Francina Hungría: “Si la IA no incluye a todos, puede aumentar las brechas”
Francina Hungría y José Beltrán conversan sobre el VI Congreso Internacional de Accesibilidad Urbana, que este 13 de octubre pondrá sobre la mesa cómo la inteligencia artificial puede ayudar a transformar la movilidad y los servicios públicos
Una ciudad inteligente no debería ser aquella que acumula más tecnología, sino la que consigue que esa tecnología haga más fácil la vida de quienes la habitan.
Esa es una de las ideas que atraviesa el VI Congreso Internacional de Accesibilidad Urbana, que se celebrará el próximo martes 13 de octubre, a partir de las 9:00 de la mañana, en el auditorio de la PUCMM, como cierre de la campaña Bastón Blanco 2026 de Fundación Francina.
Bajo el concepto “IA también es inclusión y autonomía”, el encuentro propone mirar la inteligencia artificial desde un lugar menos abstracto y mucho más cotidiano: ¿cómo puede ayudarnos a movernos mejor por la ciudad?, ¿a tomar decisiones más eficientes?, ¿a acceder a servicios públicos?, ¿a eliminar barreras que hoy damos por normales?
Para Francina Hungría y José Beltrán, representante y voluntario de la fundación, respectivamente, la conversación llega en un momento clave. Las ciudades ya generan enormes cantidades de datos y la inteligencia artificial avanza a gran velocidad. El desafío, ahora, es decidir cómo utilizar esas herramientas para que nadie quede fuera.
“Si no pensamos las políticas públicas en materia de innovación y la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial incluyendo a todas las personas, no habrá vuelta atrás”, advierte Francina. “Ya venimos arrastrando muchísimas brechas y esto podría reforzarlas e incluso aumentarlas”.
José lleva la discusión a un punto concreto: la IA ya está llamada a formar parte de las decisiones públicas. La gran pregunta es quién decide cómo utilizarla.
“Todas las decisiones públicas, sí o sí, van a estar vinculadas a la inteligencia artificial”, plantea. “La pregunta es si son los gobiernos quienes van a tomar la iniciativa de cómo gestionarla o si la IA se va a imponer”.
De los datos a una ciudad que funcione
La posibilidad de utilizar datos para mejorar la movilidad es uno de los ejemplos más claros. Cámaras de tránsito, sistemas de geolocalización y otras fuentes podrían ayudar a identificar obstáculos en las calles, modificar rutas en tiempo real o priorizar situaciones de emergencia.
Para una persona con discapacidad visual, esto podría significar saber antes de salir que en determinado tramo hay basura, una obra, un vehículo estacionado o cualquier otro obstáculo que obligue a cambiar de recorrido. Pero el beneficio sería para todos.
“Yo puedo revisar en tiempo real cómo está mi ruta para detectar dónde hay un cúmulo de basura, dónde voy a tener que tirarme a la calle o dónde voy a tener que hacer un cambio de ruta”, explica José.
“Así, si se paró un camión a descargar materiales que no estaban ahí ayer, hoy no me toma por sorpresa”.
La misma lógica podría aplicarse al tráfico. Si una ambulancia necesita atravesar una avenida congestionada, los datos permitirían priorizar esa emergencia y modificar temporalmente la circulación.
“No vas a sustituir al ser humano, pero sí puedes optimizar las decisiones que se toman en el tráfico para hacerlo mucho más ágil”, apunta.
La accesibilidad, sin embargo, no puede construirse a partir de intervenciones aisladas. Francina señala como ejemplo los pisos podotáctiles instalados en distintos puntos de Santo Domingo.
“Todo aislado. No responde a una ruta que me permita tomar una decisión, que me diga: por aquí todo es accesible”, señala.
Para ella, una de las claves está precisamente en pensar la ciudad como un sistema conectado. Una persona no necesita una acera accesible durante 200 metros; necesita poder salir de su casa, llegar al transporte, trasladarse, entrar a su lugar de trabajo o estudio y regresar.
Y ahí aparece otra dimensión del problema: el empleo.
Una persona puede tener preparación profesional, pero si llegar a ese empleo implica utilizar un transporte inaccesible o asumir un costo que no puede pagar, la oportunidad desaparece.
“El desplazamiento impide que tú accedas a un trabajo y viceversa”, resume Francina.
La accesibilidad, por tanto, no es únicamente una cuestión de infraestructura. También es económica, laboral y social.
La tecnología necesita una ciudad que quiera escuchar
Para los entrevistados, la inteligencia artificial no puede convertirse en una solución mágica que se coloca sobre una ciudad que mantiene los mismos problemas de siempre.
“Vamos a invertir en aceras, que hay que hacerlo, pero esa inversión también implica hacerla de manera inteligente”, plantea José.
La información disponible podría ayudar a determinar dónde se necesitan primero esas inversiones, cuáles son las rutas más utilizadas y qué obstáculos afectan realmente a quienes se desplazan por ellas.
El mismo principio puede aplicarse a la seguridad, los residuos sólidos y los servicios públicos. Los sistemas de cámaras y sensores, por ejemplo, podrían identificar problemas en el alumbrado, detectar determinadas situaciones de riesgo o acelerar la respuesta de los servicios de emergencia.
