¿Quién arma a los muchachos?
La fascinación por la subcultura delictiva y su impacto en las plataformas digitales
Hay imágenes que deberían inquietarnos mucho más allá del sobresalto de unas horas en las redes sociales. Jóvenes exhibiendo fusiles, pistolas, cargadores y una estética de guerra como si se tratara de accesorios de moda. Luego vienen los muertos, los operativos policiales, las órdenes de arresto y los alias que terminamos aprendiendo cuando ya la sangre corrió.
El reciente caso de Michael Junior Rodríguez Peguero, “Michael Peluche”, obliga a formular una pregunta que no debería perderse entre el morbo y la viralidad: ¿de dónde están saliendo las armas que exhiben y utilizan estas células delictivas?
La Policía informó que, tras el operativo en que murieron “Peluche” y “Enger”, ocupó un fusil THOR IV calibre 5.56 y dos pistolas. Ambos eran buscados por varios hechos delictivos y por su presunta vinculación con el ataque de Boca Chica que dejó dos muertos y cinco heridos. No hablamos, por tanto, de una percepción nacida únicamente de videos de Instagram. Hay armas reales recuperadas por las autoridades. Y la legislación dominicana establece un régimen restrictivo para controlar la adquisición, importación, comercialización, tenencia y porte de armas y municiones por la población civil.
Entonces, la pregunta vuelve con más fuerza: ¿quién las suministra?
Sería irresponsable afirmar, sin pruebas, que detrás de estas células existen personas poderosas que las protegen o abastecen. Pero también sería irresponsable no investigar esa posibilidad y, sobre todo, no seguir la ruta de cada arma. ¿Fue introducida ilegalmente al país? ¿Fue robada? ¿Pasó alguna vez por manos de organismos oficiales? ¿Quién la compró? ¿Quién la entregó? ¿Cuántas veces cambió de manos?
No basta con perseguir al joven que aparece empuñando el fusil. Hay que llegar hasta quien se lo puso en las manos.
Y mientras esas preguntas esperan respuestas, otra escena dejó al descubierto una arista igualmente preocupante. Tras la muerte de “Peluche”, varias mujeres que afirmaban haber sido sus parejas protagonizaron una disputa pública, con fotografías, videos, mensajes y hasta amenazas por quién tenía mayor derecho a despedirlo.
El episodio sería simplemente bochornoso si no revelara algo más profundo: la peligrosa fascinación que puede ejercer la cultura del delito.
Cuando un hombre señalado por graves hechos violentos termina convertido en personaje de redes, objeto de admiración y hasta trofeo sentimental, tenemos un problema que ninguna patrulla resolverá por sí sola.
Aquí hay dos investigaciones pendientes. Una corresponde a las autoridades: seguir las armas hasta su origen. La otra nos corresponde como sociedad: preguntarnos en qué momento la violencia, las pistolas, los fusiles, el dinero fácil y la vida al margen de la ley comenzaron a adquirir, para algunos jóvenes, atributos de prestigio.
Porque tan preocupante como saber quién dispara es descubrir quién pone el arma en sus manos y quién convierte al que la empuña en referente.