Koro Cantabrana: comprender el estrés para transformar el bienestar en el trabajo
La periodista y coach explica cómo identificar el estrés laboral y las estrategias para construir entornos profesionales más saludables
El estrés se ha convertido en una de las realidades más persistentes del mundo laboral contemporáneo. Aunque muchas veces pasa desapercibido en sus primeras etapas, sus consecuencias pueden afectar profundamente el rendimiento, las relaciones humanas y el bienestar emocional de los trabajadores.
Para la periodista, coach y directora del Instituto del Estrés, Koro Cantabrana, comprender este fenómeno es el primer paso para poder gestionarlo de manera efectiva.
Cantabrana, quien ha trabajado con ejecutivos, deportistas de alto rendimiento y organizaciones, sostiene que el estrés no aparece de forma repentina. En su experiencia, suele instalarse de manera progresiva hasta convertirse en un problema crónico que afecta tanto a las personas como a la cultura de trabajo de las empresas.
Desde el Instituto del Estrés impulsa iniciativas como el programa Gestrés, orientado a ayudar a profesionales y organizaciones a transformar su relación con el estrés y desarrollar herramientas para gestionarlo.
Trastornos laborales comunes y cómo enfrentarlos
Detectar las señales antes de que el estrés se vuelva crónico
Uno de los principales retos del estrés laboral es que suele comenzar de manera casi imperceptible. Según Cantabrana, la mayoría de las personas no identifica las primeras señales hasta que el problema ya ha avanzado considerablemente.
“El estrés no se hace evidente de repente. Empieza siendo silencioso. Es, como explico en mi último libro ‘Estrés Encubierto’, va penetrando poco a poco en nosotros sin que lo percibamos, hasta que un día se manifiesta de forma dramática”, explica.
En sus primeras fases, el estrés puede incluso parecer positivo. Actúa como un mecanismo adaptativo que aumenta la concentración y la capacidad de respuesta ante los retos. Sin embargo, cuando este estado de activación se prolonga sin pausas ni recuperación, el organismo comienza a pagar un precio.
“Cuando no hay pausas reales, cuando no hay regulación, el estrés deja de ser funcional y se convierte en crónico”, señala Cantabrana.
En ese momento aparecen síntomas físicos y emocionales que funcionan como señales de alerta. Entre ellos se encuentran las alteraciones del sueño, la tensión muscular persistente en cuello y mandíbula, dolores de cabeza frecuentes, molestias digestivas o respiración superficial.
A nivel emocional, el estrés puede manifestarse a través de irritabilidad, dificultad para desconectar mentalmente del trabajo y una sensación constante de urgencia.
Otra señal particularmente relevante es el bloqueo mental. “Nos cuesta pensar y nos cuesta decidir. Y en esta situación, podemos posponer las decisiones o reaccionar impulsivamente, sin reflexionar”, advierte.
Impacto en el rendimiento y las relaciones laborales
El estrés prolongado no solo afecta al individuo, sino que también transforma la dinámica de trabajo dentro de las organizaciones. Cuando una persona permanece durante mucho tiempo en estado de alerta, su capacidad de análisis y pensamiento estratégico se ve afectada.
“El estrés sostenido secuestra el pensamiento estratégico”, explica Cantabrana. “Cuando la mente está reaccionando constantemente como si estuviéramos en un estado de alarma, se prepara para huir o atacar”.
Desde el punto de vista cognitivo, esto se traduce en una reducción de la creatividad, menor capacidad para tomar decisiones complejas y una atención limitada a lo urgente. En el ámbito interpersonal, la situación también se deteriora.
“Aumenta la reactividad. Es decir, reaccionamos de manera impulsiva y normalmente negativa, en lugar de responder de forma reflexiva”, afirma.
Como consecuencia, disminuye la escucha, crecen los malentendidos y se deteriora la empatía entre compañeros de trabajo. En etapas más avanzadas, el estrés puede derivar en apatía, desgaste emocional o incluso cinismo hacia la propia actividad profesional.
Este fenómeno tiene un impacto directo en las organizaciones. Cantabrana advierte que el estrés crónico provoca más errores, conflictos internos y una disminución de la innovación. Además, incrementa la rotación de personal, ya que los trabajadores tienden a abandonar los entornos donde no se sienten bien.
Un reto organizacional, no solo individual
Para Cantabrana, el aumento de los problemas de salud mental en las empresas, especialmente después de la pandemia, ha puesto en evidencia la necesidad de abordar el estrés desde una perspectiva organizacional.
“Las empresas necesitan entender que el estrés ya no es un asunto individual, es un riesgo estratégico”, afirma.
Entre los factores que han contribuido al incremento del estrés destacan la cultura de la hiperexigencia, la identidad profesional basada en el rendimiento constante y la hiperconectividad digital.
“Estamos conectados 24/7, siempre activos en el mundo digital, con una sobreestimulación constante”, señala.
Ante este escenario, Cantabrana considera que las organizaciones deben adoptar medidas estructurales para proteger el bienestar de sus trabajadores. Entre ellas destaca la importancia de medir los riesgos psicosociales, revisar las cargas de trabajo y promover un liderazgo basado en la empatía y la regulación emocional.
También subraya la necesidad de establecer límites claros de disponibilidad y fomentar una cultura real de desconexión. “Lo que no se mide, no se gestiona”, recuerda.
Más allá de las estrategias concretas, la especialista insiste en que la formación en gestión emocional y manejo del estrés es clave para enfrentar las demandas del mundo laboral actual. Según explica, el objetivo no es eliminar la exigencia, sino crear entornos donde las personas puedan desplegar su potencial sin sacrificar su bienestar.
“Un entorno saludable no es un entorno sin exigencia, sino un entorno donde las personas pueden ofrecer todo su potencial”, concluye Cantabrana.
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