Libertinaje

El peligro de la desinformación en tiempos de inteligencia artificial y redes sociales

Sin la libertad de expresión el poder avanza sin críticas, opiniones ni denuncias que lo frenen. El mal encuentra bar abierto y la ciudadanía pierde la capacidad de cuestionar, exigir respuestas y señalar abusos.

Este derecho también exige responsabilidad. A mi entender, descansa sobre dos premisas. La primera es la facultad de cualquier ciudadano de hablar sobre asuntos que incomodan a otros. Sin libertad de expresión, usted no podría abordar los temas que me molestan ni criticar esta columna.

Ser libre es denunciar abusos, cuestionar decisiones públicas, señalar actos de corrupción y decir lo que no nos gusta de la vida. La segunda premisa es el deber.

No es cierto que ejercer este derecho implique mantener la boca abierta todo el tiempo. Tampoco significa que cada pensamiento, meme, rumor o información falsa deba difundirse. Hay cosas que pueden decirse, pero no todo merece hacerse público, mucho menos cuando no ha sido verificado.

La libertad de expresión también supone ejercer el libre pensamiento antes de actuar. Quienes disfrutamos de ese derecho debemos evitar convertir cualquier ocurrencia en una acusación o amplificar contenidos diseñados para provocar, confundir o dividir.

En los últimos días hemos visto dos extremos. El primero son los cacerolazos y el llamado a protestar en la Plaza de la Bandera, respaldados por ciudadanos indignados por el costo de la vida, los impuestos o cualquier otra situación que les afecte.

El segundo fue la falsa modificación del escudo dominicano en la nueva cédula, un tema que se volvió viral. Bastaron una imagen creada con inteligencia artificial y miles de reenvíos para transformar un asunto verificable en una corriente de desinformación. En ese punto, la libertad comienza a diluirse en libertinaje.

El problema se agrava cuando quienes difunden esos contenidos tienen capacidad de influir sobre amplios sectores. Jóvenes, adultos mayores y usuarios con poca formación digital pueden recibir un montaje, una broma o una noticia falsa como si fuera un hecho confirmado.

Entonces aparece el todopoderoso botón de reenviar, que multiplica el daño. La falsedad se convierte en tendencia y luego en indignación desbordada. Esa conducta deteriora el debate público.

La democracia necesita ciudadanos capaces de hablar, pero también de pensar antes de hacerlo. En tiempos de discusión sobre la libertad de expresión, hacen falta medios responsables, influenciadores conscientes y usuarios dispuestos a verificar antes de compartir. Porque defender la libertad también exige impedir que la mentira se disfrace de opinión pública.

Periodista dominicano. Ha trabajado en los periódicos Diario Libre, El Caribe y Listín Diario donde ha ejercido cubriendo las fuentes de deportes y ciudad. Ha trabajado en radio, televisión y proyectos digitales.