Punto y aparte
El periodismo entre la verdad y la tentación del populismo
Un periodismo que no pone el oído en el corazón del pueblo puede confundir la distancia con rigor y frialdad con independencia. Mira los problemas desde arriba, habla de la gente como estadística y no como ciudadanos con dolores concretos. Puede perder olfato periodístico, calle y legitimidad.
Navegar entre la indiferencia, la verdad y el populismo. Es el reto.
El populismo no vive solo en los partidos ni en los gobiernos. También puede instalarse en los medios, en los periodistas, en los opinadores y en cualquiera que descubra que simplificar la realidad produce aplausos rápidos. Ese es uno de sus mayores riesgos: no necesita uniforme ideológico. Puede aparecer en la tarima política, en un editorial, en una entrevista, en un titular, en un video viral o en una transmisión presentada como “la voz del pueblo”.
Muchas veces el malestar social es real y merece ser escuchado, no explotado. Por eso, el riesgo del populismo no está solo en que prometa soluciones fáciles, sino en que convierte reclamos legítimos en espectáculo, consignas o combustible emocional. La política falla cuando sustituye las soluciones por la seducción del aplauso, y el periodismo también falla cuando cambia la verificación y la explicación por titulares fáciles.
Hannah Arendt advirtió que los movimientos de masas prosperan cuando las personas se sienten abandonadas, humilladas o desconectadas de las instituciones. El populismo explota esa fractura. En la política, lo hace prometiendo una redención inmediata. En los medios, lo hace vendiendo indignación como si fuera lucidez. Ambas formas se alimentan de lo mismo: el enojo social convertido en mercancía.
Nadie pasa por esta vida sin en algún momento servir al populismo, sumándose al coro. Todos, de alguna forma, hemos pecado, sobre todo el que ejerce la profesión. Lo que nunca debemos hacer es sacar el oído del corazón del pueblo. Punto y aparte.