La geopolítica del diésel

La crisis de precios del diésel y la presión electoral en Washington

El precio del diésel se ha convertido en un problema político en Estados Unidos. La semana pasada alcanzó un récord de 6.53 dólares por galón, un 76% más que hace un año. La presión generada por ese aumento ha llevado al presidente Donald Trump a evaluar restricciones a las exportaciones de ese combustible. Las consecuencias inmediatas de dicha acción serían graves, pues encarecería el diésel a nivel global y, para importadores como la República Dominicana, podría provocar desabastecimiento.

El alza del diésel responde a dos factores: el encarecimiento del petróleo crudo y el mayor margen de refinación (crack spread), que mide cuánto gana una refinería al convertir un barril de crudo en diésel. A mediados de septiembre, el crudo WTI superó los 100 dólares por barril, más de un 53% por encima de su nivel de un año antes. Sin embargo, el margen de refinación aumentó mucho más. Antes de la guerra con Irán rozaba los 37 dólares por barril y, a inicios de septiembre, alcanzó un récord de 108 dólares.

El margen de refinación se triplicó porque el mundo ha perdido capacidad de producir diésel. La guerra con Irán dañó refinerías en Medio Oriente y los ataques ucranianos con drones han dejado fuera de operación parte de la refinación rusa. Europa compensó mediante sus compras a Estados Unidos, cuyas exportaciones de diésel llegaron a un máximo de 1.9 millones de barriles diarios. Aun con las refinerías operando a más del 95% de su capacidad, los inventarios de destilados cayeron a unos 107 millones de barriles, 13% por debajo del promedio de cinco años. La llegada del invierno agravará la presión.

El diésel es un poderoso transmisor de inflación. Mueve los camiones que transportan alimentos, la maquinaria agrícola, los equipos de construcción y casi toda la logística empresarial. Cuando sube su precio, aumentan los costos de producción y los consumidores pagan más caro casi todo.

Ese efecto llega justo antes de las elecciones de medio término del 3 de noviembre, un momento muy delicado para la administración Trump. Un sondeo de Reuters/Ipsos, cerrado el 21 de septiembre, sitúa la aprobación del presidente en un 32% —el nivel más bajo de su trayectoria política— y apenas el 17% aprueba su manejo del costo de la vida, la preocupación principal de los votantes. Más grave resulta que el 51% de los republicanos desapruebe su gestión en esa área.  

La inflación persistente también amenaza a los congresistas republicanos. Los demócratas los aventajan por casi ocho puntos en las encuestas para la Cámara de Representantes, y un nuevo aumento de los precios podría ampliar esa ventaja.

El contexto político explica la tentación de intervenir en el mercado del diésel. Algunos asesores y legisladores han promovido suspender las exportaciones de ese producto durante tres meses. Aunque la decisión no está tomada, el secretario de Energía, Chris Wright, ha señalado que no se considera una prohibición general y que el gobierno estudia acuerdos con las refinerías que limiten sus exportaciones.

La lógica de la propuesta es simple. Si una mayor proporción de la producción estadounidense permanece en el país, aumenta la oferta interna y los precios deberían bajar. Desde el punto de vista electoral, la medida parece atractiva. Desde el económico, por el contrario, presenta serias objeciones.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía, advierte que restringir las exportaciones de diésel no elimina la escasez, sino que la desplaza. El alivio temporal para los consumidores de Texas y de la Costa del Golfo tendría como contrapartida precios más altos en el resto del mundo, incluidas regiones de Estados Unidos que dependen de importaciones para abastecerse. Además, una prohibición repentina transmitiría la señal de que Washington está dispuesto a interrumpir el suministro energético ante presiones políticas internas, lo que debilitaría su reputación como proveedor confiable y erosionaría su influencia estratégica en un momento de creciente rivalidad con China.

La industria estadounidense comparte dicha preocupación. Más de 30 organizaciones empresariales, encabezadas por el American Petroleum Institute y la Cámara de Comercio de Estados Unidos, pidieron al presidente Trump rechazar cualquier restricción a las exportaciones de diésel. Advierten que, sin capacidad de exportar los excedentes, las refinerías tendrían que reducir su producción.  Como el diésel, la gasolina y el combustible de aviación se producen de manera conjunta, también disminuiría su oferta y aumentarían sus precios.  

La dependencia dominicana del suministro estadounidense es considerable. Más del 80% de las importaciones de hidrocarburos del país proviene de Estados Unidos.  Durante la última década, esa concentración pareció razonable debido a la abundancia, competitividad y confiabilidad del suministro. En esas condiciones, una restricción de noventa días a las exportaciones de diésel expondría al país a graves riesgos.

La República Dominicana tiene poco margen para sustituir rápidamente ese combustible.  Cualquier interrupción del suministro afectaría al transporte de carga y a las plantas eléctricas que utilizan diésel, con el riesgo de nuevos cortes de electricidad. Los mayores costos y la escasez se trasladarían a los precios de bienes y servicios.

De acuerdo con el doctor Andrés Dauhajre, el gobierno dominicano podría adoptar tres medidas: negociar con Washington una cuota especial para los países del Escudo de las Américas; asegurar contratos con proveedores alternativos antes que otros compradores; y utilizar adecuadamente la señal de precios en el mercado interno para reducir la demanda y contener el aumento del subsidio a los combustibles, que a la fecha supera los 35 mil millones de pesos.

Lo que está en juego no es solo el precio del diésel, sino la capacidad de Estados Unidos para trasladar al resto del mundo los costos de sus decisiones. Una medida adoptada en Washington con el propósito de aliviar tensiones electorales puede traducirse en inflación, mayor gasto en subsidios, más presión fiscal e incluso riesgos de abastecimiento en la República Dominicana. En un mundo interdependiente, las decisiones energéticas de las grandes potencias no se quedan dentro de sus fronteras. Esa es la geopolítica del diésel. Y la República Dominicana se encuentra en su línea de fuego.

Economista y matemático. Graduado de la Universidad de Chicago y doctorado en Economía de la Universidad de Barcelona. Profesor de Economía Matemática.