Hazme una seña

El sol de Rubén Darío brilla en la República Dominicana

Rubén Darío. (fuente externa)

Siempre es un placer recibir nuevos libros. Si son de la autoría de Emilio Rodríguez Demorizi y llegan con el marchamo de la Fundación que lleva su nombre gracias a la generosidad de Bernardo Vega, el placer se sustenta en el rigor. Si alguno de ellos viene precedido por un prólogo de José Rafael Lantigua, escrito poco antes de su fallecimiento, nos parece además escuchar al amigo entre las páginas. Si el libro nos habla de la relación profunda y chispeante de Rubén Darío y sus amigos dominicanos (así se titula el libro), no vemos el momento de empezar a disfrutarlo.

Recuerda el prólogo de Lantigua que Moreno Jimenes escribió alguna vez que Rubén Darío era un sol. Nos dice el Diccionario de la lengua española que un sol es ‘cualquier estrella luminosa que es centro de un sistema planetario’. Acertó Moreno Jimenes: Darío se convirtió en el centro del sistema planetario de la poesía que se escribía en español desde que empezó a publicar sus primeros poemas. Su luz intensa empezó a irradiar tan pronto que, cuando solo tenía diecisiete años, sus poemas se leían ya en la República Dominicana. El poeta José Joaquín Pérez, con su sensibilidad crítica, reconoció de inmediato el calor que emitían los versos rubenianos: «No conocíamos el nombre de este nuevo poeta nicaragüense, pero si antes de ahora lo hubiésemos conocido, de seguro que lo habríamos proclamado uno de los primeros de nuestra hermosa tierra americana». Solo un pipiolito –pido excusas por la familiaridad con el inmenso Rubén– de diecisiete años.

Rodríguez Demorizi recoge en el libro escritos y cartas de Rubén Darío relacionadas con sus amigos dominicanos y páginas que los poetas dominicanos que se vincularon con él le dedicaron al insigne nicaragüense. Más allá de lo que su lectura nos puede enseñar sobre Rubén Darío, su vida y su obra, y sobre lo que aprenderemos sobre las personalidades poéticas dominicanas que fueron sus contemporáneas, les invito a disfrutar de una forma de escribir que vamos perdiendo poco a poco. Y no me refiero ahora a los grandes escritos «serios» de Darío, sino a las cartas personales y afectuosas que les dirige a sus poetas amigos. Una palabra escrita cercana, afectuosa, chispeante, que no renuncia a ser culta, precisa, aunque sea para hablar de achaques de salud o de regalitos para su ahijada Julia Amelia, hija de Fabio Fiallo. A este le escribe desde París en 1911: «¡Antes de acabar el mes, imposible enviarte la cadenita! […] Luego te escribiré más. No estoy muy bien de salud, aunque sí de voluntad». Cuando sabe que su amigo Fabio sigue enfermo se excusa: «Creí que no estabas para que yo te saliese con literaturas». Con ocasión del envío de uno de sus poemas y su correspondiente ilustración para su publicación en París, Rubén teme dar pábulo a las malas lenguas: «Aquí al leer los versos y ver el retrato, se ha visto pasar algi faunesco, tropical, erótico, donde quizá no haya sino una inocente galantería de poeta. […] Allá te la verás con la maledicencia de lengua de fuego, sobre todo en la zona tórrida nuestra. Avísame pues; hazme una seña».

«Hazme una seña», escribe Rubén. Hemos olvidado cómo se les escribe así a los amigos.  Claro, no somos Rubén, pero algo aprenderemos leyéndolo.

María José Rincón González, filóloga y lexicógrafa. Apasionada de las palabras, también desde la letra Zeta de la Academia Dominicana de la Lengua.