentando una parte de la historia cultural dominicana, porque la lengua no es solo un medio para comunicarnos; también es un archivo vivo donde permanecen las huellas de quienes fuimos y de quienes seguimos siendo.
La principal conclusión de esta investigación es que el pororó no constituye una deformación del español, como durante años se ha repetido. Es una manifestación legítima de la diversidad lingüística dominicana, resultado de procesos históricos y culturales que merecen ser comprendidos y preservados, no ridiculizados.
Al salir de la defensa pensé que, por fin, había llegado a la meta. Horas después entendí que la verdadera meta apenas comenzaba. La ciencia tiene esa particularidad: cuantas más respuestas encuentra, más preguntas abre. Y quizá ese sea el mejor premio que puede recibir un investigador: descubrir que todavía queda mucho por aprender y, sobre todo, mucho por contar.
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