También hay una oportunidad en la economía nocturna. “La inteligencia artificial puede permitir observar con datos, no con opiniones, cómo funciona realmente la economía nocturna en nuestro país y tomar decisiones que vayan más allá del tema del horario de la noche”, explica José.
Pero para que todo esto ocurra hace falta algo más que tecnología. Hace falta coordinación.
Estado, empresas, academia, organismos internacionales y sociedad civil tienen responsabilidades diferentes. El Estado debe construir políticas e infraestructura; las empresas pueden aportar inversión e innovación; la academia tiene el papel de investigar y plantear soluciones; y la sociedad civil debe vigilar que los derechos se respeten.
“No se puede decir que es el Estado, la empresa o la academia. Tiene que ser una combinación de todos”, sostiene José.
En ese ecosistema, las alcaldías podrían desempeñar un papel especialmente importante mediante proyectos piloto que permitan probar soluciones en espacios concretos antes de llevarlas a una escala mayor.
Del bastón blanco a una nueva generación
La conversación sobre accesibilidad no comienza ni termina con la inteligencia artificial. Para Fundación Francina, la autonomía tiene una herramienta fundamental desde hace años: el bastón blanco.
La fundación proporciona cerca del 90 % de los bastones que se entregan en el país y calcula que ya ha proporcionado entre 7,500 y 8,000. La campaña mantiene una meta anual de entre 400 y 600 bastones. Pero el bastón es apenas el comienzo.
“Dotar de herramientas de autonomía a nuestros jóvenes” es parte esencial de la apuesta, explica Francina. Por eso la fundación desarrolla la Escuela de Liderazgo de Autonomía, programas de formación, clases de informática, talleres de habilidades blandas, orientación y movilidad, además de acompañamiento a familias, empresas e instituciones.
“La tolerancia a la diversidad ocurre en las escuelas”, afirma.
La intención es formar una generación que no crezca asociando la discapacidad con dependencia, sino con posibilidades de participación.
Ese trabajo también alcanza el ámbito laboral. Francina insiste en que contratar a una persona con discapacidad no debe ser un gesto simbólico.
“No vamos a contratar personas con discapacidad porque tienen discapacidad”, dice. La contratación debe responder a las capacidades de la persona y acompañarse de los ajustes razonables necesarios para que pueda desempeñarse de manera efectiva.
Para ella, todavía queda una tarea pendiente: que se cumplan los incentivos establecidos para facilitar esos ajustes y promover la contratación.
Una ciudad diseñada con quienes la viven
Después de seis ediciones, el Congreso Internacional de Accesibilidad Urbana se ha convertido también en un espacio de incidencia. La Fundación Francina ha participado en conversaciones vinculadas con políticas públicas y ha acompañado procesos como el Plan Nacional de Discapacidad.
La organización busca, además, que la conversación sobre discapacidad no permanezca encerrada en los temas tradicionalmente considerados “sociales”. “Nos sentamos con el empresariado, con el de la AIRD, el del CONEP, y a discutir en una línea horizontal”, explica Francina.
Esa mirada transversal también se reflejará en el programa de esta edición, en el que participarán, entre otros:
- Christian Corcino, quien hablará sobre el impacto de la IA en la productividad de la ciudadanía;
- Arturo del Villar, rector del INTEC, con una reflexión sobre nuevas tecnologías y generación de conocimiento para el desarrollo; y
- Federico Muller, Technology & Transformation Leader y Country Manager de Microsoft Dominican Republic, quien abordará la relación entre IA, ciudades inteligentes y ciudadanía.
- Y Guido Gómez Mazzara, presidente del Consejo Directivo de Indotel, que presentará “La visión de Indotel para impulsar ciudades inteligentes en RD mediante datos, tecnologías digitales e IA”.
La apuesta es aterrizar la conversación. Porque hablar de inteligencia artificial puede sonar enorme, pero sus resultados deberían poder sentirse en algo tan sencillo como saber por dónde caminar, cuándo llegará un transporte, cómo evitar un obstáculo o realizar un trámite sin tener que desplazarse.
De cara al futuro, José propone comenzar por algo menos espectacular, pero quizá más transformador: auditar los servicios que ofrece la ciudad y establecer una ruta crítica para digitalizarlos y optimizarlos.
Francina añade otro foco fundamental: escuchar realmente a quienes utilizan esos servicios. No basta con consultar a los ciudadanos cuando el proyecto ya está diseñado. Su participación debe formar parte de la planificación.
Y es que una ciudad no se vuelve inteligente solo porque tenga más cámaras, sensores o aplicaciones. Tampoco se vuelve accesible únicamente porque construya una rampa.
Se vuelve inteligente cuando utiliza la información para tomar mejores decisiones. Y se vuelve verdaderamente inclusiva cuando esas decisiones permiten que más personas puedan estudiar, trabajar, desplazarse, participar y vivir con autonomía.
Al final, la conversación vuelve al punto de partida: la inteligencia artificial no debería ser una moda ni una colección de herramientas sofisticadas. Su verdadero valor estará en lo que consiga resolver. Y, sobre todo, en quiénes pueda incluir en esa solución.