Ismael López, un lector que escribe
Cuando lo íntimo se vuelve compartido a través de la literatura
Ismael López es poeta y columnista, aunque él prefiere definirse como un lector que escribe. Sus textos se abren paso en el ámbito hispánico por su calidez precisa y por la manera en que hace dialogar el pasado con el presente.
Estudió Filología Hispánica buscando herramientas para decir lo que sentía, y allí descubrió que el lenguaje es un territorio en movimiento. También entendió que, para él, leer y escribir no son gestos separados, sino una misma forma de pensar.
De esa intuición nace su escritura palimpséstica, donde asoman, bajo la tinta fresca, las voces que la preceden.
Antes de publicar en Zenda y Ethic, tenía un blog, Amor es más libros, y en redes compartía fragmentos de lo que leía o de lo que iba creando.
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Un día tomó algunos textos y los convirtió en imágenes que simulaban pequeñas columnas impresas para Twitter —hoy X—. Ese detalle hizo clic: los textos comenzaron a circular y a ganar lectores.
Todo parte de una inquietud personal. Cuando percibe que algo en él se ha movido, busca entenderlo más a fondo: va a la biblioteca, lee, conecta piezas. Y ese proceso —donde lectura y escritura se funden— termina convertido en un artículo. Así, ha descubierto que lo íntimo suele ser compartido.
Por ejemplo, aceptar que ya no somos los mismos, que el cambio es la forma natural del tiempo, es un tema que ha explorado y que resuena en muchas personas.
A diferencia de un artículo, la poesía le permite decir de otro modo: mostrar en lugar de explicar. Para él, es la forma más fiel de revelar lo que siente.
La inspiración le llega sin aviso, como un soplo que lo empuja a sentarse frente al poema, y entonces trabaja verso a verso, con una disciplina minuciosa. Ha publicado los poemarios La piedad del leviatán y Nada yo sino en ti.
Ismael escribe mirando lo que cambia y lo que permanece, con la conciencia de que no somos tan distintos de quienes nos precedieron y de que la literatura afina esa continuidad.
Concibe la lectura como un hallazgo, y por eso su prosa está llena de guiños que abren otras puertas, invitaciones suaves hacia otros libros. No busca que el lector llegue a su mismo puerto, sino que encuentre los suyos propios.
Ahí está, en gran parte, su acierto: en permitir que cada quien se reconozca desde lo que ya intuía, aun antes de nombrarlo.